RAZÓN Y FUERZA

17 Evo Dilma Vasquez

Pocas, muy pocas elecciones han sido tan ilustrativas y de fácil interpretación como las ocurridas en Bolivia, Brasil y Argentina. De estos tres países solo el primero figura en la nómina de la ruidosa pero inútil ALBA. Sin embargo, los otros dos son referidos sin razones sustanciales a la ambigua lista de los aliados del proceso bolivariano inaugurado con más pompa que éxito por el fallecido presidente Chávez. Los grupos gobernantes de los casos indicados se conocen como de izquierda porque así lo proclaman, pero la moderación del Frente Amplio uruguayo y hasta del PT de Brasil es considerable.

La reelección de Morales, Dilma Roussef y Tabaré Vásquez no debe nada al socialismo, ideología que según entusiastas de izquierda es la de los tres, sin precisar con qué pan se come semejante sistema teórico. Digamos que se trata de una vaga, una nebulosa relación que si no ha caído en desuso es porque el régimen venezolano ha prodigado insólitas concesiones comerciales, financieras y energéticas sin contraprestaciones importantes. Nada más allá de elogios poco onerosos al difunto comandante o de pasarle la mano amiga a su sucesor.

En plata blanca los términos de intercambio con Venezuela son de una desigualdad atroz al punto que un canciller de Lula hubo de admitir que no había proporcionalidad con Venezuela añadiendo que era procedente comprarle otros bienes al dadivoso régimen bolivariano. No insistieron dado que Venezuela tiene poco que ofrecer, fuera de petróleo. Ha retrocedido hacia condiciones de monoexportación parecidas a las que exhibía en 1938 cuando suscribió el primer Tratado de Reciprocidad Comercial con EEUU. Es el epítome de la absoluta dependencia. ¡Qué digo dependencia! En puridad se trata de vasallaje mercantil. De 1938 a 2014 embriagados de recuerdos del futuro. ¡Setenta y seis años con la palanca de retroceso! Para un socialismo del siglo XXI es como mucho. Digo yo, no sé.

La victoria de Evo Morales fue amplia y merecida. La de Roussef clara aunque disminuida, más abajo explico por qué y la de Tabaré Vásquez que por un pelo no venció en primera vuelta, sin desmerecer por supuesto el avance del joven y carismático Lacalle, nuevo líder del partido nacional (blanco) ni la persistencia histórica de los colorados de Bordaberry. En todo caso, con 48%, el moderado y eficiente Tabaré parece tener asegurada la presidencia en el balotaje de noviembre.

Morales ha gobernado con eficiencia, vocación social y en dirección mucho más ortodoxa que radical. De revolución socialista, nada. Bolivia estará en materia de crecimiento a la altura de los punteros México, Colombia, Perú, miembros notables de la pujante plataforma del Pacífico. Ese crecimiento se combina con una baja inflación. Por eso había ganado Santos. Por eso Peña Nieto se afirma en el mando. Por eso el terrorismo y las fórmulas de retorico radicalismo pasaron a la historia en Perú.

Y a esos factores mensurables, tangibles, debe Evo su victoria. No creo que, más allá de sonoridades retóricas, se atreva a radicalizar su rumbo.

Tabaré era, dentro del Frente Amplio, más moderado que Pepe Mujica, quien sin embargo continuó la política de aquel y de allí los claros éxitos que Tabaré y Mujica impulsaron en el marco del acercamiento a los países desarrollados del mundo. Väsquez pudo vencer en la primera vuelta, pero los uruguayos son de una convincente madurez política. En muchos de ellos prendió el atractivo de la renovación del liderazgo de septuagenarios por gente joven y de porvenir como Lacalle.

El caso de Brasil es también muy pedagógico. En tres períodos el PT sacó a 40 millones de la pobreza y mantuvo un ritmo de crecimiento muy alto, unido a un signo expansivo apropiado para el único país que conquistó su independencia como imperio monárquico y no como República democrática, a diferencia de la América Hispana, salvo el efímero imperio mexicano de Agustín Iturbide I. El desajuste se presentó con la caída acelerada del ritmo de desarrollo bajo el gobierno de Rousseff, a consecuencia del gasto de índole populista, que al final comenzó a pasarle recibo. Con un peligroso estancamiento y una inflación considerada alta aunque todavía de un solo dígito, el gobierno perdió popularidad a un ritmo acelerado.

¿Qué le faltó al socialdemócrata Aecio Neves para descontar los estrechos 3 puntos porcentuales que le sacó Dilma en el balotaje?

Únicamente, tiempo. La corrupción ha sido tan agobiante que pudo decretar la derrota de Dilma, sumada a la inquietante situación económica. Brasil se ha escindido profundamente. La oposición será más fuerte. Si Dilma no cambia de política o no puede hacerlo se aproximará un futuro cambio de poder.

Pero dados estos signos que tan claramente explican las causas del resultado, uno se pregunta: ¿por qué diablos el presidente Maduro está tan contento? Venezuela está en el más cenagoso pantano. La estólida revolución socialista ha hundido a la nación. El crecimiento esperado para el cierre de este año estará pendulando arriba y abajo del 1%. Uno o menos uno por ciento, adicionando la inflación más alta del planeta. Todo a pesar de haber dispuesto de recursos financieros superiores a los de cualquier otro país de Latinoamerica sea de origen hispano o luso. Todo orlado por un elenco aterrador: violencia, corrupción, secuestros, naufragio del sistema de salud y del educativo.

La triste verdad es que si Evo, Tabaré o incluso Dilma hubieran encarado sus compromisos electorales con las cifras de la gran revolución socialista de Venezuela, habrían recibido una paliza descomunal. Estarían fuera del mando con la suela de un zapato marcada en las posaderas.

 

 

 

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