ÚLTIMOS PASAJEROS

maiquetia-aeropuertoEl domingo bajamos a Maiquetía para despedir a una amiga que se apañó para irse del país. Ingeniera industrial, un noviazgo de tres años que no cuajó y un secuestro express, con final feliz porque la familia pagó el rescate, Eugenia se llevó dos maletas y la excusa de estudiar inglés.

En los minutos previos a los apretones, las lágrimas y la despedida, alguien notó que, aparte de dos ancianos que rodaban una maleta y los pasaportes en la mano, no había nadie más en la zona de partida. El aeropuerto de Maiquetía estaba desolado, y si alguien por esa vieja curiosidad ­que abriga todo niño­ se le hubiese ocurrido contar las rayas cromáticas del piso que nos regaló Cruz Diez, lo habría logrado sin interrupción.

Como en esas películas de ficción donde el protagonista conoce la fórmula de congelar el tiempo y logra que quienes iban a entrar no lo hagan, y los que pretendían salir se queden en sus puestos, el vasto solar de Maiquetía se nos mostraba solitario, como tal vez sucede los primero de enero. Los mostradores de las aerolíneas vacíos, sin las chicas sonrientes y los pasillos despejados, sin las parejas de guardias paseándose en actitud de vigilancia. 

Desde que el presidente Maduro y su tándem de ministros de transporte aéreo, terrestre y acuático inventaron ese mareo de que les van a pagar a las aerolíneas las divisas que les adeudan; o que primero van a instalar una mesa de diálogo para analizar el tema; o que sencillamente acuden a la excusa del borrachito impertinente que se niega a pagar la cuenta, porque sospecha que la cuenta está demasiado inflada, el país se ha quedado sin aviones ni pasajeros, y anunciar entre familiares y amigos que se va de viaje es un anuncio que genera alegría, pero también envidia y frustración porque el país se está quedando incomunicado a causa de una pandilla de inútiles que nos gobiernan. 

Ayer en la tarde me topé en la calle con el doctor, que me pospuso una entrevista, ya que esa misma semana salía a Brasil para un congreso de su especialidad. Sin esperar mi pregunta narró la vergonzosa situación de despedirse de su esposa e hijos, de pagar un taxi y llegar temprano a la caseta de Continental para descubrir que su viaje había sido cancelado. Fue por ello que Carmen Ramia suspendió el Festival Internacional de Teatro de Caracas, una vez que los grupos y artistas invitados les dijeron que no había vuelos hacia Venezuela.

Como un país acordonado por una prohibición sanitaria, digamos epidemia como el ébola ­imaginemos por un instante el aeropuerto de Liberia­, en Maiquetía ya no se oye el ruido ensordecedor de los aeropuertos cuando la gente baja a recibir o a despedir a los suyos porque, simplemente, no están saliendo ni llegando aviones. Constatar la profundidad de ese silencio me sacó unas lágrimas. Mi amiga, a punto de abordar el pasillo de su ausencia, me abrazó y dijo al oído “no es para tanto… después de todo, no soy la última pasajera”.

 

@TALCUALDIGITAL

 
Elizabeth AraujoElizabeth Araujo
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