Un reino ‘re-unido’

140916_gl9zc_dezo-ecosse-referendum-1_sn635Braveheart perdió de nuevo. Escocia no se independiza, pero nada volverá a ser lo mismo en el espacio político británico 

Braveheart perdió de nuevo. Por un resultado democráticamente irreprochable, el pueblo escocés ha elegido seguir formando parte de lo que The Independent llama el Reino re-unido, el primer ministro conservador, David Cameron confía en que sea “toda una vida”. Pero nada volverá a ser lo mismo en el espacio político británico.

El sí inclina disciplinadamente la cerviz y comprende que pasarán bastantes años antes de que se le presente otra ocasión para soltar amarras de uno de los experimentos políticos más exitosos del mundo occidental, del siglo XVIII a esta parte. Pero no por ello menos el país escocés, con cuatro millones y medio de votantes potenciales, se divide con un sí casi en el 45%, y lo que es más importante, igual que en Catalunya entre los menores de 30 años parece que las proporciones se decantaban con inversa claridad por la ruptura. Una Escocia joven, con un gran futuro por delante, pero frustrada en sus aspiraciones de independencia, y otra asentada, reservona ante el presente, tanto como en control de las palancas del poder fáctico, el dinero, respira aliviada: la vida sigue, business as usual. Pero tampoco es así.

Hay dos razones de fondo para que el sí, aun derrotado, haya cosechado un resultado sumamente honorable. Una, que la desaparición del imperio hace ya medio siglo ha propinado un último coletazo. Sin horizontes oceánicos, ni Britannia cabalgando las olas, la auto-justificación escocesa para seguir sintiéndose miembro del reparto es francamente menor. Para no ser ya un Grande, mejor se está solo. Y los procesos de longue durée pueden tomarse un tiempo para decir la última palabra. La segunda razón, más mundana, apegada a políticas, pese a su longevidad, coyunturales, ha sido la deriva neoliberal de la política inglesa. De la señora Thatcher en los años 80 hasta el presente, con el decreciente interés de Londres en participar en otra aventura imperial —cierto que hoy en horas bajas— la construcción de Europa, ha ido cristalizando en Escocia un tibio extrañamiento de la casa común británica.

Ante esa evidencia, Cameron reaccionó en los últimos días de campaña como solo puede aconsejar un súbito ataque de pánico escénico: prometiendo poderes renovados, tantos que pronto Escocia puede tener los mismos que Catalunya, con lo que el ‘sí’ habría obtenido una acolchada derrota, cualquiera que fuese la diferencia de votos en las urnas.

Está por ver si esa autonomía-plus servirá a Londres de algo; si mayores poderes apaciguarán al independentismo escocés; o, por el contrario, si los nacionalistas utilizarán ese poder para distanciar aún más al país de sus históricos socios. Pero habrá que transitar por una terra incógnita los próximos años, porque el mínimo común denominador de lo sucedido debería ser que el bloque formado por Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte marcharan hacia la federalización. El gran interrogante es si ese new deal constituirá una base de sustentación satisfactoria para una mayoría suficiente de un Reino algo menos Unido. La idea de lo británico se ha salvado, pero habrá que definirla de nuevo.

 

@ELPAÍS

 
M.Á. BastenierM.Á. Bastenier
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