Reincorporarse al mundo

Un análisis sobre la situación de los Estados soviéticos veinticinco años después del colapso de la Unión Soviética, escrito por el columnista David Brooks en The New York Times el 11 de noviembre de 2014, da cuenta de la enormidad de la tarea por hacer en Venezuela. Algunos de los Estados postsoviéticos han logrado igualar o superar las tasas de crecimiento de Europa, pero la vasta mayoría se queda corta o muy corta, incluidas Ucrania, Georgia, Bosnia, Serbia, Hungría y la misma Rusia. En los casos exitosos, como Polonia, Kazajstán y Azerbaiyán, la diferencia radicó en sus capacidades culturales para sacudirse, en pocos años, el miedo y la desconfianza que penetraron las culturas soviéticas e infundieron en la gente el temor de arriesgarse o hacer alguna cosa que no estuviera absolutamente aprobada por el Estado. La corrupción y paranoia que se apoderan hoy de los fallidos Estados soviéticos son el resultado directo del condicionamiento soviético de las culturas para que dependan de los dictadores y no de las leyes.

Los venezolanos hoy tienen que llevar el peso no solo de una década de controles del Estado, sino también de varias décadas previas a la carga de la dependencia petrolera, que los condicionó a aceptar los controles del Estado. El impacto sobre la cultura ha sido descomunal. Sondeos de opinión realizados en décadas recientes muestran que los venezolanos son gravemente dirigidos por el grupo social, desconfiados, pasivos y fatalistas. En pocas palabras, están alienados de exigir un papel protagónico en sus decisiones de vida.

Son muchos los que están disponibles para ayudar a controlar a los venezolanos. Arrear a millones de personas pasivas dependientes es una destreza, si se le puede llamar así, de Cuba, que ha tenido una presencia significativa en Venezuela en los últimos diez años; de China, que se ha convertido en el principal financista y mercado de Venezuela; y de Rusia, que se ufana de que Venezuela es su mayor comprador de armas. Y además, están los militares.

Quizás sea difícil para los venezolanos imaginar que sus miserias quedarán atrás algún día. Esperar un milagro que cambie mágicamente las cosas es parte del problema de pasividad. Los venezolanos tienen miedo, pero si el régimen cambiara de algún modo a democracia de libre mercado, el reto cultural sería todavía mayor. El colapso de la Unión Soviética se alza como una profunda lección de la historia: cambiar el régimen político no es tan difícil como cambiar la cultura del miedo.

 

Traducción: Maryflor Suárez Ramones

 
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