WRIGHT MILLS: ¡ESCUCHA, YANKI!

Wright Mills

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La lección no salió de Cuba, sino de la revolución del “pobrecismo” emergida de Rusia…

 

La historia no se equivoca, ni tampoco se detiene. Lo decimos porque el hombre siempre creyó, con salvadas excepciones, una de las cuales pudo ser Bolívar, que su presente constituye el destino definitivo de cada pueblo, que en sus manos está el porvenir inmodificable de la sociedad. Pero el hombre, caudillo o líder, no es más que un factor de los muchos que intervienen en el proceso evolutivo de los pueblos.

 

La obra del escritor norteamericano C. Wright Mills de 1960, Escucha Yanki (Colección Popular), sobre la Revolución Cubana, es una prueba elocuente de que la verdad de un momento histórico no deriva siempre como parece. Wright Mills y numerosos cubanos, incluyendo a su máximo conductor, creyeron ir en un sentido de la historia, cuando en verdad ésta iba en sentido contrario.

 

Los hambrientos

 

Wright Mills aludía a la sordera de EEUU ante los hambrientos del mundo y, en particular, a los de Cuba. Obviamente, la obra hace referencia a las barrabasadas norteamericanas en Centroamérica y el Caribe, consecuencia de diferentes grados de civilización que provocaron el avasallamiento desigual, grotesco e injustificado, pero explicable, entre EEUU y Latinoamérica. Pero lo cierto es que, en ese momento histórico, se levantaba en el mundo pobre una oleada de luchas contra el colonialismo y el imperialismo tradicionales, alumbrados por la Revolución de 1917.

 

Lo importante ahora es ver en perspectiva, luego de medio siglo, esa obra de Wright Mills. Pareciera como si el autor recogiese de los cubanos de 1960 las bondades para el mundo pobre de una movilización popular para liberar alocadamente a las fuerzas productivas y dedicarlas por entero a la generación comunitaria de riquezas. Vale decir, marxismo puro. Todo ello en la creencia de que esa era la vía para saciar a los hambrientos y hacer justicia, construir una sociedad nueva, un hombre nuevo, capaz de defender aquello y rescatar la dignidad de un pueblo, mil veces pisoteada por “la planta insolente del extranjero” en los bares y burdeles de la isla.

 

De la ilusión al fracaso

 

Sin embargo, todo el discurso encendido de los cubanos acopiado en la obra de Wright, lleno de ilusiones sobre una diversificación de la producción para terminar con el causante histórico de la miseria cubana, el monocultivo del azúcar, mediante la Reforma Agraria que expropiaría a los grandes productores yankis y cubanos y concentraría en cooperativas a los pequeños productores para alimentar por primera vez a los hambrientos de la isla con pescado fresco y “pollos de 8 semanas”, suerte de gallineros verticales 50 años después en Venezuela, resultó todo lo contrario. Más hambre.

 

Lo mismo ocurrió con la industria. Los rusos y chinos proveerían los elementos indispensables para levantar los medios manufactureros. Nacionalizado el sector, el resultado fue la ruina total.

 

Aquel discurso estaba cimentado sobre una contradicción insalvable: la naturaleza humana, el sentido de pertenencia, la iniciativa emprendedora del individuo frente al colectivismo arrasador de la economía. No habló Wright de ese elemento esencial para el verdadero desarrollo que ahora buscan los cubanos subrepticiamente. Sólo de saciar a los hambrientos con una producción avasallante, a como diera lugar, a lo tropical, casi sin saber cómo lo hacían. Es decir, “como vaya viniendo, vamos viendo”, tal cual se desprende de dicho discurso revolucionario. “Los campesinos preguntaron: ¿Qué debemos hacer? Y el comandante (Vallejo, jefe de la reforma agraria, nota nuestra) respondió: Pues no sé en realidad”, pág. 88 de la obra. ¿A qué se nos parece esto?

 

04 LIbro YanquiEl resultado final

 

La advertencia de Wright, que se desprende del mismo título del libro, según la cual el hecho histórico de los hambrientos revolucionarios y de las dictaduras sostenidas por los yankis debía ser reconocido por éstos y corregido sobre la marcha, tuvo eco en Washington y en los círculos económicos y políticos de EEUU. Pero la lección no salió de Cuba, sino de la revolución del “pobrecismo” emergida de Rusia y que se regaba por el mundo. La isla caribeña fue tan sólo una advertencia muy cercana de lo ocurrido en Europa Oriental, Corea y luego Vietnam, mientras la naciente democracia en Venezuela, con Rómulo Betancourt a la cabeza, les señaló firmemente a los norteamericanos cuál debía ser el nuevo trato con Latinoamérica. Esa democracia fue legítima, respetada y replicada hasta hoy día en la comunidad internacional.

 

Mientras tanto, las ilusiones cubanas de un socialismo próspero terminaron por consolidar el status de los hambrientos de Wright Mills, y sobre las dictaduras, en Cuba se convirtió en hereditaria. No tardó sino unas décadas para que se derrumbaran Rusia y China. La historia fue, sin duda, en sentido contrario a lo que se pensaba en 1960. Los yankis escucharon y reconocieron el camino de la historia, y sólo la dejaron correr, y ganaron la guerra fría para suerte de la humanidad.

 

 
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