No es de película, es de…
Tarantino en Caracas

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Apenas son dos los ejemplos de la cadena de cadáveres mutilados u horrorizados de forma inenarrable que han venido apareciendo, como si una suerte de Jack el Destripador hubiese impartido un seminario de crueldad a los asesinos que toman con sus crímenes las páginas rojas de los diarios

Hace semanas una noticia me apartó de la atmósfera de optimismo que suelo inyectarme cada mañana para soportar las inclemencias del día. El torso de una dama ­luego el Cicpc concluiría que era una chica­ apareció en un basurero en la avenida San Martín.

Seis días después sus extremidades fueron halladas en la Cota Mil, y los expertos confirmaron: corresponden al cuerpo mutilado. Su cabeza nunca apareció. Pero su madre, a quien el cielo se le ennegreció al identificar a su hija de 20 años, le añadió un toque insólito a su tragedia: le rogó a los asesinos que le dijeran dónde dejaron la cabeza para poder sepultarla en paz.

El fin de semana, otra información nos estremecía. El cuerpo de Álvaro Cañizales, jefe de Comunicación de la Misión A Toda Vida Venezuela, en Zulia, había sido hallado, amordazado y maniatado, con heridas mortales de cuchillo, en una quebrada en Tinaquillo, estado Cojedes.

Quienes lo conocían, dieron fe de la calidad humana de este profesional, que paradójicamente prestaba servicios en uno de los programas gubernamentales signados por el fracaso: el tema de la inseguridad.

Apenas son dos los ejemplos de la cadena de cadáveres mutilados u horrorizados de forma inenarrable que han venido apareciendo en Caracas, como si una suerte de Jack el Destripador hubiese impartido un seminario de crueldad a los asesinos que toman con sus crímenes las páginas rojas de los diarios.

El pasado lunes, justo cuando el ministro Rodríguez Torres admitía, forzado quizás por el hecho abominable del crimen del periodista Cañizales, que había surgido una tendencia “macabra e importada” de homicidios en el país, la angustia volvió a instalarse en la población desprotegida por el crimen que se ha enseñoreado en el país, y frente a la cual se estrellan los planes de seguridad sujetos con alfileres de declaraciones y propaganda oficial pero sin resultados reales, que le digan al habitante de los barrios “esta noche puedo subir al cerro tranquilo”.

¿Qué explica esta modalidad de mutilar un cadáver, a sabiendas que se corre el riesgo de despertar sospechas en el vecindario? ¿Qué pulsión maldita se instala en la mente de un asesino que sorprende a un joven que llega a casa, lo hace bajar del auto o de la moto, y le pide que se arrodille para seguidamente dispararle a la cara?

¿Por qué si ya obtuvo el dinero del rescate, el grupo secuestrador no se siente conforme con el éxito del golpe hasta dispararle un tiro de gracia a su infeliz víctima? Algo siniestro está pasando en el país socialista de Nicolás Maduro para que los veinteañeros homicidas de Mónica Spears y el esposo los hayan perseguidos tras el robo, para acabar con sus vidas.

O que los familiares de Adriana Urquiola, la joven que versionaba noticias de Venevisión en lenguaje de señas, aseguren que el capitán Bolívar anda libre. Lo sé. No es un tema para una película de Tarantino, sino para reflexionar qué ha pasado con esta generación de preadolescentes que vieron a Hugo Chávez por televisión describir su anhelo de crear el hombre nuevo. ¿Lo logró? No, no lo logró.

Dios nos agarre confesados

 

 

 
Elizabeth AraujoElizabeth Araujo
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