EL MURO DE BERLÍN NO TERMINA DE CAER

muro de berlin

El 9 de noviembre que se avecina, se cumplirán 25 años de la caída del Muro de Berlín, símbolo universal de la desgracia comunista y engañoso RIP de los Estados fraguados bajo la impronta estalinista, cuando los habitantes de la República Democrática Alemana (RDA), supuesto paraíso igualitario de entonces, decidieron demoler los kilómetros de cemento armado y represión que los separaba de la libertad, bienestar y progreso que vivían sus tíos, primos, y uno que otro familiar lejanamente consanguíneo, a vuelo de piedra. 

Miles de ciudadanos alemanes fueron acribillados por la celosa puntería de los guardias fronterizos encargados de velar -desde las alturas de sus torres- que las maldades del capitalismo no se colaran desde Berlín Occidental, para vulnerar la “felicidad” impuesta por un Estado policial cuya milimétrica opresión de sus habitantes sentó escuela entre los bondadosos constructores del “hombre nuevo”.

Fue con razón una fiesta universal de la democracia. Inspirado por el evento, Francis Fukuyama decretó el Fin de la historia y el triunfo de la sociedad liberal, se acunó la esperanza de un mundo progresivamente liberado de la opresión de los “benefactores sociales”, se unificó bajo el signo de la libertad, con grandes esfuerzos, al pueblo alemán, y se pensó que lo peor había quedado definitivamente atrás. Pero no fue así… exactamente.

Cinco lustros después, Putin ha fermentado de nuevo la viejas ansias imperiales de la Rusia soviética; en China una nomenclatura convulsa intenta perpetuar la quimera del desarrollo económico sin libertades políticas; en Cuba intentan redimirse de las tonteras económicas cometidas y la extrema penuria infligida a sus habitantes a nombre de una revolución que se sustentó en la adoración insensata de un líder y sus frenesíes. ¿Cómo hacer una disección más o menos certera de ese zombi residual de la Guerra Fría que mientan Corea del Norte? Todo labrado consciente y cruelmente a nombre de lo “mejor” para la especie humana.

Diosdado-Cabello-635En este lugar del universo que llamamos Iberoamérica, Latinoamérica, América, o como mejor guste denominarlo, nos enfrentamos a los detritos dejados por la eclosión de la Guerra Fría. Los “benefactores” del pueblo han recogido los pedazos del meteorito polarizante que se estrelló hace 25 años para retomar la vieja adicción de dividir las sociedades entre “buenos y malos”. La lucha de clases, sin reclamar el gentilicio marxista, subraya los discursos de los líderes populistas en el afán de perpetuarse en el poder, así sea intermitentemente, escogiendo a dedo a su sucesor. Es lo que se acuñó en su momento como el “Proyecto” para tirar por la borda la alternancia en el poder y dedicarse a “forjar” un nuevo país a expensas de todo el país. Sólo que los cadáveres salen de los closets, los socios se hacen más exigentes, y los que ayer, como el proletariado, “no tenían más que sus cadenas por perder” se hacen más exigentes y siguen queriendo más y mucho más en una escalera sin retorno de expectativas de ascenso social. No otro es el destino incierto del populismo, por más que atenúen con dádivas sus propios desaciertos económicos. 

En Venezuela, país regentado por una nomenclatura que pretende gobernar a partir de la repetición de viejas consignas de la Guerra Fría, se quiere edificar un Muro de Berlín criollo para dividir la sociedad en un artificioso ellos y nosotros. En la división se les va la vida, por eso recurren al odio de clases, el estigma a los que piensan diferente, la persecución de los propios apenas pestañean una opinión alternativa, la escocedura permanente de un lenguaje arrebatado para desollar verbalmente a los millones de ellos que se resisten democráticamente a la insensatez de sus designios.

Desmontar la división artificiosa del país, la polarización inducida desde las alturas del poder para beneficio propio, es el cometido más urgente y laborioso que tienen las fuerzas del cambio democrático. Derrumbar ladrillo a ladrillo, voto a voto, lo que queda del muro que se niega a caer. Esa es la calle que hay que transitar.

 

 

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