EN NOMBRE DE LA REVOLUCIÓN… Y DE LOS OPRIMIDOS

chatarra_venDespojar, arruinar, reducir, liquidar, expropiar, condenar, apresar, encarcelar, atracar

 

La redención de los oprimidos suele ser el argumento, en apariencia irrebatible, de quienes pugnan por la conquista del poder o por la continuación indefinida de su ejercicio sobre la base ideológica de la revolución, bien sea marxista, seudo marxista o de cualquier otra naturaleza. Tal justificación se convierte en poderosa razón ética, que nadie podría negar, por constituir dramática prioridad, a riesgo de fracasar en la dura y perenne tarea de seducir a las masas, máxime cuando la pobreza y la injusticia social constituyen una deuda pendiente de las elites gobernantes con el resto de la humanidad.

 

Y digo “humanidad” porque, es justicia consignarlo: estas habas también se cuecen en el primer mundo capitalista y desde hace unas tres décadas en una enorme extensión del segundo, digo, mundo. Allí, en extremo alarde dialéctico, lograron sintetizar, bajo el postulado de un “país, dos sistemas”, la fórmula que les ha permitido acogerse, sin asco, a las otrora denostadas formas de la economía de mercado, sin asumir, al mismo tiempo, las prácticas de las democracias occidentales y su sistema de libertades, con lo cual el proletariado, la razón de ser de toda revolución marxista (al menos en teoría), se reduce a su más baja condición (ya superada en Occidente), de mano de obra barata.

 

Las fantasías de la dominación

 

De ese factor, que ha retumbado, y sigue retumbando, en todas las latitudes del mundo y en todos los tiempos, se desarrollaron insólitas y a veces sangrientas utopías que han alimentado generaciones y generaciones de gobernantes y de pensadores no exentos, muchos de ellos, de buenas intenciones.

 

Solo que, en el fondo, la erradicación de la pobreza, desde siempre y por ser una causa noble, se utilizó para alimentar las más extraviadas fantasías de dominación y de igualación forzosa.

 

No pretendo con esto afirmar que la Utopía de Tomás Moro (del siglo XVI), las sectas anabaptistas alemanas del siglo XVI, los Levellers de la Guerra Civil inglesa (en el siglo XVII) o los socialistas utópicos posteriores, tuvieran todos unos fines indeseables, entre otras razones porque la mayoría de ellos no pasó del plano teórico, pero los horrores de los totalitarismos del siglo XX dan cuenta de cómo terminan esos modelos que vienen en paquete y llave en mano, para acceder, en la tierra, al reino de los cielos.

 

Eso no quita que cientos de años después la desigualdad planetaria, cada vez más honda, cada día en aumento y ahora aterradora por sus dimensiones y descontrol, siga siendo el gran pretexto para que de ella saquen provecho toda clase de demagogos, de dictadores, de Mesías y de esos falsos predicadores provistos de recetas mágicas, pociones milagrosas y purgantes tóxicos que ofrecen un nuevo orden en un mundo de plena felicidad, de un consenso total y una armonía absoluta, a punta de martillazos y mediante la destrucción, de la violencia, de la erradicación de los valores democráticos y de la violación impune de los derechos humanos.

 

Fundamentados en categorías ya superadas como la dictadura del proletariado, estos modelos del siglo XXI terminan convertidos en la dictadura de un caudillo o en la dictadura de una clase que, por el camino, se van despojando de sus arreos ideológicos, si es que alguna vez los tuvieron y sacan a relucir su verdadera naturaleza.

 

Sobre las dos pobrezas

 

Las consecuencias de todo esto son catastróficas y, el remedio resulta peor que la enfermedad porque no solo se incrementa la pobreza material, sino que a ésta se suma la otra, la pobreza del espíritu, con la supresión de las libertades y el intento de convertir al “hombre nuevo” en un ser adocenado, un ser carente de voluntad propia, sometido al diktat de la clase dominante e incapaz de tomar las decisiones por sí mismo. Entonces la revolución, concebida y consumada en nombre de todos los pobres, se convierte en una suerte de tótem intangible, que se invoca como un mantra a la hora de justificar los peores atropellos, cometer toda clase de desafueros, tomar las más equivocadas decisiones, entrarle a saco al Tesoro Nacional sin recato ni disimulo o invadir todos los espacios económicos y sociales, hasta llegar al fisgoneo y entrometimiento en la vida privada de las familias y de las personas.

 

Despojar, arruinar, reducir, liquidar, expropiar, condenar, apresar, encarcelar, atracar, reprimir, cercenar, son verbos de frecuente utilización que tienen su desgraciada traducción en la vida real, pero que están plenamente justificados, sobre todo desde la perspectiva del Estado, porque se cometen en nombre de una intocable revolución y de unos oprimidos que hoy están más oprimidos que nunca.

 

 

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