A PROPÓSITO DE LA “GUERRA CONTRA LAS COLAS”

colas-bicentenario-1El lenguaje bélico tiene consecuencias inesperadas. El nuevo Superintendente de Precios, Andrés Eloy Méndez, anunció que el gobierno le declaró “la guerra a las colas”. Sí: la guerra. Supone uno entonces que vendrán batallas, nuevas ofensivas, otros despliegues tácticos. Y caídos. Aunque nunca nadie haya visto una cola morir.

 

Ya, incluso, hay ataques. El establecimiento estatal Supermercado Bicentenario de Plaza Venezuela fue sancionado debido a que sólo estaban en funcionamiento 26 cajas en lugar de 60. Y había gente en cola para pagar detrás de los mostradores. Es interesante que un funcionario público haya decidido sancionar a una empresa estatal. Si no es un acto inédito durante los últimos años, al menos así suena.

 

Sin embargo, más allá de lo simbólico, una sanción de este tipo apunta los cañones en la dirección incorrecta y más bien atenta directamente en contra de la autonomía gerencial de las empresas, una dimensión de la propiedad privada necesaria para la inversión y maltratada por tantas regulaciones implementadas por este gobierno.

 

No sabemos cuál es la situación financiera de los “abastos” Bicentenario ni las de otras empresas que podrían ser sancionadas por la ausencia de cajeros, pero cabe preguntarse si la empresa tiene capacidad para contratar a 34 personas más para mantener activas todas las cajas.

 

Las regulaciones pueden poner en riesgo la viabilidad de cualquier empresa. Incluso quebrarla.

 

En una economía funcional, las colas frente a los cajeros de los supermercados son una de las dimensiones del servicio que se resolverían a través de la competencia, no desde la regulación. Si en un establecimiento hay mucha cola o mal servicio, los consumidores irían a otro. Pero la economía venezolana no es una economía funcional. Y el verdadero problema en Venezuela no es la cola frente a los cajeros sino aquella que miles de venezolanos están haciendo incluso antes de que abran las puertas de los abastos y supermercados. Una cola que tiene su origen en la escasez que se vive en Venezuela.

 

El racionamiento es inevitable cuando la oferta disponible no puede satisfacer la demanda y los precios están regulados. Y la cola ha sido, hasta ahora, el principal método de racionamiento en Venezuela. Esos venezolanos que hacen fila a las puertas de un supermercado son víctimas de la escasez. Son la prueba de un fracaso.

 

[Muchas veces además de racionar por tiempo -la cola-, también se racionan las cantidades que puede comprar una persona. Adicionalmente, debido al diferencial del precio regulado con el precio en el mercado informal, hay que advertir que algunas personas hacen la cola por negocio, para arbitrar entre los dos mercados, una distorsión adicional de los controles].

 

En las colas se paga con una moneda distinta al dinero: el tiempo. No sería exagerado decir que cada vez que alguien hace una cola deja en ella una parte de su vida. Pudiera establecerse que el precio de un producto racionado es el precio que se paga en bolívares más las horas de de vida que se entregan haciendo fila. En una economía de escasez no requieren sólo tu dinero: requieren de tu tiempo, el último de los recursos escasos.

 

Las colas son visibles y generan ruido (y hasta violencia). Además, en las colas se habla, algo inconveniente desde el punto de vista político cuando hay insatisfacción. Por eso la tentación de sustituirlas por otros métodos de racionamiento siempre estará presente.

 

El Ministro de Alimentación, General García Plaza, contó a través de su cuenta de twitter que pronto se implementará el sistema biométrico de abastecimiento que fue creado en el primer trimestre para evitar la extracción de productos básicos y su reventa en el mercado informal.

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En otras palabras: la tarjeta de racionamiento.

 

Cuando se habla de formalizar un sistema de racionamiento sólo puede significar una cosa: el gobierno considera que no puede resolver el problema de la escasez en el corto plazo. Otros pueden creer también que la escasez y el racionamiento ya ha sido incorporado como método de control político.

 

La formalización del racionamiento nos hace viajar en el tiempo a los viejos y conocidos resultados del llamado socialismo clásico del siglo XX: un kilo de arroz al mes en Polonia, 460 gramos de pollo en Cuba, medio kilo de harina de trigo en Rumania, 700 gramos de azúcar en Vietnam. Cifras que aterran.

 

¿Es el racionamiento una característica del socialismo del siglo XXI, como lo fue en el socialismo clásico del siglo XX? La pregunta es retórica.

 

Ahora, ¿está dispuesto el gobierno a deslastrarse de las políticas que hacen que muchos venezolanos peregrinen de madrugada a los supermercados con la esperanza de poder comprar los productos escasos?

 

No hace falta una “guerra contra las colas”: hace falta una reforma económica que nos aleje de los viejos fantasmas del socialismo del siglo XX.

 

 

 

Tomado de @PRODAVINCI

 
Angel AlayónAngel Alayón

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