YA VIENE LA NAVIDAD

Nacimiento

 

En un viaje a Cuba preguntamos cómo celebran allá la Navidad y nos respondieron que esa fiesta no existe. Después preguntamos cómo reciben el año nuevo y nos dijeron que tampoco saben, porque el 1° de enero es el Día de la Revolución para rendirle homenaje a Fidel Castro quien, dicho sea de paso, ese día de 1959 inició una de las dictaduras más feroces contra un pueblo al que sometió, prácticamente, a la indigencia.

 

Como según el difunto Hugo Chávez Venezuela es lo mismo que Cuba, durante su régimen y en el que siguió han tratado de eliminar, por todos los medios, la celebración de la Navidad, que conmemora en casi todo el universo el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Comenzaron impidiendo las cuñas de radio y televisión en la que aparecían Santa Claus y el arbolito, por considerarlos símbolos gringos, y torpedean, restándole importancia, las celebraciones religiosas por la venida al mundo del hijo de Dios, del cual el difunto afirmaba, cuando le convenía, que era el creador del socialismo.

 

La Navidad, una fiesta para la unión y el encuentro familiar, se está apagando en Venezuela, no solo en sus expresiones tradicionales sino porque el país ha sido llevado a un estado de ruinas en el que a la gente solo le alcanza lo que gana para medio comer y, en consecuencia, no hay dinero para poner el arbolito, el nacimiento o iluminar la vivienda. Nada indica en el país que entramos en el mes de la Navidad por la tristeza y la depresión general en que nos encontramos.

 

Los aguinaldos, villancicos y hasta las gaitas cada vez se escuchan menos, para satisfacción de un gobierno que desprecia la religión cristiana porque prefiere creer en sectas religiosas que les permiten a sus practicantes recibir mensajes del comandante eterno a través de pajaritos.

 

Cuando había Navidad

 

Desde finales del siglo XX y comienzos del presente, Valencia fue motivo de la atención nacional por la forma como eran decoradas sus calles para recibir la Navidad. Los samanes, que aquí tanto abundan, eran decorados de manera espectacular por la alcaldía y por particulares que organizaban bazares y parrandas para una temporada única en el año.

 

La avenida Bolívar y otros lugares emblemáticos de la ciudad eran un derroche de luz y de alegría desde la segunda quincena de noviembre hasta el 6 de enero, Día de los Reyes Magos, en los sectores del sur y en los del norte. En esos días Valencia era una fiesta que venían a disfrutar gentes de otras ciudades.

 

Hoy la ciudad está triste, a oscuras, como si estuviera en guerra. Sus habitantes no están motivados para celebrar con un gobierno que convirtió el ron, el ponche crema, el pan de jamón y las hallacas en artículos de lujo. Para los jerarcas del régimen las celebraciones de Navidad y Año Nuevo son prácticas de la burguesía apátrida que deben desaparecer para el hombre nuevo, los revolucionarios, los hijos de la patria. Pero en las bacanales que ellos celebran no faltan los güisquis de 18 años, la champaña más fina y las exquisiteces traídas de Francia y del imperio, aunque no tengan noción de cómo se come eso.

 

Como la mayoría del pueblo venezolano está segura de que la pesadilla chavista tiene los días contados, no debemos darles el gusto de impedirnos que celebremos la Navidad y el Año Nuevo aunque sea de manera muy modesta. Lo que se necesita es la disposición para reconciliarnos y para expresar testimonios de amor y de solidaridad en estos días en que Cristo se hace hombre, para que los ángeles canten “Gloria a Dios en la altura y paz en la tierra a los hombres que ama el Señor”.

 

* Tomado de su columna, Valencia hoy y después, publicada en el diario El Carabobeño

 
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