Auge y caída

image descriptionSeguía pensando en la conversación que había sostenido la noche anterior con el representante de una fundación política alemana que regresaba a Berlín tras varios años de trabajar con los movimientos políticos del llamado Cono Sur, cuando me topé con el excelente artículo que Américo Martín publicó el pasado fin de semana.

En ambos casos la conclusión del análisis era la misma: es ya una evidencia que los procesos políticos que a comienzos del siglo XXI hicieron ebullición a lo largo del continente han entrado en una fase de transición.

Y es natural que, pasados tres lustros, haya llegado la hora del balance para la izquierda que accedió al poder entonando cantos de sirena tras la desbandada inducida por dos décadas de reformas neoliberales.

A la distancia Chile y Brasil dominan la atención en línea con el actual pragmatismo socialdemócrata, cuyos impulsos reformistas han sido domesticados por la realidad de los mercados.

Una tendencia que silenció el fervor que eligió a Humala en Perú, que mantiene a Ecuador aferrado al dólar, y a Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala disfrutando de su tratado de libre comercio con los Estados Unidos.

Uruguay se sale del molde por la buena prensa internacional que tiene su presidente e iniciativas como la legalización de la marihuana.

Pero en el fondo su desempeño es igual al de los otros: una gambeta para la grada pero mucha, mucha disciplina en el medio campo y en la defensa.

Otro tanto hay que decir de la situación política de la región, cuyas tendencias al centralismo, el populismo y el personalismo caudillista han visto emerger aquí fantasmas que hace tiempo se pensaban desterrados.

Fidel no acaba de morir y, a pesar del camino de reformas que transita la isla, La Habana sigue siendo el altar de legitimación de la “izquierda borbónica” latinoamericana, así como el modelo político, mediático y teatral de las prácticas autoritarias que con variantes se reproducen en Argentina, Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Ecuador.

El terror a mirarse en ese espejo acaba de reelegir a Santos en Colombia y escamoteó un posible triunfo a López Obrador en México.

El caso venezolano es absolutamente singular. La kakistocracia bolivariana produjo el milagro de destruir la economía del país durante el período de mayores ingresos fiscales de su historia. Una circunstancia que ha obrado la paradoja de invertir el mito que por largos años elevó el estatus de Venezuela como democracia excepcional y económicamente estable en América Latina, por el de un país arruinado y sometido a un régimen autoritario, en momentos en que casi todo el continente vive un ciclo de expansión económica e importantes procesos democratizadores.

El caso venezolano es por ello paradigmático de la emergencia de esa izquierda y su más visible fracaso. Solo seguido muy de cerca por Argentina. Un país cuya élite dirigente parece equipararse a la venezolana no solo en la incapacidad para encontrar soluciones a los más acuciantes problemas económicos y sociales, sino también en la rapacidad para administrar los dineros públicos.

 

 

 

 
Manuel Silva-FerrerManuel Silva-Ferrer

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