UNA HISTORIA DEL ÉBOLA

EBOLA-VIRUSQue el oficio modula la personalidad es un hecho. Los médicos que trabajan en emergencias tienden a ser agrios, profanos, con bromas y risas inesperadas. Con la simpatía mínima necesaria para los enfermos y sus familiares, parecen ausentes y ajenos, pero su mirada y atención abarcan todo el espacio del área donde surgen eventos que no pueden esperar. Toda emergencia requiere decisiones rápidas, acción inmediata. La pulsión por salvar vidas y evitar daños irreversibles requiere temple, destreza, conocimiento, determinación, disciplina y adrenalina. Modales, simpatía, recato, son secundarios en maniobras de resucitación cuando el único objetivo es preservar una vida. Trabajar en emergencias es adictivo y la pasión por actuar se impone. Un muerto es un fracaso, y duele.

 

Ser el jefe de un servicio de emergencias es asumir la responsabilidad de todo lo que allí ocurre. Exige compromiso y liderazgo. Todo esto debieron haberlo percibido en el Dr. Samuel Brisbane, los Dres. Josh Mugele y Chad Priest, quienes escribieron un sentido y reflexivo artículo sobre la muerte del personal de salud en la actual epidemia de Ébola en Liberia, en ausencia de recursos para una contención segura de esta horrenda y mortal enfermedad. (“A Good Death – Ébola and Sacrifice” NEJM.org, Sept 3, 2014).

 

Natural de Liberia, país que debe su nombre a los esclavos negros norteamericanos liberados que colonizaron una tierra prometida, el Dr. Samuel Brisbane, se entrenó en Alemania en la década de 1970, y decidió regresar a trabajar en su país a pesar de la guerra civil y el régimen despótico de Charles Taylor, sin dejar de ver a los pacientes, a pesar del derramamiento de sangre a su alrededor. Fue asesor del liderazgo democrático y Jefe del Departamento de Emergencias del John F Kennedy Memorial Medical Center de Monrovia, único hospital de Liberia con credenciales académicas. Los doctores Mugele y Priest conocieron al Dr. Brisbane en unas asesorías para desarrollar programas de resiliencia ante desastres y de mejoría de la formación médica, más orientado al área de trauma, aunque la gran preocupación para Brisbane era la posibilidad de una epidemia de fiebre hemorrágica como el Ébola.

 

En el mes de Junio de este año se presentaron los primeros casos de pacientes con Ébola en el Hospital Redemption de Monrovia, y se sabía de la muerte de un médico y algunas enfermeras y del rápido abandono de todo el personal de ese hospital, algo distante del JFK Memorial Medical Center, en la misma Monrovia. La ansiedad se apoderaba del personal del JFK al no darse lineamientos claros desde la Dirección del Hospital y de las autoridades sanitarias, sobre qué hacer en caso de que se presentara un paciente con sospecha de haber contraído el virus. ¿Cómo se protegerían a sí mismos los miembros del personal? ¿Cómo iban a aislar al paciente? ¿Cómo iban a trasladarlo a uno de los centros de aislamiento del ministerio? La gracia y compostura del Dr. Brisbane cambió y abiertamente se preguntó cómo podía protegerse a sí mismo. Respondió en broma, pero sin rodeos: “Dejando Monrovia.”

 

Dr. Samuel Brisbane

Dr. Samuel Brisbane

Entonces, a las 7:00 am de una de las mañanas siguientes, al llegar los doctores Mugele y Priest al Departamento de Emergencias, se encontraron con el Dr. Philip Zokonis Irlanda, uno de los médicos jóvenes, agitado y con evidente miedo en la cara: había amanecido un paciente en el Servicio de Emergencias con sospecha de Ébola. El paciente llevaba seis horas acostado en una cama de un área de tratamiento atestada de enfermos y enfermeras. Allí se encontraron al Dr. Brisbane y al Dr. Abraham Borbor, Jefe de Medicina Interna, que atendían al enfermo y confirmaban la sospecha. Todos percibían que algo andaba mal, los pacientes y sus familiares abandonaban rápidamente el hospital; el personal, con ansiedad creciente, buscaba alejarse del sitio.

 

Lo prioritario era aislar al paciente, pero la cama no cabía por la puerta del área de tratamiento. Vestidos a toda prisa con las batas disponibles, con guantes y máscaras, entre los doctores Brisbane y Borbor y dos custodios cargaron al paciente con colchón y todo. En muy malas condiciones, boqueando, el paciente falleció a los cinco minutos y allí permaneció el cadáver, hasta horas más tarde, cuando el personal del ministerio de salud recogió el cuerpo y ya se había confirmado la infección por Ébola.

 

El Dr. Brisbane se colocó un sombrero de fieltro como especie de talismán y con un termómetro se medía la temperatura religiosamente por temor a la delatora fiebre repentina, fiebre que llegó, obligando a su aislamiento, dando positivo para Ébola y muriendo a los pocos días. Fue apresuradamente enterrado en su plantación, donde obtenía el café que le regalaba a Mugele y a Priest. Dejó ocho hijos biológicos, seis niños adoptados y numerosos nietos.

 

Su muerte también fue un gran golpe para Liberia y su gente, produciendo una inmensa sensación de derrota. Con medio siglo de experiencia como médico, un prestigio bien ganado en todo su pueblo, con buena salud, vital y obstinadamente comprometido con su país y la salud de las personas, entrenó a cientos de estudiantes de medicina de Liberia y de otros países. El Dr. Brisbane pudo haber elegido retirarse del JFK Medical Center; hubiera podido apartarse a su plantación de café con su esposa, hijos y nietos. A pesar de los riesgos que corría, a pesar de la escasez de suministros, de facilidades e infraestructura y de una precaria capacidad para el control y contención de infecciones y epidemias, cada mañana, antes de las 7:00 am se presentaba en su servicio de emergencias para atender a los pacientes. También murió el Dr. Borbor y un asistente médico, mientras el Dr. Irlanda y una enfermera luchaban por su vida.

 

Esto es lo que está ocurriendo en Liberia, Sierra Leona, Guinea Conakri y otros países fronterizos, donde el número de médicos por 1.000 habitantes para el 2.012 era menor a 0,2. Unos 130 profesionales del área de salud han muerto hasta ahora en esta epidemia no controlada, entre ellos, también el responsable de la lucha contra el Ébola en Sierra Leona, el Dr. Uman Khan.

 

El escaso personal de salud, los médicos como el Dr. Brisbane, están en las líneas del frente en esta epidemia, imposible de detener en ausencia de recursos e infraestructura. Y se están muriendo.

 

Tomado de @PRODAVINCI

 
Samir KabbabeSamir Kabbabe
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