Mao nunca murió

Aquello que el historiador Robert Service denominó “comunismo capitalista” para referirse a la entrada de China en un proceso gradual de conversión del modelo económico, a partir de la muerte de Mao Zedong, está sufriendo el rebote, a 25 años de la masacre de la Plaza de Tiananmen, con las protestas ocurridas en Hong Kong y convocadas por el movimiento Occupy Central, ante la intención, por parte de Pekín, de manipular las elecciones mediante las cuales los ciudadanos eligen al jefe de su gobierno.

Devuelta a China en 1997, la excolonia británica conservaba una forma de organización política que en principio fue respetada por el gobierno central, a partir de las coincidencias, en cuanto a libertades económicas, que predominaba entre la que se denomina Región Administrativa Especial y la China postMao, regida por la idea de “un país, dos modelos” concebida por Den Xiaoping el gran reformador del sistema económico maoísta. Pero en agosto de este año se anunció que para las elecciones de 2017, en contravención de las leyes y acuerdos vigentes, la nueva autoridad hogkonesa sería electa entre dos o tres candidatos designados por un comité bajo el control del poder central, valga decir de Pekín. Fue entonces cuando se produjo la reacción popular, convocada por Occupy Central y que tuvo como protagonistas a los estudiantes, en duros enfrentamientos durante los cuales la policía lanzó bombas lacrimógenas y utilizó gas pimienta contra los manifestantes.

Más allá de que la cultura democrática esté mucho más asentada en Hong Kong que en el resto de China, Tiananmen demostró que bajo la superficie de un aparente conformismo existía un gran movimiento democrático, sofocado a base de represión y por la memoria infame de aquella masacre que, a 25 años de su ocurrencia, aún persiste. Pero es evidente que en Pekín se le teme al contagio que puede generar Honk Kong en el resto del país y de allí la dureza de la policía contra una población que no se resigna a perder sus derechos políticos.

Por el momento parecen haberse equivocado aquellos que pregonaban cómo, con el desarrollo, el bienestar y la generación de riqueza, producto de más de tres décadas de economía de mercado, automáticamente, más temprano que tarde, se crearían sindicatos libres, aparecería espontáneamente la libertad de expresión, desaparecería el régimen de partido único y la dirigencia del PCCh tendría que abrir las puertas a la democracia. Quizás esto ocurra, pero más tarde que temprano porque, por ahora, la vieja China de Mao sobrevive en la represión y en el totalitarismo capitalista.

 

 
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