Por qué Hitler no destruyó París

diplomacy peliculaEl director de «El tambor de hojalata» se adentra con «Diplomacia» en la Francia ocupada por los nazis

 

Bárbara Ayuso

 

A Volker Schlondorff le persigue la culpa y él la confronta acorralándola en la pantalla. Es una culpa ampulosa, envenenada y compartida; la que siempre arrastrará a esa generación de alemanes que nació bajo el horror nazi. «Uno nunca puede desembarazarse de una tragedia así» admite rotundo el cineasta, que desde que alcanzó la gloria oscarizada con «El tambor de hojalata» (1979) ha tenido la Segunda Guerra Mundial y sus consecuencias como elemento nuclear de su filmografía, al que tarde o temprano acababa regresando. «Diplomacia», que estrenó en España y varios países el pasado fin de semana, es la ruptura más reciente de una promesa que hizo a su hija: «Le dije que no haría más películas sobre esto, pero cuando llegó a mis manos la historia, supe que estaba escrito para mí», reconoce. «Y también para ella, porque aunque tenga 22 años también vive con ese peso, que es como una deformidad que heredamos», indica.

La cinta retrocede hasta el cálido agosto parisino de 1944, para responder a una pregunta concreta: ¿Por qué Hitler no destruyó París? Ese 25 de agosto la hoja de ruta estaba clara: la ciudad de la luz volaría por los aires el segundo posterior a la llamada del gobernador militar Dietrich von Choltitz, ejecutor de las órdenes del Führer. La llegada del cónsul sueco Raoul Nordling al hotel Maurice donde se ultimaban los detalles fue determinante en el giro de los acontecimientos, recogidos en la obra teatral de Cyril Gely que adapta Schlondorff. Una historia que lleva años traqueteándole en la memoria.

«Yo llegué a París 10 años después de la guerra, con 16 años. No solamente era una ciudad muy hermosa, para mí era la primera vez que vivía en una ciudad no destruida por la guerra. En Alemania todas las ciudades en las que había vivido lo habían sido», recuerda. «Mis compañeros de clase me dijeron que eso se lo debía a un general alemán, y eso siempre me quedó ahí. Entonces pensaba que sería uno de esos generales cultivados a los que les gustaba el arte». Se equivocaba. Von Choltitz se vanagloriaba de haber destruido Rotterdam y de su participación directa en el exterminio judío. «Por eso quise saber cómo París pudo ser salvada por un tipo así».

Schlondorff aclara que, con este duelo interpretativo y dialéctico que es la película, «mi objetivo no era humanizar al general, pero la única manera de penetrar en este monolito era encontrar al ser humano dentro de él». Labor que consigue el cónsul sueco, uno de esos héroes silenciosos a quien da vida -y gloria- André Dussollier. «Su personaje, Nordling, fue condecorado tras la guerra, pero su historia no es completamente conocida. Porque decidió evitar que se derramara sangre por sí mismo, sin ser portavoz de ningún gobierno ni ningún país», explica. Y lo hizo gracias al poder de la oratoria y de los ardides, una reivindicación en toda regla de la labor diplomática en tiempos oscuros.

El realizador no enmascara que tratando de arrojar luz sobre esta singularidad del horror nazi, palpita el intento de restarle tinieblas a la gran cuestión: «¿Cómo fue posible todo aquello? Llevo 60 años preguntándomelo y nunca hallo una sola respuesta satisfactoria» dice, asumiendo el pesar de quien sabe que volverá a faltar a su palabra. «Me gustaría rodar cine contemporáneo, pero es que estas historias me caen encima».

ABC Cinema

 
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