El muro de los venezolanos

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Para el mundo democrático de la Alemania del Oeste se le conocía como el “Muro de la vergüenza”, para el Gobierno de la RDA comunista se trataba de la “protección antifascista”. Fue el muro de 150 kilómetros de largo que dividió no solo a un país sino al mundo entero.

A 25 años de su derrumbe podría decirse que aún no termina de caer y la opresión a la libertad renace en diversas formas ideológicas y hasta religiosas que hablan en nombre del pueblo y se ocultan tras el término democrático.

Con métodos autocráticos, represivos y de absoluto control por parte del Estado, sus bordes se tocaban con el fascismo. Sin embargo, cualquier ciudadano que expresase algún sentimiento contrario o reclamase algún derecho secuestrado, se le aplicaba el calificativo de fascista y enemigo del pueblo. De allí, pues, que para los comunistas de Alemania el muro de Berlín fuese una contención del “fascismo” representado por el mundo occidental.

A pesar de la fuerza de todo el aparato del Estado sobre los ciudadanos de la Alemania del Este, en la gente estaba sembrado el germen de la libertad y demandaba reformas. Una noticia transmitida por un reportero, según la cual se permitiría a los alemanes del Este un visado para viajar al Oeste legalmente y que estaría vigente de inmediato, movilizó a miles de ciudadanos. Dos horas después de difundida, miles de alemanes se concentraban en el paso fronterizo de la calle Bornholmer y tres horas después al menos 20 mil ciudadanos estaban celebrando y bailando al otro lado del muro exigiendo su derrumbe. Los propios alemanes recuerdan ese acontecimiento como el día más feliz de los alemanes.

Nuevos muros se han levantado en el mundo 25 años después. No son murallas de concreto, pero mecanismos más sofisticados atrapan a los ciudadanos en las redes de la autocracia, coincidencialmente quienes disienten de sus postulados son calificados de fascistas.

Guardando las distancias y las circunstancias, Venezuela está atrapada en un muro semejante que se ha ido construyendo año tras año. El cerco económico, la polarización política, la descalificación del disidente, el aparato represivo, el control de todos los poderes, son parte de ese muro que ha sumido al país en la desesperanza sobre su futuro.

Cuando un río de gente se agolpa durante tres días, a la espera de que abran las barreras para poder comprar un electrodoméstico a un precio preferencial, estamos viendo una versión del siglo XXI de otros regímenes en donde el Estado lo era todo.

El venezolano ha ido aceptando tal sometimiento y al parecer ha ido borrando de su memoria que otro mundo en libertad es posible. 

Sin embargo lleva latente un malestar que en poco tiempo puede transformarse en exigencias de libertad, de apertura y de defensa de sus derechos.

“Si quitamos el control de cambio nos tumban”, sentenció Aristóbulo Istúriz hace unos meses, indicando una gran verdad para el chavismo y que explica por qué el control total de la economía es fundamental para mantener el poder político sobre la población. La escasez, la inflación y la destrucción del aparato productivo son los bloques fundamentales con los que se edifican los nuevos “muros de Berlín”. Cuando los ciudadanos comienzan a manifestar su descontento entonces aparecen las ofertas de electrodomésticos, automóviles y Barbies a precios de 6,30, al que sólo accederá aquel que persevere tres o cuatro días en una cola. “De aquí no me muevo hasta que consiga mi nevera”, decía una señora con dos días de cola en Los Próceres. Expresión del nuevo ciudadano “sometido en socialismo”.

 

 

 

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