AL ROJO

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Que el gobierno de Maduro no le cumpla a los 30 millones de venezolanos para pagarle religiosamente a Wall Street debe ser interpretado como una muestra de su decadencia moral.
Ricardo Hausmann y Miguel Ángel Santos

 

No es el demoledor artículo escrito por dos venezolanos altamente calificados y escuchados en el mundo de las finanzas internacionales, lo que provocó la brusca caída del precio de los bonos de la deuda externa contraída por el gobierno de la sedicente revolución. Sostener eso es como decir que el imperio romano tomó el curso que la historia conoce porque la nariz de Cleopatra era demasiado larga para el gusto de Octavio Augusto, o que la primera guerra mundial fue causada por el magnicidio en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria un 28 de junio de 1914. Estos detalles serían opretextos o desencadenantes pero no más que eso.

La causa de fondo del agónico estado en que se encuentra Venezuela es, en sentido general, el abismal fracaso del modelo socialista-siglo XXI en nombre del cual se pavimentó la sacralización del señor Chávez; y en sentido particular, la deprimente debilidad del gobierno de Maduro, prisionero como está de las enconadas tendencias internas, incluida en lugar preeminente la de los militares empoderados.

Quisiera referirme en esta columna al presidente Maduro, a su gestión, a su drama, a sus vacilaciones, a su incomprensión de lo que tiene en la mano. Personalmente me resulta absurdo –ya no solo por él sino por el del liderazgo dominante del PSUV- que hayan podido sucumbir a la ilusión de que el socialismo de comunas (y antes de cooperativas, de empresas de producción social y de destrucción de capacidad productiva por vía del dogma de las estatizaciones) podría construirse a punta de billetes. Cuba se gastó 55 años solo para presenciar impotente el naufragio de este tipo de ensayo, pero claro, no tenía petróleo ni metálico en abundancia. Pero con tanta plata y tanto poder interno, ¿por qué Chávez y Maduro no habrían de tener mejor suerte?

Buena pregunta ésta. El socialismo sería pues un asunto de dinero. Solo los países ricos o con gran fortuna en la busaca podrían edificarlo. ¿Resulta entonces que un sistema supuestamente diseñado para colocar a los desposeídos en el mando no estaría al alcance de ellos sino de los más pudientes? He ahí una contradicción que debió inducir a los intelectuales amigos de la causa a reflexionar seriamente. Y no sólo a los militantes del PSUV sino a la izquierda internacional. A gente formada como Dieterich, quien por cierto tardó su buen tiempo para desencantarse de la hechicería de Chávez y de la chapucería de sus sucesores. Pero, hombre, lo hizo, al igual que muchos otros pensadores y escritores de todo el orbe. Conformémonos con el manoseado refrán de más vale tarde que nunca.

El problema es que –tal como lo ha demostrado fehacientemente el gobierno de Maduro- ni con mucho capital, ni con el privilegio de disponer de las más grandes reservas de hidrocarburos del mundo, ni con ingresos desbordantes derivados del sostenido mercado alcista del petróleo, la revolución socialista bolivariana ha hecho nada mejor que destruir todo lo que ha tocado. Puede asombrarse el Universo de que Venezuela tenga la más alta inflación del planeta y que al cierre de este año observará la tasa regional más baja de crecimiento. Inflación máxima, retroceso económico máximo. “Estanflación”, nombre que se da a la mixtura de inflación y recesión. Es un fenómeno poco usual pero no extraño en nuestro país si se recuerda lo que ha sido el desempeño del desquiciado gobierno a lo largo de más de quince años.

Las cifras del desastre son ya ampliamente conocidas, pero es interesante seguir el razonamiento de Hausmann y Santos porque da cuenta del nerviosismo, las contradicciones del sistema y el abismo frente al cual se ha colocado con serísima repercusión en el torbellino de la lucha interna en el seno de la revolución. En Octubre de este año -un mes nos separa de esa fatídica fecha- el país debe pagar USD 5.200 millones en servicio de la deuda. ¿Tendrá cómo hacerlo o se declarará en default en cuyo caso se le cerrarán todos los mecanismos de deuda y no se diga la inversión foránea?

Hausmann y Santos piensan que posiblemente Venezuela no pueda cumplirle a los acreedores externos. Las acreencias contra el país siguen creciendo. Los bonos de Venezuela ofrecen descuentos enormes porque pocos creen. Si se declara el default, nadie lo hará y la inestabilidad será imparable.

La situación es desesperada. Maduro y Ramírez anticiparon la venta de CITGO y el aumento de la gasolina. Surgió alguna expectativa. Maduro prometió un “sacudón” pero lo obligaron a retroceder e incluso removió a Ramírez. Se comprenderá por qué cayó en 5% el valor de la deuda. El traspié no bastó para calmar la presión. Maduro no solo deshonró sus promesas sino que volvió a bramar acerca del socialismo. Jaua debe ahora “comunizar” el territorio para acabar con el poder burgués. ¡Sálvelo quien pueda!

Consciente del peligro del impago, el gobierno le venía cumpliendo a los acreedores foráneos no así a los venezolanos de todos los estamentos. Por eso se catapultaron la escasez y la pobreza. La crisis se retroalimenta. El dólar paralelo, indetenible. El petróleo en declive. La corrupción es de las más altas del mundo. El malestar crece. Con represión, cierre de fronteras o capta-huellas, Maduro nos hace saber que no puede, no, no puede con la múcura que está en el suelo.

 

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