El Puente, La Abuela y El Comandante

Caracas es una realidad impresionante en sus cerros, sus alturas. Es en ellos donde también viven millones de personas para quienes la vida es un diario y trabajoso  subir y bajar, hombres y mujeres de todas las edades, jóvenes, niños, para quienes movilizarse es un reto permanente.

Petare adentro, en el municipio más denso después de Libertador, Petare arriba, después de calles estrechas y curvas, se llega a una de tantas comunidades que ni los caraqueños de las riberas del Guaire ven nunca. Es imposible verlos, los ocultan miles de pequeñas casas, millones de esperanzas y angustias.
Es el sector llamado El Cuatricentenario de la Calle Paramaconi más arriba del Mirador, donde esos caraqueños ocultos en la masa urbana nos ven con curiosidad pero no con aversión ni odio y, especialmente, sin miedo; allí, entre nosotros, la Abuela Ana  nos invita a su casa, que no es un “aquí mismo” ni un pasar, sino un viaje especial por largas escalinatas abajo, hasta un caño de agua que ella, con sus 76 años de paciencia y sus cholas desgastadas saltó con más agilidad que nosotros con 40 años menos y buenos zapatos.

En el pequeño espacio del cual las bases del puente Paramaconi sirven de albergue con húmedas lozas y de modestia abrumadora, la foto del fallecido comandante yace entre tenues sombras a falta de luz y en una esquina, el retrato luce desgastado como las ilusiones de la abuela. Ésa es la Venezuela real, revolucionaria, anhelante y tan paciente que asombra. Porque es una paciencia diariamente alimentada, no es simple resignación; es el coraje de aguantar y renovar cada noche el sueño de que vendrán tiempos mejores. Ésa es la tragedia del venezolano, especialmente de los más pobres. Tener la valentía de imaginar una vida más justa en medio del instinto de que esa vida no llegará.

Es allí, a esas Venezuelas ocultas entre bajadas y subidas, donde deberían el Presidente y sus ministros; pero no a repetirles les promesas que son sólo palabras de ocasión, sino para darles las soluciones reales que históricamente les han dejado para un impreciso después.

Es allí, a esas Venezuelas descorazonadas que se empeñan en soñar, donde deberían ir los señores de la oposición; no a hablarles de democracia y de lo malo que es el Gobierno y lo buenos que ellos alguna vez serán, sino para luchar hombro a hombro con esos venezolanos, para reconstruir con ellos, para darles una mano real.

No porque ellos vayan a estallar,  sino porque en cualquier país es una canallada que millones de personas sobrevivan como ellos, algunos viviendo hasta debajo de un puente.

Señor Presidente Nicolás Maduro lo invito a que deslustre el recuerdo-retrato del Comandante. La Abuela lo espera…

 

 
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