Nuestra “extraña” criminalidad

Confieso que no leo las páginas de sucesos de los periódicos; ya tengo bastante con la pelea que debo dar diariamente contra la escasez como para buscarme más problemas. Pero por mucho que no queramos prestarle atención al asunto de la criminalidad, ésta sigue expandiéndose y desplazando a los demás temas en nuestras conversaciones diarias. Ahora, según ha acotado recientemente la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, en relación a los “extraños” crímenes que se han sucedido últimamente –como ella misma tildó a esos sucesos referidos a descuartizamientos y asesinatos de familias enteras– parece estar dándose una especie de mutación de la forma en que se cometen los homicidios, como si esas muertes estuviesen violentando la lógica propia del crimen y se hubieran salido de lo que podríamos considerar la “norma”.

Creo que todos estaremos de acuerdo con los señalamientos que hizo también la representante del Poder Público, en cuanto a que una nueva escala de contravalores se ha implantado en el país y que ello pudiera ser la causa de estos extraños sucesos. Lo que sí escuece un poco es que se le quiera cargar la mano a los medios de comunicación social por ese asunto. Tal vez sea una obviedad, pero habría que insistir que tanto los llamados antivalores como los valores mismos – es decir, lo que valoramos como correcto, bueno, conveniente, razonable, prudente, etc.– se predican mediante la palabra o el ejemplo, y no creo que ninguna de estas cosas hagan los pocos medios independientes que quedan.

Otra cosa en la que insisten los representantes gubernamentales, es que combatir el delito es tarea de todos. Eso que suena muy bien, parece rehuir, sin embargo, la gran responsabilidad que tienen los que consideran que están preparados para gobernar y por eso luchan por permanecer en el poder. Aunque la delincuencia no es un fenómeno exclusivo de Venezuela, es tarea de ellos fundamentalmente ponerle coto a la criminalidad y esforzarse porque no mute como lo está haciendo. Pero habría que recordar, y recordarle a los que nos dirigen, que no se puede hacer una revolución como la que ellos proponen sin trocar todos los valores, y que lo que está sucediendo –esta criminalidad, el por momentos reprobable comportamiento ciudadano y el irrespeto– tal vez no sea sino una especie de manifestación de esa violencia que en otros fenómenos revolucionarios ha sido abierta y sin tapujos.

Ya lo señalé en otra oportunidad, pero valdría la pena recordar lo que Herbert Marcuse apunta sobre el particular en su texto Ética de la Revolución: “Una revolución, según los conceptos del estado normal –dice allí Marcuse–, es por definición inmoral; quebranta el derecho de la comunidad existente; permite y hasta requiere engaño, astucia, represión, destrucción de vida, bienes y propiedades”. Pero un juicio de ese tenor, dice también Marcuse, es inadecuado porque es la continuidad histórica la que determina si tal estado de cosas era necesario o no. Es a lo que apeló el mismo Fidel Castro cuando pronunció aquella famosa frase “La historia me absolverá”, proferida en la defensa que hizo de sí mismo tras su asalto al cuartel Moncada, en 1953.

En fin, Venezuela es hoy un laboratorio social, donde todo ha cambiado (hasta los delitos), y nosotros, los ciudadanos, unos simples cobayas.

 

 

 

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