Signos de anarquía

El débil respeto a las leyes en nuestra sociedad no es algo nuevo. Hacer alusión a ello tampoco es un descubrimiento. Lo que sí advierto de nuevo es un progresivo deterioro del respeto por las normas más sencillas: desde las señales de tránsito hasta la fecha y hora de entrega de algún trabajo o informe -por no hablar de situaciones que implican la lealtad a la palabra dada- están siendo atropellados con una facilidad extrema.

El desorden, el irrespeto a las leyes, la arbitrariedad, la multiplicación de soluciones siempre paralelas a la institucionalidad –no hablo de la compra de dólares, sino de ese queso amarillo que todos buscamos porque cuesta Bs. 63 el kilo, por no hablar de lo que se encuentra en la redoma de Petare con solo encargarlo-, se advierten en un in crescendo permanente. Ayer hice un recorrido corto de una urbanización a otra en busca de un pollo para el almuerzo y realmente me impactó la cantidad de arbitrariedades que vi en un tiempo tan corto. En un gran cuadrante de cuatro semáforos -en el que un choque podría derivar en tragedia- el que tenía luz roja cruzó como si su luz fuese la verde; el que tenía luz verde no siguió adelante porque decidió comprarle un helado al carrito que estaba justo en esa esquina; el que debía cruzar hacia arriba cruzó hacia abajo y la moto que debía pararse ante la luz roja siguió de largo a cuenta de que es una moto y puede maniobrar rápido en el caso de que se le atraviese un carro, digo yo. En fin, fueron muchas las infracciones, las arbitrariedades, los atropellos a las más simples leyes de tránsito.

Para no detallar los obstáculos que van abriendo canales a las arbitrariedades más insólitas en materia de alimentos y medicinas (a veces son los muchachos que cargan las bolsas en un automercado quienes ofrecen el “queso más buscado” por debajo de cuerda), ni el irrespeto continuo a los horarios y fechas designadas para la presentación de un trabajo o la atención a una persona, vale detenerse a pensar en lo que esto significa para una sociedad.

Cuando las palabras, fechas, horarios y leyes más básicas indican algo que es siempre violentado, trastocado, interpretado a “mi manera”, se hace imposible plantearse una vida “en común”. Las mínimas normas de civilidad se precisan para que una sociedad funcione. Cuando, sin embargo, rayamos como un estacionamiento el frente del vecino, lanzamos basura donde nos venga en gana, entregamos el trabajo el día después de su requerimiento, mentimos sobre la razón de nuestra ausencia en una cita, cruzamos cuando hay luz roja y decidimos comprar helado cuando hay luz verde, la convivencia se hace inviable. Este continuo atropello deriva en un ambiente hostil, cultivador de anarquía, que genera irritabilidad y agresividad en las personas.

La anarquía y la arbitrariedad imperante en lo más alto de un gobierno va sin duda permeando en la sociedad a la que dirige; por eso el desgobierno que caracteriza a un régimen para el que la ley es su voluntad, acaba por desorientando a la sociedad entera. Vivimos en medio de esta confusión, ciertamente, pero siempre podemos hacer algo.

Ser en la propia vida una especie de muro de contención de esa arbitrariedad que insiste en institucionalizarse es un desafío posible. En nuestro ámbito, por pequeño que sea y parezca podemos ser siempre una brújula de civismo, de respeto a la palabra dada, a la decisión tomada, al horario fijado, a las señales de tránsito.

¿Por qué aprender tras un choque que puede derivar en tragedia por cruzar a la derecha, cuando el resto de los carros esperaba que cruzara a la izquierda?

 

 

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