LA FE MILITANTE

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La experiencia del accidentado trajinar del presidente Maduro da como para extraer una regla susceptible de anticipar sus reacciones frente a las malas noticias. Esa regla se compone de causa y efecto. Es fácil descubrir cuando alguien está quejándose o jactándose desde posiciones sólidas, con las pies firmemente sobre el suelo.

Puesto que las realidades económicas y sociales toman un rango escandalosamente crítico y dado que la suma acumulada de variables negativas registran una caída indetenible de la popularidad de este hombre desconcertado, sus reacciones recuerdan los “golpes telegrafiados” del argot boxístico, ya explicaré por qué.

Maduro ya parece no saber qué hacer con el poder. Aparentemente ha descartado la idea de dejarle el coroto a otro, porque esa fórmula entraña peligros ciertos, cualquiera que sea la vía dispuesta.

Si es en el marco de la Constitución sobrevendría un proceso de anticipación electoral. Él y sus compañeros saben que sufrirían una muy probable derrota, que los pondría pacífica, legal y constitucionalmente en la acera opositora.

Si es por un acto de fuerza, contra su voluntad, se rompería el hilo constitucional, casi único sostén de su presidencia de cara a la Región y al mundo. En la OEA no hay un solo gobierno que no tenga origen electoral. De perder semejante requisito, su aislamiento sería brusco y sus asideros comerciales, económicos, financieros se esfumarían rápidamente. Para un país en plan de sumergirse en el pantano de la estanflación, en medio de tormentos sociales de todo orden, ese aislamiento no sería nada bueno para la salud.

Me parece que al presidente no le queda otra que aferrarse como pueda al timón y tratar de soportar la borrasca inclemente. Por el mismo motivo se puede presumir que sus rivales –algunos aparentemente identificados- no pueden suplantarlo. Ninguno de ellos goza de legitimidad de origen para ejercer la presidencia. En consecuencia, muy a su pesar apechugan con él a la cabeza.

La crisis está secando de popularidad al gobierno. La fragilidad se acentúa. El malestar social y el que ha penetrado con fuerza al bloque oficialista no dejan de crecer, y por más que se resistan a admitirlo, la oposición ha resuelto básicamente sus problemas de unidad y cada vez más gente entiende que el pluralismo de sus adversarios no es un factor de debilidad –como sí lo es cuando hablamos del gobierno- sino de fortaleza.

La alternativa democrática no se divide ni puede hacerlo. La diversidad plural permite que las tendencias y partidos que la integran convivan y discrepen sanamente. En este mismo momento están sobre la mesa las tres opciones propuestas por factores de la oposición. Ninguno de los proponentes descarta la fórmula electoral, solo dicen que sus ideas también pueden entrar en acción sin perjudicar la unidad, pues al final habrá una sola fórmula para concurrir a las parlamentarias del próximo año.

La época de las indirectas, los tiros por mampuesto y los comentarios envenenados, está pasando aceleradamente a otro mundo, pese a que el gobierno insiste puerilmente en perorar sobre las luchas “implacables” en la oposición, solo para fines rupturistas. Aunque rupturas oposicionistas no habrá, siempre es bueno animar a la militancia oficialista con el cuento de que “si aquí no vamos bien, allá van peor”. ¡Pobre consuelo!

¿Acaso servirá ese recurso pueril para levantar la moral partidista? Eso sin duda no tiene entidad, en cambio los ajustes de cuentas y asesinatos de dirigentes tal vez podrían servir al propósito. El bárbaro homicidio del diputado Serra tiene los componentes emocionales necesarios para conmocionar a la militancia y lanzarla a la caza de “derecho-fascistas”, “paramilitares colombianos” y el expresidente Uribe, todo alentado “desde EEUU”.

Y de paso ocultar grotescos detalles relacionados con este caso que resultan, por decir lo menos, extremadamente llamativos. Desaparecidos y silenciosos varios guardaespaldas que no lo abandonaban ni por un momento, cámaras de video apagadas, puerta de entrada no violentada, vestiduras blancas que algunos transeunteses relacionan con santerías. ¿Cómo pudieron los “derechistas” penetrar el sancta santorum de un dirigente especialmente vinculado a los célebres colectivos, amarrar con tirro a las víctimas y ensañarse contra ellas con tan brutal ferocidad? ¿Cómo pudo la cumbre del poder acusar a nadie cuando no había comenzado la investigación, dar nombres precisos, arremeter contra entidades extranjeras, incluido EEUU?

Lo que el gobierno logre con este artificio bañado de amenazas no será ni durará mucho. Los datos irán apareciendo. Los familiares de los asesinados no creo que hayan renunciado a saber quiénes atentaron contra sus deudos. El gobierno mismo tendrá que cumplir sus promesas de justicia tan estentóreamente anunciadas.

El caso de Eliécer Otaiza es ejemplar. Esa vez se fueron de lengua contra Primero Justicia, jurando venganzas revolucionarias, para después guardar un ominoso silencio sin explicaciones ni pruebas. Nada. Dejaron el tema hasta hoy cuando retoman la pauta frente al horrendo crimen de Serra.

El gobierno –dice bien Ramos Allup- sabe quiénes son los asesinos pero no se atreve a desengañar la fe de los militantes.

Para cualquier acto malintencionado se exige coherencia. Acusan a “los extremistas” de oposición, pero bruscamente hacen saltar el nombre de Carlos Eduardo Berrizbeitia, un abnegado servidor público, incapaz de hacer denuncias sin sólido soporte factual, universalmente tenido como ejemplo de moderación.

¿Y por qué ese nombre ahora? Porque en su informe sobre el viaje del presidente y sus 174 invitados a NY el gasto fue asombrosamente inmoral. Como no pueden rebatirlo porque las cifras son oficiales, tratan de enlodarlo en la fetidez del asesinato. La pasión los ciega.

La ceguera ¡ay! mina la fe militante.

 

 
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