EL ÉXITO DEL FRACASO

caudilloRigidez de hierro, genio perspicaz, astucia diabólica, hipocresía felina, impavidez cómica o trágica, apetitos desbordados, extravagancias fantásticas, jugueteos chocarreros y humillantes, arrogancia oficial en lo público, cobardía cauta en lo privado. Vicente Fidel López – Manual de Historia argentina.

 

En la raíz de los problemas acumulados de Venezuela el desapego institucional cumple un papel fundamental. La comparación del enorme avance de EEUU desde su emancipación, con el estancamiento de Hispanoamérica, ha dado lugar a explicaciones peregrinas: raza, trópico, indolencia aborigen.

 

Semejantes teorías han sido sepultadas y sin embargo el inmenso desnivel se mantiene, pese a históricos y fluctuantes avances en Argentina, Brasil y México, más recientemente en los países de la plataforma del Pacífico… y no mucho más que eso. Mencioné a Argentina en lugar primario no obstante su crítica situación actual, porque llegó a ser percibida como la primera nación latinoamericana en aproximarse a la reducida franja del desarrollo. Por desgracia, extravió el brillante impulso que cargaba desde fines del siglo XIX debido en alta medida a la demencial era peronista. Y lo hizo por eso, por el hondo desapego institucional suplido estruendosamenqte por la rumba de los caudillos.

 

Ralph Turner y Lewis Killian en Collective Behaviour –obra escrita a cuatro manos- resumieron rasgos de la tipología ideológica caudillista. Aludieron a cuatro aspectos: acomodación de la historia a los proyectos personales del líder predestinado o eterno, visión utópica del futuro, dramatización de la peste que caería sobre nosotros si el caudillo y su movimiento no triunfaran, y estereotipo sobre “héroes” y “villanos”

 

Y el historiador clásico argentino Vicente Fidel López se permitió esta estentórea boutade:

Un sabio orador inglés, siguiendo a Tácito, ha dicho que la índole de los déspotas de raza, aún de aquellos que como Bonaparte saben colgarse bien en el poder absoluto, acusan a veces una asimilación misteriosa del genio político propio de los hombres de estado, con las perversas extravagancias de la demencia.

 

Se refería al bárbaro caudillo argentino Juan Manuel Rosas pero, afeitándolas un poco, sus palabras podrían extenderse a casos más recientes, muy desgraciados también en el manejo del poder y del Estado. En eso no eran ni son como Napoleón y ni siquiera como el astuto Rosas.

 

libro Ralph Turner y Lewis Killian en Collective BehaviourLa gran pregunta es por qué, aparte de las malas costumbres del destino manifiesto y la diplomacia de cañoneras pre rooseveltiana, en EEUU no padecieron el fenómeno caudillista. Mandatarios de prestigio y poder, no pocos, pero caudillos a quienes la ley no alcanza porque está a su servicio, no creo recordar ninguno.

 

Hay quien asegura que todo se comprobará al contrastar la supuestamente ilustrada colonización inglesa y la igualmente supuestamente jurásica de los habsburgos y borbones ibéricos. Yo diría exactamente lo contrario: las trece colonias que formarán la Unión estadunidense tuvieron la fortuna de que la dominación inglesa resultó un fracaso, y en cambio las comunidades hispanoamericanas fueron víctimas del extraordinario éxito del nexo colonial hispano.

 

En el norte de América la monarquía inglesa dejó hacer, pero no por convicción principista ni nada por el estilo, sino porque no tenía interés en evangelizar a nadie ni en civilizar territorios que apenas servirían a los efectos comerciales. Por eso es que cuando tardíamente el parlamento inglés aprobó las tres Leyes de Navegación destinadas a perfeccionar su monopolio comercial, ya los estadounidenses habían organizado sus comunidades y desarrollado por fuerza de la necesidad el sufragio, el parlamentarismo y la consulta directa.  

 

Las trece colonias no pelearon con la potencia inglesa en busca de una libertad que ya tenían (y mucho antes que la de aquella) sino por defender su libertad de decidir. No aceptaron que se impusieran impuestos sobre sus productos sin estar ellas representados en el parlamento que los aprobó. “No tax whitout representation”, fue el emblema.

 

En apenas 50 años, España completó la evangelización de abigarradas y enfrentadas unidades indígenas. Los misioneros dominicos, franciscanos, agustinos, jesuitas pudieron lograrlo porque fomentaron la educación y organizaron misiones que incorporaron a los aborígenes a la gestión productiva y la organización social. Fueron misiones –esas sí exitosas- en Paraguay, Uruguay y otras regiones. Interpretaban la colonización en los términos concebidos por Isabel la Católica, por eso sentían que al combatir la diversidad religiosa estaban rescatando almas condenadas.

 

La otra cara de la moneda es que eso suponía reconocer la condición humana de los indios, que Isabel tomó bajo su protección. Muy pocos conquistadores seguían fielmente el mandato de la reina y de allí el exterminio y la sumisión oprobiosa de etnias.

 

La corona trasladó a Hispanoamérica sus instituciones sin menoscabo de calidad. En doce territorios de la amplia región se crearon 22 universidades, que muy poco tuvieron que envidiar a las de Salamanca y Alcalá de Henares, cuyos modelos se aplicaron en esta parte del mundo.

 

Todo eso contribuyó a la expansión de élites ilustradas que más tarde ocuparán y popularizarán la lucha por la emancipación.

 

Mientras la independencia encontró a las provincias norteñas con sus instituciones asimiladas en el diario hacer doméstico, en la América hispana la gesta provocó un vacío de instituciones que hubo de ser cubierto por los únicos que podían hacerlo: los generales de la independencia. Solo ellos podían suplir lo destruido, con su prestigio y autoridad. A su pesar fueron la ley, pero quedaron sombras que comprometieron el futuro. Washington no fue caudillo porque una nación de instituciones no los necesitaba.

 

Es el éxito emanado del fracaso y el fracaso del éxito. Afortunadamente el caudillaje languidece en Latinoamérica: su naufragio generará la más esplendorosa de las victorias.

 

 

 
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