LOS ESPACIOS VACIOS

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Pareciera que la conversión de Valencia en una inmensa población desolada, sin atractivos, donde sus habitantes se encierran al caer la tarde, por los peligros que hay en la calle, es una política de estado. Este es un criterio que hemos sostenido desde hace tiempo, tomando en cuenta que en los últimos años, en vez de ampliar los espacios para el esparcimiento y la diversión han sido reducidos a lo mínimo, como si sus actividades fuesen perniciosas.

 

A la revolución no le interesa la cultura. Es un peligro que la gente descubra que hay cosas más divertidas que ir a concentraciones, con franelas rojas, a gritar que Chávez es el comandante eterno y que Maduro es su hijo bendito. Giordani pasó a la historia de Venezuela desde el momento en que le aconsejó al difunto Presidente, que no se preocupara por resolver la pobreza, porque “si no hay pobres no hay revolución”. Y aunque sus herederos lo nieguen con gritería teatral, está comprobado que desde entonces, el país es una isla con miseria por todas partes, mientras ellos se enriquecen más que los jeques de los emiratos árabes.

 

De vez en cuando se escucha decir, que en alguna parte hay un concierto o una presentación cultural pero, el poco público asistente es tan escaso que no justifica el gran esfuerzo. Hasta el Forum, que presentaba estrellas de la música popular, de prestigio mundial, ha suspendido sus espectáculos por la poca rentabilidad. Este año, un circo con un divertido programa, tuvo que recoger la carpa antes de tiempo, por la soledad de cada noche. Esto fue en el Círculo Militar, en instalaciones de la Brigada Blindada donde una empresa está anunciando para los próximos días, espectáculos de música criolla con artistas que se han visto en la necesidad de “matar tigres”, entre ellos Reynaldo Armas. La primera velada tiene el atractivo de la presencia de Diosa Canales, a quien no se le conocen virtudes artísticas pero su espectacular cuerpo asegura una entrada exitosa.

 

Y es que, con la estrechez económica para quienes no tenemos vehículo, es muy caro hasta ir al cine a ver alguna de las buenas películas que se cuelan en la convencional cartelera cinematográfica de los cines situados en centros comerciales. El mínimo de las carreras de ida y vuelta en taxi (de noche no hay transporte colectivo) son 300 bolívares, más la entrada y alguna chuchería elevan el costo de esta diversión a más de 400 bolívares que superan el salario de quienes vivimos de un sueldo. De tal manera que hasta ir al cine se ha convertido en un privilegio en este país invicto por la corrupción y la inseguridad.

 

 
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