Corrupto circunstancial

Dos minutos después le estaba comprando mi “cupo” de harina P.A.N. a la doñita

 

Igual que Robben, quiero confesar mi pecado. Ayer se cumplía un mes que estaba sin aceite y di otra vuelta de reconocimiento en mi bici hasta que llegué al Excelsior Plus y lo encontré, ¡albricias!, en el área externa exclusiva para productos regulados. Este servicio incluye un toldo gigante, cuatro cajeros que cobran sólo en efectivo y una zona a la intemperie donde se hace la cola con el sistema “culebrita” de cintas tipo aeropuerto para que una fila de 10 km pueda apiñarse cómodamente en 20 m². “Estoy con suerte”, me dije. Apenas había gente en el último tramo. Así que con la actitud de hombre de mundo que me caracteriza, en vez de caminar por todo el laberinto solitario como si fuera un pacman, levanté el seguro de la cinta y me coloqué detrás del último, como un lord inglés.

 

No pasó un minuto cuando un vigilante llegó hasta el inicio del laberinto, con 200 mil personas atropellándose detrás de él y dijo con voz autoritaria: “Me van mostrando su papelito y pasando en orden”. Inocentemente volteé y pregunté: “¿papelito?”. Todos los que estaban en la fila a la que acababa de adocenarme me mandaron a callar con actitud regañona. “Ya estás acá, ¡shhh!”. “Todos teníamos papelito, pero ya lo entregamos”. “Yo llegué a las cinco de la mañana”. Dándome cuenta de mi calidad de cucaracha en baile de gallina, sólo atiné a excusarme: “Es que no sabía, yo sólo vine a comprar aceite”. “¿Y no vas a comprar harina P.A.N.?”, peló los ojos una doñita joven a la que se le adivinaban seis mocosos voraces en la casa.

 

Dos minutos después le estaba comprando mi “cupo” de harina P.A.N. a la doñita, así que ella se llevó doble cupo gracias a mi complicidad. Fui deshonesto. Por tamaño crimen no puedo dormir en las noches.

 

Yo no quería, la sociedad me obligó.

 

 

 

Artículos relacionados

Top