LA VOLUNTAD DE VIVIR

 

Pareja de palestinos contrayendo matrimonio

Pareja de palestinos contrayendo matrimonio

¿Quién no ha visto cómo crece un manojo de hierba en una tierra árida y desértica? ¿Quién no se ha parado a tratar de explicarse cómo ha surgido vida en un terreno volcánico? O, mejor, ¿quién no se ha llevado las manos a la cabeza impresionado ante la vista de un animal moribundo que al fin se ha recuperado? La vida lucha inexplicablemente por imponerse en todos los aspectos de la naturaleza, aunque a veces los humanos hagamos lo indecible por obstaculizarla con nuestro modo de ser dispendioso y nuestras ventajosas comodidades (a través de las cuales tratamos, paradójicamente, de vivir más y mejor, pues hace ya tiempo que no soportamos el dolor, la desdicha o la incomodidad). En fin, esa voluntad de luchar a toda costa que tiene la vida y la existencia es lo que denominó el filosofo francés Henri Bergson el elán vital, especie de fuerza vital, producto del egoísmos de nuestros genes -como diría Richard Dawkins-, que aparentemente terminará orientando la evolución creadora de los seres vivos. Sea como fuere, esa voluntad de vivir viene aparejada frecuentemente con la sorpresa y el desconcierto que produce en todos nosotros.

 

En estos días, y en una de esas pequeñas treguas que se han dado en la franja de Gaza, preludio al cese al fuego y el acuerdo definitivo que se ha anunciado recientemente, pudimos observar, incrédulos, cómo tres parejas de palestinos contraían matrimonio. Aparentemente la ONU corrió con los modestos gastos de la boda; pero lo sorprendente era ver cómo ante tanta desazón creada por la guerra, estas parejas y sus invitados aprovechaban el descuido de las balas y los morteros para darse ese pequeño gusto que significó la fiesta. Las jóvenes, por ejemplo, se habían acicalado como si el mundo fuera el mismo que había interrumpido la conflagración.

 

Por supuesto, no hay que ir tan lejos para sorprendernos de los esfuerzos que hacen algunos para sobrevivir, pues la tragedia -esa lucha milenaria entre la vida y la muerte, donde la primera es derrotada infortunada e inevitablemente- tiene muchas caras y ubicaciones geográficas. Salvando las distancias, esta semana y en uno de los pueblos a que nos ha conducido el turismo nacional que nos vemos obligados a realizar últimamente, he conocido a dos jóvenes viudas que viven muy cerca una de otra. A la primera le secuestraron a su marido y luego se lo mataron; la segunda había sido esposa de un policía, el cual murió en extrañas circunstancias. Lo asombroso es que ambas, en un país donde la vida vale menos que la gasolina, no se han amilanado y luchan como gatas patas arriba para alimentar a su respectiva prole. Sorprendentemente, pues, ninguna de las dos se ha arredrado ante la violencia desbordada y la tremenda escasez de alimentos que padecemos.

 

Una de ellas -lectora empedernida-, me refiere una anécdota que relata Pedro Juan Gutiérrez en su texto Trilogía sucia de La Habana, sobre el periodo especial, momento en que Cuba dejó de percibir la ayuda que venía de la URSS. Aparentemente la policía secreta cubana descubrió a su vecino cuando robaba vísceras en una morgue, donde éste había solicitado trabajo empujado por el hambre y la falta de alimento. “Todavía no hemos llegado a eso”, me dice, sonriendo y resignada, la joven viuda.

 

¿Quién puede culpar a esta muchacha de que la denuncia de Pedro Juan Gutiérrez le haya servido de consuelo? Tal vez sea ese relato una de las formas que su voluntad ha encontrado para que ella pueda sobreponerse y siga viviendo… Quién sabe…

 

 

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