Amor en tiempos de chikungunya

En un lugar del estado Sucre, de cuyo nombre los políticos no suelen acordarse, y al cual fui a dar venciendo todas las dificultades que se han impuesto en estos días en el interior del país (porque aunque usted no lo crea, amigo lector, en la capital “estamos rey”), pude constatar no sólo que Platón tenía razón cuando supuso que las sociedades se comportan como las almas de algunos individuos, sino también que el amor con hambre a veces sí dura o, al menos, que a esa cosa misteriosa que llamamos “amor” le importa poco si es correspondido o no.

El pequeño pueblo en cuestión está situado a las orillas del Golfo de Cariaco y, como todo Sucre, su situación socioeconómica deja mucho que desear; ya que, como es sabido, ese estado es uno de los más pobres del país, el cual sobresale del resto de la República por sus índices de desnutrición y pobreza. Los habitantes de este pueblito viven de la pesca artesanal y sobre todo del empleo que da una planta enlatadora de productos marinos, perteneciente a Empresas Polar; la cual, dicho sea de paso, ha resistido con valentía los reiterados e injustificados embates del gobierno (que si no, no sé qué ingresos tendrían hoy estos ciudadanos). Éstos tienen que hacer humillantes colas para conseguir alimentos, artículos de aseo personal y medicinas, porque, para colmo, casi todos ellos sufren en este momento de la fiebre de chikungunya. Sin embargo, pese a todo y después de quince años de gobiernos chavistas, muchos de ellos siguen siendo obstinada e inexplicablemente rojos rojitos (como decía aquel político con su pronunciación particular); similar a como en un tiempo, y en los gobiernos de AD y Copei, fueron condenada e insufriblemente adecos.

Para mi sorpresa, pude observar que muchos de estos ciudadanos se toman todas sus penurias a la ligera y hacen chistes de sus padecimientos. Son pocos los que se han puesto a pensar sobre las secuelas que pudiera traer esta enfermedad que padecen casi todos ellos, y ni siquiera si el gobierno ha podido recurrir a algún tipo de cerco o medida sanitaria para evitarlo. Simple y llanamente aceptan todo lo que les está sucediendo (escasez, enfermedad, etc.) como si fuera un destino ineludible, una especie de fatalidad medieval en la que poco tiene que ver un gobierno al que muchos todavía creen deberle fidelidad.

Si la modernidad consistía entre otras cosas en que el ser humano por primera vez se creía dueño de su destino y ponía todo su empeño en cambiar las circunstancias que lo configuraban, podríamos decir que en buena parte del país nos hemos retrotraído a etapas ya superadas por la historia donde se creía que existía un fatum necesario e inevitable. Y es que parece que los pueblos replican afecciones que pensamos que sólo pueden ser individuales, como aquella actitud que asumen algunas mujeres que han sido sujetos de violencia doméstica, las cuales suelen contestar con un “pero yo lo quiero” cuando alguien les aconseja que dejen a sus respectivas parejas, protagonistas de los abusos.

En fin, tal vez sucede a estos pueblos como al romántico y empedernido Florentino Ariza, quien en la novela del difunto Gabo le juró fidelidad y amor eterno a Fermina Daza, pese a que ésta lo abandonó en su día para casarse con el Dr. Juvenal Urbino. Eso sería muy triste.

 

 
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