¡Y dale con Valencia!

Vicente Lozano, médico veterinario prestado a las finanzas, aficionado taurino, columnista de opinión, exconcejal y a veces urbanista, pero sobre todo amigo de solera, en su columna de esta semana apoya lo que el viernes de la anterior escribimos el historiador Luis Cubillán y este arquitecto, prestado al periodismo de opinión, sobre el problema de la destrucción del centro tradicional de Valencia.

Alega Lozano que, efectivamente, el centro ha sido destruido irremediablemente, pero afirma que existe una ordenanza que reglamenta su futuro desarrollo. Y nosotros alegamos que esa ordenanza no está funcionando, y que algo diferente hay que implementar.

Intentemos hacer un poco de historia, aunque en eso es mucho mejor, por mucho, Cubillán.

Valencia fue, hasta mediado el siglo pasado, un pueblo grande, un poco bucólico con sus habitantes más dedicados a la agricultura y a la ganadería en sus fincas aledañas que al comercio, que tampoco carecía de importancia, y algunas industrias de telares y aceites comestibles, y que hasta una fábrica de sombreros tenía.

Entre las épocas guzmancista y gomecista hubo un cierto crecimiento hacia el norte, con la extensión a lo largo de la carretera a Puerto Cabello, de la avenida Bolívar y sus casonas afrancesadas, que iban construyendo principalmente emprendedores de origen extranjero o nativos que habían amasado alguna fortuna con el comercio, el agro o su incipiente industria.

Pero la bonanza petrolera que nos cayó, no del cielo sino del subsuelo, no afectó mucho a los valencianos. La mayoría siguió con sus actividades tradicionales, viviendo en sus viejas casonas, hasta que una presión los hizo salir: la inmigración del Medio Oriente que huía del yugo turco fue adquiriendo, una a una, las casonas tradicionales, que ya sus propietarios consideraban“cascarones” insostenibles por el incremento de la mano de obra doméstica (como muy bien lo explica Cubillán) y el deseo de imitar a los que ya habían mudado sus residencias hacia el norte. Surgen las urbanizaciones “Las Acacias” y “Carabobo”, “El Viñedo”, “Guaparo”. El centro se va llenando de inmigrantes, robustecida la colonia libanesa con las de los países europeos víctimas de la Segunda Guerra Mundial. Españoles, italianos y portugueses se suman a los lituanos, ucranianos y otros, oriundos de países que han caído bajo el signo de la hoz, que para ellos es corta cuellos, y el martillo, que para ellos es mandarria.

Es innegable el aporte que estas inmigraciones hacen a nuestro país en general y a Valencia en particular. Pero tienen otros criterios en cuanto a lo que “histórico” es. Es que vienen de países donde los edificios de hace 400 años son “nuevos”. Caen las edificaciones, para nosotros viejas, que son reemplazadas por locales comerciales y edificios de oficinas, muchos ellos de dudosa calidad arquitectónica. 

Hoy, poco queda de aquellas casonas, que en nada se parecían ya a las que construyeron los pobladores de la “Nueva Valencia del Rey”, subdivididas, mutiladas y destinadas a otros usos. Pocos vestigios quedan de la Valencia que fue. Ni siquiera el Teatro Municipal o el Edificio de Correos lo son; mucho menos, como cita Cubillán, lo era el demolido “Palacio Municipal”.

Lo poco que queda digno de conservar ya está “salvado”. Es hora ya de buscar otras soluciones que sí funcionen.

 

 

 
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