“Walking dead” en el supermercado

aceite y harinaSon las seis de la tarde de un día cualquiera. No estoy especialmente motivado, me he dejado una barba de tres días y calzo unas alpargatas que me dan un aspecto de anciano descuidado y digno de lástima. Salgo a pasear con el carro sin intuir que es mi día de suerte y que mi melancolía cambiará cuando entre al supermercado. Estaciono delante de un supermercado de una de las cadenas privadas de comercialización de alimentos, a ver “qué ha llegado de nuevo” y “qué hay”. Traspaso la puerta y me fijo en varias personas que pasean por los pasillos con la mirada extraviada. Caminan lentamente, como si no tuvieran alma. Otros giran brusca y epilépticamente sus cabezas de un lado a otro mientras caminan. Comienzo a andar yo también entre los estantes, sin rumbo fijo, y me tropiezo aquí y allá con unos individuos de quijadas colgantes que tienen la vista fija en los anaqueles vacíos. No se mueven, solo parecen esperar. Cuando estoy cerca de las verduras, siento que a mi lado se coloca un empleado y que comienza a descargar un bulto de harina precocida. Sin apenas darme cuenta, éste me aborda:

     -Tenga abuelo -dice, mientras me coloca furtivamente cuatro paquetes de harina en el regazo, girándose luego rápidamente.

Sigo mi camino, sin entender todavía a qué viene tanta amabilidad en una sociedad donde ya casi no nos damos los “buenos días”. Sin embargo, me volteo para darle las gracias. Pero ya no veo más que un enjambre de personas que han salido de todos los rincones del supermercado, una multitud que estira los brazos en dirección al bulto de harina; y no alcanzo a ver al buen samaritano que, agachado, debe estar tratando con dificultad de racionar la entrega del producto. Como puedo, me repongo y sigo mi camino. Paseo por los pasillos donde están los productos de limpieza, pensando que he sido descortés y que no vale la excusa de que el chico “me rompió el esquema”. Ando buscando algún repelente de mosquito, pues no tengo ganas de untarme aceite, clavo de olor y cuanta cosa está circulando por las redes sociales para espantar a los benditos bichos que no saben que tenemos un problema de divisas, y nos atacan sin piedad, contagiándonos, para más colmo, con una enfermedad de nombre africano. No te digo yo. Como éramos pocos… Nada, no hay nada que echarle a los bichos. Sigo arrastrando el carrito, ahora cuidando celosamente su único contenido: cuatro paquetes de harina.

Ya estoy por irme cuando los dioses –porque tenía que haber alguna intervención divina– me guían al pasillo donde están los enlatados y el aceite. Un joven se acerca a mi lado, pone en el suelo un bulto plástico de aceite vegetal de maíz –sí, esa misma marca que todos buscan. Y para mi sorpresa, se voltea también hacia donde yo estoy y, colocándome cuatro botellas de aceite en el carrito, dice:

 

     -Guarde eso ahí, abuelo.

No sé cómo las otras personas se enteraron de lo que estaba haciendo el joven. Pero inmediatamente fue rodeado por una turba que no me dejó tampoco darle las gracias a ese empleado.

Ya eso fue el acabose. No quise tentar más al destino. Corrí rápidamente hacia la primera caja que estaba vacía, pagué los ocho únicos productos que llevaba en el carrito y me escabullí hacia la salida, no fuera a ser que alguien se enamorara de lo que compré y tuviera que defenderlo con la vida.

Cuando me monté en el carro, me vino a la cabeza esa famosa serie postapocalíptica que pasan por televisión y con la que he titulado esta columna, producida por Frank Darabont… Todavía no sé por qué.

 

 

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