Lenin y la salida

A estas alturas ya casi resulta una perogrullada otorgarle la razón a aquellos dirigentes de la oposición  que advierten sobre la necesidad de construir una mayoría sólida para proceder luego a decidir qué estrategia debe definirse en dirección al cambio político. Esas simplezas, que muchas veces, por lo elemental de su planteamiento, pasan desapercibidas, se convierten en la causa de los desencuentros, estos sí, trágicos, que vive, por ejemplo, la alternativa democrática venezolana.

La diferencia en cuanto al método de lucha, elemento que el caso de los marxistas ha implicado los grandes cismas entre los partidarios de la violencia como herramienta para la toma del poder y aquellos que se acogen a las formas democráticas, lo determina el caudal del apoyo popular que se pueda tener y la única forma de pasar por encima de esa realidad política, convertida en dificultad esencial, es acudiendo a un atinado aprovechamiento de la coyuntura y, sobre todo, al poder igualador de las armas y a la existencia de una disciplinada organización de cuadros y agitadores que conviertan en asonada popular lo que en principio era la conjura de un grupo de exaltados. Así procedió Lenin, líder de una facción bolchevique minoritaria, en el abigarrado panorama pre- revolucionario y ya sabemos todo lo que vino después.

La Venezuela agobiada de principios del siglo XXI no calza, para nada, en los moldes de la agonizante Rusia zarista de los inicios del siglo XXI, pero, a veces, los esquemas se reproducen, en medio de sus variantes, con curiosa fidelidad. Así, es posible  explicarse el surgimiento de un movimiento como el de La Salida, que se produjo inmediatamente después de una derrota electoral (municipales de diciembre), es decir, en el momento menos indicado y cuando todo parecía indicar que el chavismo había recuperado parte del terreno electoral que perdió en abril del 2013.  La diferencia está en que quienes lideraron el movimiento intentaron calentar la calle para luego, ante una rebelión nacional, forzar los cambios y los resultados están a la vista.

Queda demostrado entonces que el cambio político  (al menos en nuestro país) no se logra con una minoría, por muy activa que se muestre, ni tampoco con una frágil mayoría, en un país donde un gobierno, igualmente minoritario, actúa como si tuviera el apoyo del 90% de la población, amparado en el uso discrecional  de todos los poderes. Por eso resulta trágico, para quienes creen en la democracia, que la oposición no deponga sus diferencias “metodológicas” y desperdicie su potencial electoral, sumida en la disputa estéril, cuando el país espera y desespera  por la existencia de una referencia clara, sólida y creíble que encauce y le dé  forma a un descontento que, por ahora, no encuentra salida.

 

 

 
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