El quinto

no-mataras-21Lo marca claramente. Sin posibilidad a dudas. El quinto mandamiento de las Leyes de Dios: No matarás. Si buscamos en otras religiones, hallaremos un mandato similar. Pero en Venezuela, más de 180 mil cayeron desde 1999 a manos de la violencia. Pasaron a engrosar el expediente de difuntos. Se mudaron a los sepulcros. Uno imaginaría que los templos y las iglesias estarían repletos de pecadores confesando y pidiendo perdón. Y que las cárceles hospedarían a esos transgresores. Pero no. El país se ha rendido y la impunidad se apoltronó en el trono. La justicia ha sido la única enclaustrada en las mazmorras. Se pudre allí junto con la verdad. Sus cancerberos vigilan que no escapen. De ello depende la conservación del poder.

Una nube negra, mezcla químicamente perfecta de estupor, angustia y miedo, oscurece el cielo venezolano. El gran legado que la revolución puede contabilizar en su testamento se mide en obituarios. 180 mil esquelas necrológicas. Es el país donde la sangre se ha convertido en el argumento. Los familiares se llevan a su casa un cartapacio de dolor, un certificado de defunción y la certeza que no se hará justicia. La última foto del difunto es montada en un marco y se la acomoda en una mesa acompañada de una velita siempre encendida. Hay aún que pagar el préstamo apresurado que se contrajo para poder costear el entierro. Ese es el gran mérito de un sistema que garantiza la impunidad.

La vida vale poco en Venezuela. En el registro mortuorio de la violencia hay buenos y malos. Constan además cientos de funcionarios policiales que, mal pagados, mal dotados y peor armados, se enfrentaron en una guerra contra el malandraje… y perdieron. La viudez y la orfandad se enarbolan como nuevos datos en el registro de los que les sobreviven.

Nadie está a salvo. La muerte anda de cacería en Venezuela y no mira colores. De día, de noche, en las madrugadas y los atardeceres. Total, el único requisito para morir es estar aún vivo. Y en Venezuela, país de mediomuertos, el requisito se completa con facilidad. No se vislumbra por ninguna parte el remedio a esta situación de un país convertido en irracional e incivilizado patio de absurda batalla. Desde arriba sólo se lanzan gritos y amenazas, y una retahíla de acusaciones sin fundamento. Crimen político, gritan con ligereza. Resulta más fácil y conveniente decir que llegaron unos sicarios contratados para perpetrar un crimen. Todo cabe en el disparate del hacedor del guión. Todo menos hacer lo que se debe hacer, la dilucidación científica, la investigación seria y profunda hecha por profesionales sin agendas ocultas, el trabajo policial que permita esclarecer el asesinato. Y hay un error esparcido por todas partes, que los crímenes son políticos. ¿Cuántos de los muertos ocurrieron por razones políticas? ¿Cien, quinientos, mil? ¿Y el resto, y los 179 mil restantes?

Todos somos premuertos. La indefensión nos acecha por las esquinas. Y si nos matan, nuestros deudos se hundirán en la tristeza de ojeras mojadas y la más infinita rabia. En los canales del gobierno, un funcionario de primer, segundo o último nivel declarará lo de siempre, que se investigará hasta las últimas consecuencias y el ministerio público dirá que ya tiene todo claro pero que no puede revelar detalles pues ello puede perjudicar el caso. No es discurso de frases hechas, sino más bien gastadas. A las horas o días, el asunto sale de las páginas de sucesos. Otras noticias, otros muertos, lo sustituyen en el drama de país. Los responsables se lavan las manos, los culpables ríen a mandíbula batiente y los deudos lloran hasta quedarse dormidos exangües. Y entretanto, leo que el gobierno se reunirá con bandas de delincuentes, para arbitrar con ellos, otorgándoles así beligerancia. Un armisticio, pues, como si esto fuera un conflicto bélico. El Estado mismo reconoce así un para-estado.

“No matarás”, le dictó Dios a Moisés.

 

 

 
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