Cadena perpetua

En octubre de 1910, Francisco Madero, líder revolucionario mexicano, lanza el Plan de San Luis llamando a deponer el gobierno de Porfirio Díaz, quien se había reelecto en la Presidencia durante 30 años. La proclama contenía un lema que condensaba el espíritu de la lucha del movimiento antirreeleccionista: Sufragio efectivo, no reelección. Ciento cuatro años después, luego de revoluciones triunfantes y menguantes, dos guerras mundiales, el fin del colonialismo, el aterrizaje del hombre en la Luna y la explosión tecnológica que timbra cotidianamente en nuestros bolsillos, la consigna del desventurado Madero, es cada día más vigente.

En Latinoamérica, la lucha por la democracia ha sido larga y costosa, tanto en vidas de quienes lucharon por instaurarla y luego defenderla, como de víctimas de la penuria humana causada por los dictadores de turno. Hay una épica ciudadana y democrática, en sociedades que, en su mayoría, apenas empezaban a desempolvarse las ropas de un atraso social y económico atroz. En algún momento se pensó que era tierra prometida de libertades e igualdades y miles de inmigrantes europeos, perseguidos por el hambre o su afiliación política, buscaron refugio en sus puertos.

Se fundaron partidos políticos modernos, sindicatos de trabajadores y organizaciones empresariales, se crearon polos de desarrollo industriales que transformaron campesinos en proletarios (y luego también en marginados) y las zonas urbanas fueron pavimentando el rumbo hacia lo que se pensó sería una modernidad portadora de progreso y prosperidad. ¿En qué momento se quebrantó el esfuerzo? ¿Cuándo empiezan a descascararse los ensueños del desarrollo? “¿En qué momento se había j… Perú?”, se pregunta Zavalita, un personaje de Vargas Llosa en Conversación en la Catedral. ¿En qué momento, México, Brasil, Nicaragua, Argentina, Venezuela, Colombia…? Y pare usted de contar.

Hay obras extensas, unas enjundiosas, otras más pragmáticas; escuelas de pensamiento y bandos -cada uno con su tatuaje de identidad teórica- que han intentado encontrar respuestas a la interrogante de tantos Zavalitas regionales. Entre la maraña de ellas       -todas provistas de algún acierto- preferimos la conjetura que advierte que nos fregamos, recurrentemente, desde el momento en que empezaron a surgir y resurgir los hombres providenciales. En algún lugar del inconsciente colectivo, hay un pedestal vacío esperando a que alguien lo ocupe, y no son pocos los hombres y mujeres desesperados por treparse en él, para desde allí dictarle a los demás sus recetas providenciales.

En días pasados el presidente de Bolivia, Evo Morales, fue reelecto para un tercer mandato con una significativa mayoría de votos a su favor. En Ecuador, la Corte Constitucional aprobó la posibilidad de una reelección indefinida del presidente Rafael Correa, quien aseguró que sólo aspiraría a la reelección si “la revolución se ve amenazada”. Durante su último mandato el entonces presidente de Colombia, Álvaro Uribe, buscó una segunda reelección a través un referendo que fue declarado inconstitucional por la Corte Constitucional. (No es descabellado pensar que lo hubiese ganado de llevarse a cabo). Los presidentes de Argentina, Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, se alternaron en el poder con apoyo popular y todo indica que hubieran repetido el enroque de no haber fallecido el expresidente Kirchner. En Venezuela, el difunto presidente Chávez proclamó varias veces que gobernaría hasta el 2021, pero la salud no lo acompañó en ese empeño. En Nicaragua…

El esquema es ya sabido -casi de librito antidemocrático-, se asume la presidencia por vía electoral, se copan las instituciones del Estado, se anula, en la realidad, la división de poderes, y se aprestan a navegar por el mar de la felicidad hasta que el pueblo aguante o la salud les acompañe. No hay signo ideológico que se resista, ni voluntad democrática que no parpadee ante el envite de la reelección. Es una cadena perpetua que sólo con el sufragio efectivo se puede evitar.

 

 

 

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