Empezar por uno mismo

abrazoDecidirse a cambiar el mundo provoca, a la larga, cansancio y apatía por lo irrealizable del cometido, por lo difícil que resulta concretar un planteamiento tan abstracto. Las más nobles ilusiones pueden verse pronto debilitadas, una vez que los obstáculos aparecen. La cosas no cambian propiamente porque uno así lo desee; mucho menos la gente. Siempre se puede, sin embargo, empezar por uno mismo. Por eso no hay que ir muy lejos ni decidirse a hacer grandes cosas cuando se trata de hacer algo por el país. Sacar los rencores, quizás el odio, anidado en el corazón, es un tremendo esfuerzo que da fruto si se lucha con sinceridad.

Hace poco, una persona me dijo que había decidido no hablar más con su abuelo porque era un chavista obstinado. Digamos que uno entiende y no entiende, pues se trata del abuelo; no de un militante cualquiera del PSUV. Lo mismo cabría decir de un chavista que tuviese un familiar de la oposición.

Escuchando a esta persona me preguntaba yo si era acaso posible entablar relaciones profundas, reales y sinceras con personas lejanas al entorno familiar, cuando esas que deberían ser las más íntimas están heridas. Por supuesto que uno puede siempre abrirse y sincerarse con otros, buscando el apoyo y el afecto que no se encuentra entre los propios familiares. Esto no significa, sin embargo, que las heridas que causan los rencores e insultos propinados en este ámbito desaparezcan, pues un afecto no suple nunca al otro; un afecto no suple una carencia, sobre todo cuando se trata de las más significativas en la vida, como son las relaciones con un padre, una madre, un hijo, un hermano o abuelo. Sabemos bien, quizás por experiencia, que esos rencores que resultan ser la otra cara de la moneda de un vacío, terminan por enconarse en esa especie de núcleo de nuestra intimidad, dificultando que amemos bien a otros; que amemos, al menos, “mejor”, con más libertad, pues el odio, la rabia y la envidia entorpecen la fluidez de la entrega y la apertura al otro.

El caso de esta persona puede ser el de muchos, pues la polarización del país se vive también en las familias. ¿Qué tan fácil nos resultaría aproximarnos a la realidad de otro venezolano si no lo hemos logrado con ese familiar que nos espera en la propia casa? Vale la pena, por eso, empezar a entrenar nuestra capacidad de reconciliación empezando por acercarnos a ese padre, a esa madre, a ese esposo, hijo, hermano, abuelo, tío o primo que piensa distinto de nosotros. Cuando logremos un acercamiento con el ser que afectivamente nos es más cercano es probable que cierta rabia enconada hacia la vida, esa inconformidad a veces inexplicable que podamos sentir hacia todo y cuyo origen no es consciente, ceda poco a poco hasta canalizarse hacia un sentimiento mejor. Lo que ahora digo puede parecer un tanto desconectado de la gran problemática nacional. Su aplicación no incidirá ciertamente en la economía, pero repararía innumerables heridas originadas por la intolerancia, el odio y la violencia, pues lo cierto es que las sociedades están conformadas por seres humanos, individuos capaces o incapacitados –en virtud de múltiples razones- para comunicarse. Si cada uno intentara aproximarse a ese ser más cercano por el que cabría sentir amor y no rabia, dándose así el chance de entrenarse en un diálogo difícil y en la superación de sí mismo, Venezuela sería mejor. Liberarse interiormente de alguna rabia ya diagnosticada, es decir, clarificada, en nuestro interior, ayudará a otros a liberarse de las suyas.

 

 
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