VÍCTIMAS… ¿HASTA CUÁNDO?

05 Collage Inseguridad escasez Miedo

“Por esos parajes el alma yerra, desaparece, vuelve, se acerca y se aleja, ajena a sí misma e inasequible, ora segura, ora insegura de su existencia, mientras el cuerpo es, es y sigue siendo, y no tiene dónde cobijarse”.   Wislawa Szymborska

 

No se precisa una epidermis especialmente entrenada en el arte de auscultar ánimos para advertir que el abatimiento se está convirtiendo en compañero asiduo de los venezolanos. Nuestro país, mismo que –gracias a cifras provistas por entes oficiales- insistía año tras año en exhibirse en las pasarelas de naciones “más felices del mundo” (según World Happiness Report de ONU, que mide, entre otras variables, PIB real per cápita, esperanza de vida sana o la libertad percibida a la hora de tomar decisiones en la vida) hoy parece alejarse de ese canon de bienestar que se resumía en la amable seña del optimismo local.

 

Algunos expertos dan cuenta del deterioro: “más de la mitad de mis consultas responden a cuadros de depresión y ansiedad generados por la situación-país: ruptura de vínculos familiares, decisión de emigrar, incapacidad para procesar una nueva realidad económica, stress post-traumático, ataques de pánico, miedo a ser asaltado, a perder la propia vida o la de seres queridos…”, es la turbadora revelación de una psicóloga y amiga. La desesperanza, la paranoia, la anticipación de la agresión, la respuesta defensiva, los colmillos expuestos como rótulo de amenaza, son claves ahora de una conducta que debe leerse con atención.

 

Sometido a toda suerte de maltrato, bien sea por exceso, por déficit o por quiebre de soportes identificatorios –ya son 15 años de inmersión en la tóxica dialéctica de un discurso de guerra, que baila cheek-to-cheek junto al caos, la falta de Auctoritas, la anomia- y como es de esperarse en procesos donde la psiquis es sometida a agresión sistemática, el venezolano pasa espasmódicamente de víctima a victimario: no es de extrañar por tanto el ardoroso, grosero tenor de los insultadores de redes sociales, por ejemplo, o las peleas caninas entre personas que se disputan la última botella de aceite del anaquel, o la intolerancia, la anarquía en el tráfico, el desbordamiento que registra algún inusitado linchamiento de delincuentes.

 

Pareciera como si producto de la repentina toma de conciencia del hostigamiento o de la propia indulgencia patológica, la tradicional víctima se revelara contra la agresión, respondiendo erráticamente a la violencia con más violencia. El psiquiatra francés Louis Crocq, especialista en Victimología, dice al respecto que las personas amenazadas, acosadas o difamadas son víctimas psíquicas. Tal como víctimas de guerra, se las ha colocado en un estado de sitio virtual que las ha obligado a permanecer constantemente a la defensiva.

 

Así, ante la agresión, se pueden esperar dos posibles reacciones: una, rebelarse y combatir. La otra, someterse y aceptar la dominación, con lo cual, el agresor valida y completa sus objetivos. En este punto, surge una pregunta crítica: más allá de las conductas impulsivas y aisladas, ¿los venezolanos nos estamos acostumbrando a ser maltratados?

 

Como un rehén quebrado por la sevicia de su carcelario, y a merced de un colapso que no solo abarca lo económico y social, sino sobre todo lo moral, nuestra paciencia se pone a prueba en las largas colas para comprar productos escasos y caros, ante imposiciones de cambios dramáticos en nuestro nivel de vida; reducidos por la amenaza múltiple del hampón, abrumados por un discurso que, desde todos los flancos, cabalga sobre la perversa lógica del odio polarizador, deshumanizante, y la áspera afrenta del “porque me da la gana”. Somos sociedad “que se ha acostumbrado a la arbitrariedad y la fuerza del poder, y en lugar de enfrentarse, busca convivir con ella y adaptarse, con astucia, como mejor pueda a este tipo de situaciones que se han prolongado durante años”, explica el psicólogo social Axel Capriles; “nos están forzando a un cambio de identidad colectiva”. Depositarios de esa patología del acostumbramiento, el cuadro de síntomas conduce hacia diagnóstico gravoso: la sociedad venezolana está enferma.

 

“Esto ya no se aguanta”, musita Ana, a cuestas el íntimo naufragio de la pérdida del hijo asesinado en el barrio, mientras su espalda se cimbra nuevamente para continuar con la labor de limpieza de la oficina a donde acude a diario. El cuerpo doloroso, “que es y sigue siendo”, como reza el poema de Szymborska, da cuenta también de la tortura. Luego de la montaña rusa a la que nos ha sometido el reciente período de protestas y su siniestro saldo; presas de la frustración por un diálogo comatoso, cuando apenas se iniciaba el esbozo de revisiones que sólo podía acometer el Gobierno; enfrentados entre bandos y chocando dentro de ellos, nuestra abotargada psiquis sigue resistiendo, adaptándose, eventualmente sublevándose sin que la aguja del hosco entorno apunte cambios. En un país que fue “feliz”, la pesadumbre se hace crónica, nos domeña.

 

¿Hasta cuándo?

 

 
Mibelis Acevedo DonísMibelis Acevedo Donís

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