¿Látigo e ignorancia?

En el siglo XIX izquierda significaba secularización, saber, cambio, igualdad entre el hombre y la mujer, derechos humanos y economía moderna. Lejos estamos de aquella izquierda libertaria que clamó contra las iglesias, hizo de la ciencia y el arte su estandarte y proclamó la razón como su norte.

En el siglo XIX izquierda significaba secularización, saber, cambio, igualdad entre el hombre y la mujer, derechos humanos y economía moderna. Lejos estamos de aquella izquierda libertaria que clamó contra las iglesias, hizo de la ciencia y el arte su estandarte y proclamó la razón como su norte.

El marxismo-leninismo la convirtió en una nueva congregación religiosa con el Kremlin como Vaticano; Mao Zedong marcó un quiebre definitivo: si Stalin era un demonio moderno de electricidad, astilleros y muerte masiva, Zedong era un demonio campesino que quiso borrar la historia. Intelectuales, artistas, científicos celebraron la utopía roja y en particular su advenimiento entre nosotros: la Cuba de Fidel Castro.

Al respaldarla ponían entre paréntesis su actividad, formación y valores: los Heberto Padilla, las Ajmátova, los Sajarov eran pequeños detalles pequeño burgueses ante el empuje del pueblo redimido. La muerte, la cárcel, la humillación no tocaban a los intelectuales y científicos que disfrutaban de un buen nivel de vida en los odiosos Estados Unidos o en la capitalista Francia.

Cayó el Muro de Berlín; Cuba casi muere de hambre; China es el capitalismo más salvaje. No importa, la izquierda continúa su línea del atraso. En Venezuela la izquierda en el poder le reza versiones chambonas del Padre Nuestro a Hugo Chávez, se opone al aborto, a la legalización de la marihuana y al matrimonio entre personas del mismo sexo, amén de haber logrado destruir al país. En Bolivia, los correligionarios de Evo Morales en zonas campesinas amenazan con latigazos a quienes no voten por él, un ignorante que proclamó que comer pollo convierte a los varones en homosexuales.

La izquierda posee un férreo dominio en las universidades y “ay” de aquellos que se atrevan a cuestionar ese dominio. En los predios intelectuales el finado Ernesto Laclau naturalizó el populismo como la forma inevitable de hacer política y consagró a los hombres fuertes como necesidades históricas. De la izquierda surgió el relativismo cultural que proclama la “igualdad de los saberes” frente a la ciencia como forma de conocimiento, como si el Génesis de la Biblia tuviera igual valor que las investigaciones científicas y diese lo mismo respaldar una cosa que la otra.

Lo único que conserva incólume la izquierda es su fanatismo anti-norteamericano que sacrifica la verdad en aras de la ideología. Por ese fanatismo le parece que China es una alternativa económica, Rusia una opción política y defiende los atavismos religiosos del islamismo en Europa. Avergüenza la furia antiisraelí y antisemita del gobierno chavista en contraste con el mutis que hace ante el califato Siria-Irak, a quien seguramente considera responsabilidad de Estados Unidos, cuando el propio mundo decente islámico está aterrado ante las abominaciones de esa gentuza sanguinaria y feroz.

La izquierda está tan fea como la derecha fascista.

 

 
Gisela Kozak RoveroGisela Kozak Rovero

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