PUTIN, LA FIESTA HA TERMINADO

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Le arruinaron la fiesta. No solo porque las tropas rusas en Ucrania no saben diferenciar entre un avión de pasajeros y uno de combate. Se la arruinaron porque cuando imaginaba vivir una ofensiva diplomática de alto nivel bañándose en los mares populistas de América Latina, la caída del avión malasio hizo evidente lo que nadie se atrevía a decir, que Putin no solo está desatando una guerra civil, sino llevando a cabo, además, una invasión gradual en Ucrania.

 

Le arruinaron la fiesta, porque si Putin pensó acosar a los EE UU desde su “patio trasero” y acumular capital político internacional para dirimir sus diferencias con la UE, resultó todo lo contrario. Nunca, ni siquiera durante Stalin -quien mantenía poderosos partidos pro-soviéticos en España, Francia e Italia- Rusia ha estado tan aislada de Europa (y del mundo) como lo está ahora bajo Putin.

 

Las sanciones económicas y militares impuestas por la UE en Julio de 2014 a Rusia no son tal vez muy eficaces. Putin puede sentarse cómodamente en ellas. El problema es otro: las sanciones fueron aprobadas por unanimidad. ¡Qué lejos esos días cuando Putin posaba ante las cámaras junto a Schröder y Chirac anunciando la creación de “un eje del bien”! Hecho que no impedía a Putin mantener su alianza anti-islámica con Bush (hijo), más estrecha en todo caso que la que ha mantenido con Obama.

 

Su cada vez más notorio aislamiento ha llevado a Putin a buscar amigos más allá de cualquier principio. Basta que un gobierno o partido se declare anti-norteamericano o antieuropeo para que Putin le tienda la mano. Así ha formado un multicolor arco que se extiende desde el lepenismo de Marine en Francia, pasando por los generales de Damasco y por los restos del castro-chavismo, hasta llegar al malvinismo de Cristina en Argentina. Muy poco, a decir verdad.

 

Incluso, si no hubiera ocurrido el derribamiento del avión en Ucrania, el viaje de Putin a América Latina habría desnudado las debilidades del putinismo. La razón es simple: ese viaje coincidió con la presencia de Xi- Jimping en la región. Así, mientras Putin condonaba la deuda cubana y visitaba países “antiimperialistas” que desde decenios no han tenido un solo problema con los EE UU, Xi- Jimping, chequera en mano, extendía créditos que nunca serán pagados por Argentina, Brasil y Venezuela, pero sí tendrán el efecto de crear un área de dependencia financiera a favor de China, una más intensa que cualquiera que haya existido entre los EE UU con algún país latinoamericano. Xi-Jimping, más que dar créditos, vendió hipotecas.

 

Ni siquiera la cumbre de los BRICS que según la izquierda populista es una unión financiera antiimperialista, será útil a las pretensiones rusas. Por el contrario. De todas las economías emergentes de los BRICS, la única que ha emergido es China. Brasil y la India son emergentes desde y para siempre. Sudáfrica atraviesa por una profunda crisis económica. La economía rusa no solo no es emergente, sino –para inventar una palabra- “sumergente”.

 

En contraposición al cronométrico capitalismo chino –el más perfecto de la historia (sin sindicatos, sin partidos, sin desviaciones democráticas ni sociales)- el capitalismo ruso está dominado por mafias sobre las cuales Putin no tiene ningún control. La caída del imperio ruso, más que territorial, será económica.

 

Los BRICS con los recién fundados Banco del Desarrollo y el Fondo de Reserva, están destinados a convertirse en una institución pro-china. Desde el punto de vista económico, auguran los expertos, es una buena noticia. La competencia financiera entre USA y China puede inyectar dinamismo a la economía mundial. El hecho objetivo es que nunca el capitalismo ha sido tan poderoso como en nuestros globales días. Si hay que dar gracias a alguien (quien escribe no se las da a nadie) es a los comunistas chinos.

 

Las líneas están incluso cruzadas. Antes de que China extendiera sus redes en América Latina, Obama había impulsado en Mayo de 2014 un intenso sistema de cooperación con las economías emergentes del sur asiático, hasta entonces consideradas como el “patio lateral de China”.

 

No obstante hay una diferencia cualitativa entre el viaje de Obama y el de Xi-Jimping. Mientras China invertía en economías parasitarias con altísimos niveles de corrupción, EE UU invertía en mercados tecnológicos complejos y dinámicos. Aplausos obtuvo Obama en Malasia cuando dijo lo que nunca podría haber dicho Xi- Jinping en los países que visitó en América Latina: “No se trata de crear economías que ensamblen móviles sino que los inventen”.

 

“El futuro de los EE UU está en Asia”, agregaría Obama, pleno de entusiasmo, cuando regresó a Washington.

 

Mas, no se trata solo del futuro de los EE UU. El propósito de Obama era dar un segundo impulso al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) firmado en 2005 entre Brunéi, Chile, Nueva Zelandia y Singapur. Después del viaje de Obama al sur asiático, se integrarán al TPP otros ocho países: Australia, Canadá, Estados Unidos, Japón, Malasia, México, Perú y Vietnam.

 

En suma: Mientras China integra financieramente a economías deterioradas de América Latina y EE UU se integra junto a algunos países latinoamericanos con los mercados de Asia del Sur, Putin se desintegra de los mercados europeos, los únicos que le favorecen. Evidentemente, Putin camina como un cangrejo: hacia atrás.

 

¿Nadie le ha dicho a Putin que el imperialismo del siglo XXl ya no es territorial? Putin parece ser, en efecto, el último imperialista del siglo XlX (Merkel). Mientras EE UU y China trabajan con capitales supranacionales, Putin destina enormes ingresos nacionales para sostener un quebradizo imperio del pasado. La cuenta deberá ser pagada alguna vez, pero en términos políticos. La mayoría de los ucranianos no quiere seguir la línea de Rusia pero cada día serán más los rusos que anhelen seguir la línea de Ucrania.

 

Gorbachov entendió que el desarrollo económico de Rusia dependía de la apertura democrática de Rusia, pero mantuvo pendiente el tema de la autonomía de las naciones. Jelzin, a su vez, entendió, por lo menos en los inicios de su gobierno, que la democracia solo podía ser posible si Rusia renunciaba a todo tipo de anexión imperial. Putin parecía seguir la línea del primer Jelzin. En algún momento, empero, comenzó a tomar forma su antigua utopía, la de reconvertir a Rusia en un gran imperio territorial.

 

Hoy, reviviendo añejas doctrinas pan-eslavistas y apoyado en los sectores más reaccionarios del cristianismo ortodoxo (quizás emulando a Bush cuando se apoyaba en sectas evangélicas) Putin ha revivido el sistema político autocrático embarcando a Rusia, a partir de la anexión de Crimea, en una peligrosa aventura. Europa, no tiene otra alternativa, deberá mostrarse firme y no ceder ni un solo paso.

 

Puede que no sea tarde para que Putin entienda que el futuro de Rusia solo puede ser posible con y no en contra de Europa. Si no lo hace, no será la primera vez que Europa y los EE UU (y tal vez China) se verán enredados en un conflicto que no desearon ni buscaron. Pero hay esperanzas: 2014 no es todavía 1914.

  

 

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