El suicidio de Hitler puso fin al Reich que pretendía durar mil años

hitlerRODRIGO GARCÍA-MUÑOZ VAQUERO 

En los últimos días del búnker se acumularon las decepciones por el abandono y la traición de muchos de los supuestos leales

Adolf Hitler y Eva Braun contrajeron matrimonio en el búnker de la Cancillería horas antes de suicidarse

Con la guerra ya prácticamen­te perdida, Hitler se trasladó a Berlín a principios de 1945 y, una vez en la capital, los continuos bombardeos aéreos le obligaron de in­mediato a recluirse en el claustrofóbi­co Führerbunker construido bajo los jardines de la Cancillería del Reich, del que apenas saldría ya a partir de en­tonces.

56 años

Presidía su pequeño estu­dio un retrato de Federico el Gran­de, cuya contemplación le reconfor­taba cuando recibía malas noticias, lo que, en aquellos días, sucedía con frecuencia. Por lo que, ante el de­terioro constante de la situación y con la posibilidad de que Alemania quedase fragmentada a causa de los avances aliados, el 15 de abril, tomó la decisión de encargar al almirante Dönitz la defensa del oeste del Reich y al mariscal de campo Kesselring la de la zona sur. Ello debería de entrar en vigor si la interrupción de las co­municaciones le impedía al Führer dirigir personalmente las operacio­nes. Al día siguiente, los soviéticos iniciaban el asalto final a Berlín.

El 20 de abril Hitler cumplió 56 años y ese día salió del búnker por úl­tima vez para condecorar, en los jar­dines de la propia Cancillería, a unos jovencísimos soldados, dispuestos aún a morir por él. Recibió también, como todos los años, la felicitación de los personajes más destacados del Reich.

Todos le instaron a abandonar Berlín de inmediato y dirigirse a su re­sidencia de Berchtesgarden, a lo que se negó alegando que quería perma­necer junto a sus tropas en la batalla decisiva por la capital. El resto de los dirigentes nazis no consideró necesa­rio, sin embargo, continuar junto a su Führer, a pesar de todos sus juramen­tos de lealtad. La premura con que se marcharon le decepcionó profunda­mente.

Abandono

Göring partió hacia Bavie­ra para unirse a su familia, alegando que desde allí estaría en mejores con­diciones para dirigir a la Luftwaffe, que aún permanecía bajo su mando. El gran almirante Dönitz, comandante de la Kriegsmarine, se dirigió al norte para continuar la lucha desde allí.

Les siguieron Himmler, Reichführer de las SS, su mano derecha; Kaltenbrunner, director de la Oficina Central de Se­guridad del Reich, y Albert Speer, Mi­nistro de Armamento y Producción de Guerra. Aunque este último regresaría a los pocos días, en un penoso viaje, sólo con el fin de despedirse de quien se consideraba amigo personal. Eva Braun decidió quedarse en el búnker dispuesta a compartir el destino de su amado Führer. También se instaló allí con su familia el Ministro de Propa­ganda, Joseph Göbbels.

La impotencia de Hitler ante el ca­riz que tomaban los acontecimientos desembocó, el día 22, en un acceso de cólera. Sintiéndose traicionado por aquellos en quienes confiaba, reco­noció que la guerra estaba perdida y no tenía más órdenes que impartir a la Wehrmacht, amenazando con sui­cidarse…

Superada, sin embargo, esa primera crisis, al día siguiente llegó un telegrama de Göring en el que, alar­mado por lo ocurrido, reclamaba la entrada en vigor de la ley que le nom­braba sucesor de Hitler en la jefatura del estado en caso de que éste quedara incapacitado para actuar. Bormann, siempre receloso del orondo mariscal del Reich, convenció al Führer de que el telegrama era un acto de traición, logrando que Göring fuera despojado de sus derechos sucesorios y obligado a dimitir de todos sus cargos.

Cinco días más tarde, el 28, sufrió una de­cepción aún más amarga, al conocer la oferta de rendición incondicional que Himmler había hecho a los aliados occidentales. De inmediato, ordenó que se le detuviese o se le liquidase sin más.

Suicidio

El 30 de abril, con los sovié­ticos aproximándose a su búnker, tras haberse casado el día anterior con Eva Braun y habiendo dictado su testamento, se retiró junto con su esposa a sus aposentos privados, sui­cidándose ambos: ella con cianuro y él disparándose un tiro en la sien tras ingerir también cianuro. Los cadáve­res serían quemados y sus restos en­terrados apresuradamente en el jardín de la Cancillería. Con Hitler sucumbía también su creación, el Tercer Reich, que debía durar mil años y había so­brevivido poco más de un decenio.

Dönitz, el efímero sucesor del «Führer»

En su testamento Hitler nom­braba su sucesor al gran almiran­te Karl Dönitz, jefe supremo de la Kriegsmarine. Cuando éste supo, el 1 de mayo, que el Führer había muer­to, formó de inmediato un nuevo go­bierno en el que no incluyó a ningu­no de los más destacados dirigentes del partido nazi, instalándose en la ciudad de Flensburg, cerca de Dina­marca. El gobierno de Dönitz queda­ría disuelto el 23 de mayo cuando to­dos sus miembros fueron detenidos por las tropas aliadas, dos semanas después de la rendición incondicio­nal del Reich. Hasta el momento de la rendición, Dönitz hizo lo posible por contener a los soviéticos, mien­tras el mayor número posible de ale­manes huía hacia la zona occidental.

 

Tomado de ABC España

 
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