UNA LLAMADITA, POR EL AMOR DE DIOS

llamada-telefonicaUna de las características infaltables en todo régimen del socialismo real es el del aislamiento. En la Rusia soviética, por ejemplo, a comienzos de los años noventa, la Central de Correos de Moscú, reventaba de gente de toda clase y procedencia, ansiosa por superar el cerco comunicacional, valiéndose de las estrechísimas rendijas que ofrecía el sistema y establecer contacto, con el mundo exterior, aunque fuera por un par de minutos.

En ese mundo abigarrado y trasnacional una minoría persistía en el envío de correspondencia escrita de puño y letra (las anticuadas cartas), por el correo ordinario, consciente de que el servicio podía demorar meses en hacer llegar la misiva a su destino. Mientras tanto, una gran cola atravesaba la inmensa sala frente a los operarios de fax y otra similar reptaba, hasta perderse de vista, ante los telex computarizados, los únicos de uso público en toda la ciudad. Al otro lado, en un ala contigua del edificio, la fila se alargaba entre los solicitantes de llamadas telefónicas, una modalidad que funcionaba con un sistema no exento de unas particularidades solo observables “en socialismo”.

De acuerdo a la distancia de la llamada, los horarios y la demanda, luego de hacer la debida solicitud, el usuario quedaba citado para dos, tres, cuatro o cinco días después (en el mejor de los casos). Así, el día señalado y a una hora predeterminada, el altavoz, casi inaudible entre los murmullos del gentío, convocaba al solicitante por su nombre, apellido, país y ciudad destino de la comunicación, a una de las treinta casillas de cartón piedra, donde un anticuado aparato, adosado a una pared llena de inscripciones, revienta con un retintín que me hacía recordar los impulsos manuales y prolongados que las operarias de Rubio imprimían a las llamadas de larga distancia, a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta.

La persistencia del sistema, toda una antigualla que nos remitía a la telefonía de los años cuarenta del siglo pasado, podía dar la impresión de que la incomunicación de los soviéticos obedecía a un tremendo retardo tecnológico. Nada más lejos de la realidad. El discado directo internacional por satélite era una etapa superada en la industria de las comunicaciones, cuyo desarrollo, equiparable al de Occidente, quedó asegurado por su ligazón con el complejo militar industrial y la industria aeroespacial. Entonces solo la persistencia de los controles y las tendencias aislacionistas, mucho más antiguas que el comunismo, pueden explicar tanta lentitud, tanta burocracia y tantos obstáculos ante e simple deseo de hablar por teléfono.

La apertura hacia Occidente a través de medios masivos como la televisión, si bien permitía la libre circulación de la imagen de CNN y la venta de prensa extranjera, no funcionó tan rápido en las comunicaciones individuales. De hecho, solo será a mediados de 1992, con Yeltsin como presidente, cuando el acceso al DDI se logra progresivamente y, en el mejor estilo soviético, sin aviso ni información previa, como si luego de 73 años resultara cualquier cosa abrir la ventana telefónica.

Para mí resultó impactante descubrir la novedad una noche de desvelo, cuando recordé el rumor según el cual, después de las doce, alguien se había comunicado con Latinoamérica discando los códigos y números respectivos. Hice la prueba solo por matar el tiempo y cuando los traqueos y pitidos intercontinentales culminaron con la voz de mi madre, al otro lado del mundo, no lo podía creer.

 

 

 
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