El ABC de Katty Ron / Hermana de Maritza Ron, asesinada en Plaza Altamira
“Mi hermana vino a votar para el Revocatorio, sin imaginar que encontraría la muerte”

“La bala que mató a Maritza, mató también a Ramón”.

“La bala que mató a Maritza, mató también a Ramón”.

Ante las balas, alguien gritó: “¡Resguárdense en la plaza!”. Yo salí corriendo, la tomé en mis brazos y pude percibir que se estaba muriendo. Los verdaderos criminales fueron presentados como unos angelitos. Quienes sufrimos esa pérdida irreparable, nos quedamos mirando al cielo, narra quien fuera testigo del ataque contra los manifestantes.

 

Es la hija menor de Don Aníbal Ron De Armas, legendario ganadero guariqueño. Inquieta, de marcada personalidad, espíritu rebelde y alma noble. Orgullosa hermana pequeña de Maritza Ron, aquella dama que cayó en la Plaza Altamira durante las turbulentas horas que siguieron al Referéndum Revocatorio. Katty Ron Castro es una experta en diseño floral, de las que realmente dominan con maestría ese colorido arte de los arreglos, los ramos y la decoración, por lo que ha sido reconocida y premiada hasta en Rusia. Hoy es todo un nombre en su medio, pero no fue  fácil. Su amor por las flores tuvo que ser defendido con uñas y dientes ante la oposición familiar a lo que se consideraba, allá por la década de los 60, un oficio menor. Encontró una solución fácil: ya no sería Berenice –el muy llanero nombre con el que fue bautizada- sino simplemente “Katty”, con lo que el “prestigio” del apellido quedaría a salvo. Muy jovencita, recién llegada de los Estados Unidos, compró un vivero en Los Palos Grandes y lo demás es historia. Estas son sus reflexiones para los lectores de ABC de la Semana.

 

— El 16 de agosto se cumplen 10 años del asesinato de tu hermana, ¿cómo lo han llevado?

 

— Para la familia y amigos parece que fue ayer. Fue algo muy doloroso y en mi caso muchísimo más. Tengo sólo hermanos mayores, con Maritza éramos las menores y nos sentíamos como mellizas. Compartíamos todo, inclusive el trabajo. Mis hermanas mayores no superan la pérdida. Yo sueño con ella, pero no muerta sino con vivencias de nuestra cotidianidad, hermosas, gracias a Dios. Sé que ella está en paz.

 

—  ¿No vivía ella en España?

—  Si, porque su esposo era español, pero ella iba y venía. Justamente ese día fatídico estaba aquí pues se vino para no perder su voto en el Referéndum Revocatorio, sin imaginar que encontraría la muerte.

 

—  ¿Por qué estaban en la Plaza Altamira en ese momento?

—  Adonis Dáger, por muchos años dirigente política, una mujer muy activa y valiente a la que consideramos nuestra hermana, estaba protestando y la vimos por televisión. Nos dijimos: “Nosotras no podemos permanecer metidas en casa si ella está en eso”, así que salimos de inmediato a la calle, junto a un grupo de amigos y vecinos. Vivíamos muy cerca de la plaza. También mi floristería, “Katty”, está a media cuadra.

 

—   Es que ustedes también vienen de una familia emblemática en las lides políticas…

—  Así es. Todas mis hermanas mayores se casaron con grandes luchadores, líderes de la Resistencia contra la dictadura de Pérez Jiménez. Gaby se casó con Jorge Dáger. Él fue para mí, más que un cuñado, un padre y lo quise como tal. Nada más piensa que yo nací junto a Douglas Dáger su primer hijo. Para mi madre, María Castro de Ron, fallecida hace muchos años, Jorge fue el primero en la lista de sus afectos. Luego, mi hermana Dinorah estaba casada una bella persona, político y abogado, un hombre ejemplar como lo fue Adolfo Pinto Salinas, hermano del poeta y mártir de la dictadura, Antonio Pinto Salinas, también asesinado de un tiro por la espalda por los esbirros de Pérez Jiménez. Otro de sus hermanos fue el sacerdote jesuita Leonidas Pinto Salinas, el primer venezolano que tuvo una importante figuración en la compañía de Jesús en este país, educador, muy querido y preparado.

 

—  Puro “cuarto bate”, como diríamos en criollo…

—  Tuve la fortuna de tener una familia muy unida pues todas mis hermanas se casaron con gente bellísima. Mi hermana Aura se casó con Luis García Pérez, como zaraceño que era, íntimo amigo desde niño de Jorge Dáger y secundaba a Jorge en todo. Lo acompañaba en sus luchas y asumía los mismos riesgos. Desde la clandestinidad, durante la Resistencia, Jorge le enviaba instrucciones que cumplía al pie de la letra. Así que yo nací y crecí viendo todo eso. No es de extrañar que saliéramos corriendo Maritza y yo al ver a Adonis en la sede de la OEA. Pero no llegamos hasta allá. Habiendo tanta gente en la plaza, resolvimos quedarnos y acompañar a quienes allí se habían concentrado.

 

Maritza Ron

Maritza Ron

“Supe que se estaba muriendo”

 

 

—  ¿Te tocó, entonces, presenciar lo que le pasó a Maritza?

— Andábamos varios, como te dije, con nosotras estaban mi sobrina Miriam Dáger su hijo, varias amigas…yo acababa de llegar de un viaje a México. El periodista que estaba a mi lado era mexicano y él fue quien hizo la mayoría de las fotos. A los minutos, ya habían dado la vuelta al mundo. Todo fue registrado por corresponsales internacionales, que eran los que estaban en la plaza en ese momento. Ellos habían venido a cubrir el Revocatorio. No pueden decir que fue Globovisión que inventó las imágenes. Fueron los medios extranjeros. Había 5 personas disparando frente a nosotros y de eso también quedó constancia en las gráficas.

 

—  ¿Cómo ocurrieron exactamente los hechos?

—  Ante las balas, alguien gritó: “¡Resguárdense en la plaza!”. Maritza salió como resorte (cosa que no era propia de ella, pues siempre fue de reacciones moderadas, más contenida, al contrario de mí) y trató de tomar un pote de basura para usarlo como escudo. Yo le decía “Mari, suelta ese pote, está clavado en el poste”, cuando ella lo suelta, veo que se va para atrás y cae lentamente. Acabábamos de almorzar y yo pensé que, de los nervios, le habría dado una embolia o algo así. Pero no, fue la bala. Salí corriendo, la tomé en mis brazos y pude percibir que sus ojos habían cambiado de expresión y las piernas le temblaban. Supe que se estaba muriendo. Nosotros no cargábamos cartera ni nada. Ella, sólo un koala con el celular. Pero inmediatamente nos prestaron asistencia.

 

—  ¿Cómo salieron de allí?

—  La misma gente en la plaza llamó por auxilio. Fueron varias las personas heridas. En nuestro caso, en 7 minutos estábamos en la Clínica Ávila. Allá nos estaban esperando los médicos y toda clase de personal de emergencia. Se portaron a la altura. A toda carrera le pusieron una máscara a Maritza y se la llevaron a pabellón. Luego supimos que, cuando la abrieron, se dieron cuenta que la trayectoria de la bala la fue destruyendo por dentro, todos los órganos estaban afectados gravemente y el cerebro paralizado. No tenía salvación. Los médicos actuaron como correspondía. Un gran amigo médico estuvo allí y salió a darnos la noticia de su muerte. Dijo que lo mejor era lo que había pasado pues, de haber sobrevivido, Maritza habría quedado como un vegetal.

 

—  ¿Qué clase de proyectil era ese que causó tamaño daño?

—  Expansivo, de esos que destrozan a la persona por dentro. Expresamente prohibidos.

 

—  ¿Y su familia?

—  Maritza tenía un solo hijo, Maurice, producto de su primer matrimonio. Cuando se separaron, ella se dedicó a criar a su hijo y, sólo cuando fue adulto, se permitió rehacer su vida con un hombre fabuloso, que la quiso muchísimo y la esperó todo ese tiempo para casarse. Se llamó Ramón Torregrosa Pascual, natural de Alicante, el español que era su esposo al momento de su muerte. Yo viví todo eso muy de cerca pues ella trabajaba conmigo en la floristería. Ramón se había quedado en Alicante esperándola, al fin y al cabo, ella sólo había venido a votar y regresaba. Nadie suponía ese fin para Maritza. Ella era una persona muy sencilla, sobria y tranquila. Yo soy la guerrera, la alborotada.

 

“Ramón estaba empeñado en conseguir justicia, así yo no la viera…y no la vio”.

“Ramón estaba empeñado en conseguir justicia, así yo no la viera…y no la vio”.

Anhelada justicia

 

—   ¿Dónde están ahora?

—   Su hijo es abogado y se fue a vivir a los Estados Unidos. Allá estaba cuando la mataron. Yo sufrí mucho pues me tocó avisar a todos. Ubiqué a unos grandes amigos, Marcos Branger y Maribel Llorens de Branger, quienes estaban en Miami y fueron hasta donde Maurice trabajaba para avisarle. No se lo soltaron directamente. Le dijeron que se había producido un encuentro en la calle con estas personas agresivas y habían herido a Maritza. Acto seguido, hablaron con el jefe del muchacho y le explicaron la realidad de lo que había pasado. Compraron el pasaje y lo montaron en el avión para Caracas. Se portaron como verdaderos hermanos. Con el esposo fue diferente, me tocó llamarlo para enterarlo pero él, que estaba en el restaurant de un amigo, vio todo por la televisión. Comenzaron unas imágenes de Venezuela y él pidió subir el volumen. Me conocían mucho pues yo iba frecuentemente a España con ellos, así que me reconocieron y le dijeron: “¡Mira, Ramón, ahí va tu cuñada llevando a tu mujer que está herida!” Así se enteró.

 

—   ¡Qué fuerte!

—  Muy duro. Supo también por televisión que estábamos camino a la Clínica Ávila y, apenas la pisamos, ya él nos estaba llamando. De inmediato comenzó a preparar su viaje para Venezuela. Lamentablemente, venir de Alicante no es directo. Llegó día y medio después. Siempre digo que la bala que mató a Maritza, mató también a Ramón. Él se fue consumiendo poco a poco. Nunca más se fue de acá, luchando hasta el final por ver justicia en este caso. Eso no ocurrió, pero yo siempre he confiado en la Justicia Divina, la que no falla. Soy una persona creyente, por encima de todas las cosas creo en Dios. Ramón se dedicó en cuerpo y alma a organizar todos los recursos para llevar esta causa a La Haya y la llevó. El año pasado se enfermó y murió, gracias a Dios sin coger cama, todo fue muy rápido. Sus cenizas se llevaron a  España, donde tiene a su familia.

 

—  ¿Cómo transcurrió la parte legal?

—  Hay personas que piensan que no hubo juicio. Sí lo hubo. Las pruebas estaban patentizadas, en primer lugar, en las imágenes que los medios captaron ese día en la plaza. Repito: medios internacionales presentes allí, testigos de esa masacre.

 

—  ¿Se sabe quién efectuó el disparo que mató a Maritza?

—  Perfectamente. Se sabe quién fue su asesino. En mi corazón y en mi mente de cristiana borré ese nombre. Perseguir y odiar no me devolverá a mi hermana. Mi hija es abogada criminalista, estaba embaraza y así se vino de Barquisimeto, presenció todo lo que se hizo en balística y allí quedó bien claro de dónde salió la bala que la mató.

 

—  ¿Cómo fue ese juicio?

—  El más viciado que se pueda imaginar. No soy una experta pero conozco de leyes, estuve rodeada de abogados en mi familia, de manera que no soy ninguna ignorante en esta materia. Los verdaderos criminales eran presentados como unos angelitos, tal parecía que los delincuentes fuéramos nosotros, los deudos de Maritza. Cuando declaré, lo primero que pregunté es qué hacía un ciudadano común con armamento de guerra no permitido para civiles. Dispararon balas de esas expansivas, que se revientan en el cuerpo de la gente. La familia Ron consideró ese juicio una burla. Como si fuera poco, al salir, estaban esperando para lincharnos. La juez, que no estaba de nuestra parte, tuvo que sacar por una puerta trasera al esposo de Maritza para que no lo agredieran. Mi esposo, mi hija y yo logramos salir, con bastante temor de lo que pudiera pasarnos. Pasamos desapercibidos pues no éramos conocidos a través de los medios como lo era Ramón, mi cuñado. Llegaron hasta a decir que Maritza y yo andábamos armadas en la plaza, cuando ni cartera llevábamos. Repito: no quedamos conformes con ese juicio.

 

—  ¿Hubo pena para alguien?

—  Una mínima de tres años. Maritza fue la única que perdió la vida pero allí hubo 15 heridos, graves. A una tía de Leopoldo López, que vino de Inglaterra donde vivía, tuvieron que ponerle no se cuántos clavos en una pierna. El diputado Ernesto Alvarenga está vivo de casualidad pues su pronóstico era serio ya que la bala pasó rozándole el corazón y lo salvó, curiosamente, el sobrepeso que tenía en aquél momento, según comentó el propio médico.

 

—  Quiere decir que los asesinos andan libres…

—  No bastó la ridícula condena de tres años. A los seis meses pidieron un nuevo juicio, lo hicieron, tomaron en cuenta el tiempo que tenían presos y a los seis meses salieron en libertad. Mientras que nosotros, quienes sufrimos esa pérdida irreparable, nos quedamos mirando al Cielo. Eso fue lo que Ramón Torregrosa no pudo soportar. Él era un hombre sencillo pero muy trabajador, era ebanista y tenía un aserradero. Gastó todos sus ahorros en la causa de Maritza. Yo le aconsejaba dejar eso así, pues sólo le haría daño y Maritza no iba a regresar. Pero él estaba empeñado en conseguir justicia, “así yo no la viera”…y no la vio.

 

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Un Comentario;

  1. gloria rondon said:

    Excelente articulo, valiente mujer producto de un familia educada con valores, correcta y democrata, nacida en libertad.

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