Consideraciones en torno al
ENSAMBLAJE DE UN NUEVO ORDEN MUNDIAL

rompecabezas planetaEstá en crisis el concepto que ha sustentado el equilibrio geopolítico de la era moderna

Libia vive una guerra civil; ejércitos fundamentalistas construyen un califato que cruza las fronteras de Siria e Iraq, y la incipiente democracia afgana está al borde del estancamiento. A ello se suma el resurgimiento de tensiones con Rusia, mientras en las relaciones con China se entrecruzan reprimendas públicas y compromisos de cooperación. Está en crisis el equilibrio político de la era moderna.

 

Por largo tiempo se ha buscado concretar un orden mundial con base a preceptos emanados del mundo Occidental

En las décadas posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos -fortalecida su economía y robustecida su confianza- comenzó a asumir el liderazgo internacional, agregándole a su contenido tradicional una nueva dimensión. Fundada la nación en la idea de gobiernos libres y representativos, EE.UU. asoció su ascenso con el avance de la libertad y la democracia, y asumió que de estos preceptos surgiría la fuerza requerida para alcanzar una justa y duradera paz.

Europa históricamente había partido de la naturaleza competitiva de pueblos y países, confiaba en el equilibrio de poderes, y dejaba descansar en la capacidad de concertación de líderes ilustrados la responsabilidad de limitar los efectos de choques de ambiciones. En Norteamérica, en cambio, prevalecía la idea de que los seres son por naturaleza razonables e inherentemente se inclinan por la paz y el sentido común. Siguiendo esta orientación, propagar la democracia se convertiría en un objetivo central para el logro de un orden internacional. La libre competencia propulsaría al individuo, enriquecería las sociedades y la interdependencia económica sustituiría las históricas rivalidades internacionales.

Este esfuerzo por lograr un orden mundial ha tenido éxito en muchos sentidos. Una plétora de países soberanos e independientes gobiernan hoy la mayor parte del globo terrestre. Contar los pueblos con gobiernos democráticos y participativos se ha convertido en una aspiración cuando no una realidad. Redes financieras y comunicaciones globales operan en tiempo real.

Quizás los años que van desde 1948 hasta el comienzo del nuevo siglo comprenden un breve período en la historia de la humanidad durante el cual podría hablarse de un insipiente orden mundial, compuesto por una amalgama del idealismo norteamericano y el concepto europeo tradicional de estado y equilibrios de poder. Pero amplias regiones del mundo jamás compartieron y apenas si comprendieron la concepción occidental.

 

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Barack Obama y Angela Merkel

Hoy, el orden establecido y proclamado por Occidente se encuentra en un momento de quiebre.

En primer lugar, la naturaleza misma del Estado – la unidad formal de la vida internacional- está sometida a múltiples presiones. Europa ha decidido trascender el estado y construir una política exterior común, primordialmente basada en los principios del poder blando. Pero es difícil que una legitimidad surgida al margen de una estrategia conceptual pueda sustentar un orden mundial. Y Europa, en su conjunto, no ha asumido para sí atribuciones de estado, provocando un vacío interno de autoridad y un desbalance de poder en sus fronteras. Simultáneamente, partes del Medio Oriente se han disuelto en conflictos sectarios entre sus componentes étnicos; milicias religiosas y los poderes que las respaldan, violan descaradamente fronteras y soberanías, produciendo el fenómeno de estados fallidos, incapaces de controlar su propio territorio.

El reto que se le presenta a Asia es inverso al de Europa: Allí, los principios de equilibrio de poder prevalecen pero sin relación alguna con conceptos de legitimidad acordados, generando desacuerdos en los bordes de la confrontación.

El choque entre la economía internacional y las instituciones que ostensiblemente las gobiernan también hace difícil alcanzar la idea de un propósito común, elemento tan necesario para concretar un orden mundial. El sistema económico se ha globalizado, mientras la estructura política del mundo sigue atada a la noción del estado-nación.

 

La globalización económica, en su esencia, ignora las fronteras nacionales. La política exterior, en cambio, las subraya, aun cuando intente reconciliar objetivos nacionales con los ideales de un orden mundial.

Esta dinámica ha producido décadas de desarrollo económico sustentable, interrumpido por crisis periódicas de orden financiero cuya intensidad parece crecer: en Latino América en los 80; en Asia en 1997; en Rusia en 1998; en EE.UU. en 2001 y 2007; en Europa después de 2010. Los ganadores tienen pocas reservas en relación a las bondades del sistema. Pero los perdedores –como aquellos atrapados por diseños estructurales inadecuados, como es el caso del sur de Europa- buscan remediar su situación apelando a soluciones que niegan o, cuando menos obstruyen el funcionamiento de un sistema económico global.

De manera que el orden internacional enfrenta una paradoja: Su prosperidad depende del éxito de la globalización, pero el proceso genera reacciones políticas que con frecuencia actúan en contra de este propósito.

 

Collage Libia Putin China
Es evidente una crisis existente en el equilibrio político de la era moderna.

Un tercer elemento que juega en contra de un orden mundial es la inexistencia de mecanismos efectivos de consulta y cooperación entre los países más poderosos. Esto pudiera parecer un argumento cuestionable a la luz de la existencia de múltiples foros multinacionales, un número mayor que en cualquier momento de la historia. Sin embargo, la frecuencia y naturaleza misma de estas reuniones conspira contra la elaboración de estrategias de largo alcance. El proceso existente, en el mejor de los casos, permite conversar sobre asuntos pendientes de carácter táctico… y en el peor, hace de estas cumbres simples “eventos sociales”. Una estructura contemporánea de reglas y normas, si ha de cumplir su objetivo, no puede surgir de simples declaraciones conjuntas; debe nacer de genuinas convicciones compartidas.

Las consecuencias de un fracaso no será tanto una guerra de grandes proporciones (aun cuando en algunas regiones ello no es descartable) sino la evolución hacia esferas de influencia particulares, identificadas con determinadas estructuras y formas de gobierno. En la medida en que estas esferas colinden, surgirá la tentación de probar la fuerza de una contra la otra con base a criterios de legitimidad. Una lucha entre regiones podría debilitar aún más la posibilidad de lograr un orden mundial, aún más de lo que significó en el pasado, la lucha entre naciones individuales.

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Si los EE.UU. quiere jugar un rol responsable en la evolución de un orden mundial para el Siglo XXI, debe antes responderse a sí misma un número de interrogantes.


La concreción contemporánea de un orden mundial requerirá de una estrategia coherente dirigida a establecer un concepto de orden a lo interior de las distintas regiones y a la vez, relacionar estos órdenes regionales entre sí.
 

Estos objetivos no necesariamente conducen a la conciliación: El triunfo de un movimiento radical puede establecer un orden interno, y a la vez, establecer las bases para iniciar conflictos con las demás. La dominación militar de una región, por ejemplo, aun si tiene una fachada de orden, pueden generar una crisis mayor en el resto del mundo.

Un orden mundial de estados, fundado en la dignidad individual y la gobernanza participativa, que coopere internacionalmente de conformidad con reglas pre-establecidas, debe ser nuestra fuente de inspiración. Pero progresar en esa dirección requerirá de una serie de etapas intermedias.

Si los EE.UU. ha de jugar un rol responsable en la evolución de un orden mundial para el Siglo XXI, la nación debe estar preparada para responderse a sí misma un número de interrogantes:  ¿qué es exactamente lo que debemos impedir, independientemente de como surja, actuando si es preciso unilateralmente?, ¿qué metas debemos trazarnos como nación, aun si no hubiese ningún tipo de apoyo multilateral?, ¿que deseamos alcanzar o impedir, pero solo si se logra una alianza multilateral?,  ¿qué no debemos hacer, aun si se nos lo exige o reclama una alianza o un grupo multilateral?, ¿cuánto dependen de las circunstancias del momento, las respuestas a estas interrogantes?

Desde nuestro punto de vista, EE.UU. tendrá que buscar una respuesta pensando a dos niveles, aparentemente contradictorios: De un lado, de lo atinente a la exaltación de sus principios universales, del otro, del reconocimiento de la historia, realidades, cultura y consideraciones de seguridad de otras regiones.

Luego de examinar las lecciones derivadas de los retos de décadas anteriores, Norteamérica está obligada a insistir en la sustentación de su naturaleza excepcional. La Historia no le concede tregua a naciones que colocan a un lado su identidad para favorecer un camino que en apariencia ofrece menor resistencia. Tampoco garantiza el éxito cuando estos principios no forman parte de una estrategia geopolítica integral.

 

*Traducido por Strategyon.

Tomado del Wall Street Journal

 
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