Se necesita una propuesta

 “La asamblea” es una fábula que trata sobre el trabajo en equipo. Ignoro si es anónima o si debo atribuirla a Jairo Jaimes, quien hace uso de ella en un artículo que leí hace poco. El punto es que él describe lo que ocurre en una asamblea que se lleva a cabo para que los integrantes arreglen sus diferencias. Refiere que “el martillo ejerció la presidencia pero la asamblea le pidió la renuncia porque según ellos, hacía demasiado ruido y golpeaba muy duro. Éste aceptó sus fallas, pero exigió que también fuera destituido el tornillo, ya que había que darle demasiadas vueltas para que sirviera de algo. El tornillo aceptó pero solicitó que fuera expulsada la lija, ya que ella era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. No muy convencida, la lija aceptó, pero puso como condición que fuera expulsado el metro, ya que se la pasaba midiendo a los demás según su medida, como si fuera don perfecto.

De pronto entró el carpintero, un hombre con rostro de sabio y muy seguro de sí mismo; se colocó un delantal hecho de un saco de esos que almacenan harina e inició su labor, utilizó el martillo, la lija, el metro y el tornillo con tanta maestría y destreza que al poco tiempo hizo de unos pedazos de madera sin forma y toscos, una hermosa silla con sus detalles finamente acabados para el disfrute y utilidad de todos. Al marcharse el maestro y quedar nuevamente la carpintería sola, la asamblea reinició su deliberación. Entonces tomó la palabra el serrucho y dijo: -¡Señores! ha quedado demostrado sin ninguna duda, que todos tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, virtudes y habilidades; eso es lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos ya en nuestros defectos y esforcémonos por ver lo bueno que cada uno tiene.

La asamblea encontró así que el martillo era fuerte, el tornillo unía y articulaba objetos diversos, la lija era especial para afinar y limar las asperezas, y descubrieron que el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un verdadero equipo, capaz de producir y hacer cosas de calidad. Se enorgullecieron de sus fortalezas, habilidades y virtudes y desde ese entonces trabajaron juntos como un gran equipo”.

No estoy aludiendo exclusivamente a esa encerrona tan esperada de la MUD, ni al Congreso de ciudadanos propuesto algunos en la oposición. Esta fábula aplica a todos los venezolanos que deseamos sacar a Venezuela de esta crisis, vengan de las filas que vengan. Parece sumamente difícil lograr que un carpintero equilibrado sea capaz de articular a tantos instrumentos, pero más que una persona concreta –que se necesita, claro está-, me ha parecido que el carpintero son las circunstancias que nos están forzando a actuar; ésas que entran por la puerta donde nos encuentran a todos un poco desarticulados. Evidentemente las circunstancias por sí solas no articulan a la gente de manera mágica, pero sí ponen de relieve a líderes desconocidos; líderes que deben disponerse a la unidad.

El contexto exige a cada uno poner al servicio del país un talento particular, quizás ignorado hasta el momento, porque así suele ocurrir con las crisis: los líderes se moldean en medio de las circunstancias y en virtud de ellas. Las situaciones nos obligan a responder de un modo concreto; nos impelen a rehacernos continuamente para adaptarnos a una realidad que no es como queremos sino como es. Ciertamente solemos desear transformarla y con nuestra respuesta se espera que lo logremos, pero para que eso suceda hay que diagnosticar lo que ocurre e interpretar los tiempos.

Las circunstancias, como un cliente que abre la puerta y entra al restaurant sin ser propiamente elegido ni invitado a entrar, ya entraron y se instalaron para constituir nuestro presente. Toca a nosotros disponernos articuladamente para responder del mejor modo posible a ese cliente, a quien le resultará irrelevante cómo se llama el mesonero. Los venezolanos necesitamos imperiosamente ver una dirigencia que oriente hacia un norte y que sepa interpretar las necesidades de toda una sociedad, con sus diferencias implícitas.

El carpintero no debe ser un partido único, sino esas personas concretas capaces de ofrecer una propuesta atractiva al país y elegidas -claro está- por Venezuela entera. Necesitamos de un nuevo liderazgo con fuerza suficiente para enfrentar la emergencia. Por eso el Congreso de ciudadanos parece cada día más pertinente, pues la gente necesita sentirse incluida en la lucha por un proyecto que inspire confianza. Más que denunciar, hay que proponer y explicar cómo sería posible una gestión efectiva de los recursos, de modo que todos  pudiésemos volver a ilusionarnos por un país con futuro y oportunidades. Suena ideal, sí, pero si no asumimos este momento histórico como un desafío, me atrevo a decir que nos ahogaremos en la tormenta.

  

 
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