Grandes ideas, grandes daños

George_Mitchell_in_Tel_Aviv_July_26,_2009

George Mitchell

El día martes apareció en El Universal un excelente reportaje que nos hablaba de la tozudez del tejano George Mitchell, quien estuvo años tratando de imponer en el mercado petrolero la técnica de explotación conocida como fracking; es decir, la fracturación hidráulica de las rocas que hacían que ciertos reservorios de petróleo, necesarios para muchos países, fueran inaccesibles. Aparentemente en solo seis años la situación energética mundial ha cambiado gracias a la adopción por las compañías petroleras de este método ideado por Mitchell en los años ochenta. Debido a ello, no solo EEUU va camino a autoabastecerse energéticamente sino que los precios de los combustibles han comenzado a experimentar un declive importante. Finalmente, la popularidad del fracking ha sido tal, que ha hecho que los grupos ambientalistas pongan el grito en el cielo al considerar que además de ser un método sumamente contaminante, desperdicia agua innecesariamente y hasta propicia movimientos sísmicos.

El caso es sumamente interesante porque ilustra el poder y la “virulencia” (de la palabra “virus”, hoy tan de moda) que tienen las ideas y ciertos individuos en el devenir histórico, contrariamente a lo que insinúa alguna teoría de la historia, que insiste solo en el protagonismo de los pueblos y el colectivo. Ha sido precisamente la persistente actitud de Mitchell y la confianza que tuvo éste en su idea, la que ha comenzado a revolucionar nuestro mundo actual (basado fundamentalmente en una “cultura de los hidrocarburos”), con los beneficios y los perjuicios que una cosa así acarrea, como ha sucedido con casi todo lo que el hombre ha inventado para mejorar su vida y que, paradójicamente, ha terminado volviéndose en su contra hasta el extremo de hacer casi invivible este mundo.

Otro tanto se podría decir de las ideas de Marx, tan en boga últimamente en nuestro país, las cuales revolucionaron –y siguen revolucionando– la sociedad, tanto material como espiritualmente, por mucho que desde la trinchera de sus seguidores se insista en el determinismo histórico y el carácter social del pensamiento. Pues si bien la doctrina de Marx ayudó a obtener ciertas reivindicaciones sociales que se hacían impostergables para los obreros de una Europa que se industrializaba salvaje y apresuradamente, no es menos cierto que muchas vidas se han perdido debido a la imposición de sus ideas, y que algunas de las categorías mediante las cuales estas se expresan se han colado en nuestra cultura (caso, por ejemplo, de términos como “clase social” o “capitalismo”), impidiendo desembarazarnos de ellas. También con todas las consecuencias que ello implica.

Creo que fue el presidente de la República Popular China quien, a fin de justificar la pujante economía del país, declaró en días pasados que el comercio y el libre mercado habían existido desde los inicios de la civilización. Seguramente esto lo veríamos de esa forma si las categorías marxistas, y la interpretación que se hace de la historia a través de ellas, no insistieran en mostrarnos otra realidad. Es por esto último por lo que muchos filósofos han dejado de creer en estos tiempos en la inocencia del lenguaje. A finales del siglo XIX, el mismo Nietzsche nos llamaba ya la atención sobre el peso que tienen en nuestro mundo las palabras y los conceptos, cuando, por ejemplo, nos señalaba que no podemos olvidarnos de la idea de Dios mientras esa palabra esté en nuestro vocabulario. Toda palabra -sostenía aquél es ya un prejuicio.

En fin, son los hombres como Mitchell y Marx los deudos de nuestra civilización, con sus beneficios y sus perjuicios (tal vez evitables).

 

 

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