¿POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES?

Es el título de un libro publicado por dos célebres catedráticos, uno especialista en Economía del MIT y el otro en Ciencias Políticas de Harvard, dos de las más reputadas instituciones académicas del mundo. Ambos han dedicado gran parte de su vida a investigar los factores que determinan que unos países sean ricos y otros sean pobres. En su libro, Acemoglu y Robinson demuestran que el éxito o fracaso de los países depende de las instituciones, es decir, de la solidez, la independencia, la profundidad y la seriedad con que las instituciones conducen la vida de la sociedad y del Estado aplicando las reglas, es decir, la Constitución Nacional y las leyes que de ella se deriven. 

 

El fondo del asunto, según los especialistas, es la forma cómo las instituciones que rigen la vida económica determinan quien se lleva el fruto del trabajo de cada uno: el trabajador, el empleador, el Estado o el vecino. Mientras las reglas del país impidan que sus habitantes, sean éstos pobres, de clase media o ricos, se beneficien de su propio trabajo, no habrá vía ni fórmula alguna de salir de la pobreza y el subdesarrollo.

 

La inversión pública es, por supuesto, un requisito necesario pero no suficiente para reducir la pobreza y garantizar el desarrollo. El Estado debe cumplir y hacer cumplir el Estado de Derecho, y hacer las inversiones requeridas para garantizar los servicios públicos: educación, salud, seguridad y orden, puertos y aeropuertos, vialidad, agua y energía y manejo de los desechos. Y para que la sociedad genere riqueza, el Estado debe garantizar el derecho a la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos establecidos conforme a la ley.  Es decir, crear y mantener, eficientemente, la plataforma jurídico-legal y la infraestructura necesarias para que los ciudadanos cumplan su función productiva y reciban lo justo por ello.

 

Nadie invierte capital o esfuerzo si hay una alta probabilidad que otro se lleve el producto o beneficio derivado de esa inversión, afirman los investigadores, y colocan un ejemplo: en el Congo, para ser más próspero el pueblo congoleño tendría que haber ahorrado e invertido capital y trabajo en el desarrollo de la agricultura, comprando maquinaria y arando y cultivando la tierra; pero todos sabían que no hubiera valido la pena, porque los beneficios excedentes de incorporar mejor tecnología y lograr más productividad hubiera sido expropiado por el rey y su elite.

 

Si el problema fuera sólo las instituciones económicas (Banco Central, Ministerio de Finanzas, Banca Pública y Privada, etc.), se les corregiría y listo. Pero la raíz del problema es la forma como se fijan las reglas. Es decir, el problema está en las instituciones políticas, su constitución y su funcionamiento.

 

Si muy pocas personas toman el control político y fijan las reglas de acuerdo a su conveniencia, por ejemplo, para permanecer en el poder y usar los dineros públicos para su propio proyecto político y personal, terminarán desbancando al país y conduciendo a su economía a la bancarrota. La corrupción y la ineficiencia se impondrán sobre cualquier buen propósito que hubiera existido. El mejor ejemplo contemporáneo de ello en el llamado Tercer Mundo es, triste y lamentablemente, Venezuela, tu país, nuestro país. Tan subdesarrollado hoy como cualquier republiqueta gobernada por un rey corrupto y su corte.

 

 

 
Wilfredo FrancoWilfredo Franco
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