¿SALTO DE FE?

04 Frustración reciclaje“Soy optimista. No parece muy útil ser otra cosa.”          
Winston Churchill

 

En idéntico instante, en Venezuela es fácil pasar del estupor a la indignación, de la indignación a la tristeza, de la tristeza a la infalible frustración. Cada vez con más frecuencia y mayor hondura nos asalta la revelación de algún venezolano que se negó a seguir creyendo: “Tanta pantomima escogiendo diputados para que al final el Gobierno dicte las leyes que le dé la gana: esto no tiene remedio”. En una Venezuela sobre-diagnosticada, el autor de ese tweet sumaba también así su sombrío dictamen al augurar una eventual abstención en las elecciones parlamentarias de 2015.

 

Lo peor, es que la agobiante saeta a menudo logra traspasar la tenaz fortaleza del optimista; y lo incomoda, lo hace sentir culpable por mantener la esperanza pegada al respirador, lo obliga a cuestionarse, lo contamina. El pesimismo político nos acorrala a tal punto que a veces logra sembrar la certeza de que las señas de la inteligencia sólo pasan por una visión trágica de la realidad (lo que Harold Bloom, en lides de la filosofía, calificó como la “Escuela del rencor”). Por contraste, el optimista es un ingenuo, un idealista, un irrelevante. En la pugna de enfoques extremos, ni el hegeliano “Ardid de la Razón” parece desafiar a la razón cínica: la frustración se convierte así en rasgo patológico, tan potencialmente endémico como un virus cebado por el palpable dislate de estos tiempos.

 

“No hay nada más histórico que la tristeza”, dice Rafael Huertas: la frustración (entendida como respuesta de desintegración emocional, surgida de la percepción de resistencia u obstrucción al cumplimiento de la voluntad individual) es signo común de nuestros días. Y no es nuevo: es simple traza de la herencia original de un populismo que se ha servido circunstancialmente de la esperanza, siempre con la oferta de reivindicar, “ahora sí”, la voluntad ciudadana: malograda promesa, que suele acabar en decepción. El riesgo es que ese desaliento persistente (que involucra el tóxico descreimiento frente a la democracia y sus instituciones) transmute en su expresión más destructiva: la agresión y autoagresión, por ejemplo, cada vez más frecuentes en Venezuela; o en alternativas que no lo enfrentan, como la huida, la evasión. La frustración no resuelta (“No creo que mi participación cambie el rumbo de los acontecimientos”) convertida en inacción y apatía ciudadana, nos condena a habitar la inagotable trampa de los círculos viciosos.

 

Hay otro país es posible, y está gestándose

 

¿Cómo vacunarse contra el nocivo reciclaje de la frustración? ¿Cómo hacer para recuperar la esperanza perdida, la sensación real de que nuestro concurso es decisivo a la hora de torcer el derrotero de la historia, la certeza de que este momento también nos pertenece? ¿Cómo superar la insatisfacción que resulta de la pérdida de significado moral en el discurso político? ¿Cómo construir una comunicación política en positivo, plena de “optimismo desafiante” (como diría Isabel Allende) capaz de convocar la emoción, pero sin servirse inescrupulosamente de ella?

 

Espinosa faena. Remontar la tentación de caer en nuevos espejismos promovidos por la ansiedad, no es fácil. Hay que cuidarse, especialmente, de oponer a la caótica perspectiva del pesimista un optimismo ciego, gratuito y fantasioso, que cometa el pavoroso pecado de no anclarse en la realidad; eso que Felipe González llama la “retórica profesional”, dirigida a espolear simpatías sin jamás preocuparse por ofrecer resultados. La razón es clara: discursos ardorosos pero sin eco en la práctica, lejos de ayudarnos, sólo conducirán a profundizar el naufragio emocional de los descreídos.

 

En este sentido, las Teorías de la Frustración y del Conflicto (Lewin) ofrecen algunas claves para conjurar los efectos negativos de la expectativa fallida. Una comunicación política orientada a recuperar apoyos perdidos y capitalizar el arrepentimiento, podría considerar la revalidación de motivos -el beneficio que impulsa la acción- a fin de vigorizar conductas; neutralizar la proyección de errores propios; estimular la identificación, o promover la sustitución selectiva de metas por otras que resulten más accesibles o adecuadas al alcance de cada individuo o sector.

 

Sabemos que el entorno -la fuerza situacional que es factor fundamental en este proceso y que por lo general tiende a oponerse al individuo- debe cambiar: pero a la vez entendemos que un cambio inmediato no puede ser parte de la oferta de ese “optimismo con experiencia”. A la dirigencia opositora toca proyectar escenarios con pies atornillados en tierra, consciente de sus limitaciones, alcances y fortalezas, procurando la periódica revisión y superación de errores. Urge reconquistar la confianza de los descreídos: la recuperación de la democracia y sus instituciones –el gran motivo– gracias a ese útil salto de fe, realista, colectivo y mayoritario, dará razón a los optimistas que apostamos a que otro país es posible, y está gestándose”

 

 

 
Mibelis Acevedo DonísMibelis Acevedo Donís
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