Con Maduro
RODANDO CUESTA ABAJO

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De regreso este año a esta columna, pensé en dedicarla a comparar dos discursos presidenciales ante sus respectivos parlamentos: el expresado el martes pasado por Obama y el dado el miércoles por Maduro. Rindieron cuentas y hablaron de sus proyectos futuros. Yo, que no soy precisamente nada fan de Obama (pienso se desinfló en el ejercicio del cargo), pero debo reconocerle que jugó duro y lanzó con inteligencia la pelota a la ahora mayoría republicana que domina el Congreso yanqui. Pero tratar de compararlo con lo que escuchamos todos aquí en nuestra patria del presidente Maduro simplemente no me es posible, pues su alocución fue confusa, desordenada, sin juego político de estadista e inundó la atmósfera nacional de pesimismo y sentimiento de asfixia.

 

Los errores

 

“No tengo nada más que ofrecer que sangre, sudor Y lágrimas ” fue la expresión de Churchill al asumir como primer ministro para enfrentar los retos históricos de su época. Hubiera preferido mil veces que Maduro hubiera -con valentía- admitido los errores cometidos que nos han traído a esta crisis sin precedentes en nuestros tiempos, que hubiera reconocido el fracaso de un modelo económico errado basado en gastar sin producir y en repartir sin valorar el trabajo y el esfuerzo personal. Hubiera preferido que nos invitara a todos los venezolanos a generar un ideal colectivo e individual en unidad para enmendar los errores, reconciliarnos como pueblo, trabajar duro con sudor propio para reactivar campos e industrias, devolverle a quienes saben ser productivos con sus tierras y fábricas para que vuelva a nacer el orgullo de consumir lo “Hecho en Venezuela”.

 

Muy lejos de eso, diría que a años luz de cualquier cosa semejante, destinó su alocución a sembrar más desunión, más desconfianza, a buscar todo tipo de culpables lavándose las manos cual Pilatos, a anunciarnos más repartición de dinero incluyendo nuevo aumento del salario, sin señalarnos de dónde saldrá lo que el país requiere para funcionar. El asunto es simple: ni él mismo sabe de dónde saldrá. Dios proveerá, nos dijo. Dios nos proteja, fue lo que me vino de inmediato a la mente.

 

Ninguna de las medidas anunciadas -a medias- es suficiente para llenar el tremendo hueco fiscal existente. Ninguna genera confianza para atraer inversiones. Ni las tres bandas cambiarias, ni el aumento de la gasolina -que no se atrevió a soltar por completo -y que delegó en Arreaza- ni las tímidas medidas de reformas impositivas contenidas en las leyes habilitantes son suficientes.

 

Quedó claro que nada logró para inyectarle dinero a nuestra economía en su largo periplo. Somos, de alguna manera, como el que se gana la lotería y mientras tiene plata todo el mundo busca y halaga. Pero cuando ha despilfarrado todo el premio, aquellos que lo buscaban, le sacan el cuerpo o lo reciben con lástima. ¿Cómo nos van a prestar los rusos si, tal como lo dijo Obama, su economía también está en ruinas? ¿Qué decir de los chinos, si son ellos la potencia que ejerce con mayor dureza en el mundo un capitalismo de Estado que sólo busca retribuciones y ganancias?

 

Por segunda vez

 

Hemos botado, por segunda vez en nuestra historia (esta vez con un fracaso aún más rotundo), la verdadera posibilidad de dejar de ser un país del tercer mundo y haber conquistado niveles de desarrollo y bienestar para todos nuestros ciudadanos. Hemos despilfarrado la mayor riqueza petrolera que jamás soñamos en tener, que se mantuvo por años y que no se ahorró. Hemos perdido de nuevo el tren a la modernidad y al progreso. El balance verdadero de nuestro país es esa cruda y fuerte realidad.

 

Un estadista en la Presidencia de la República hubiera asumido con todas sus letras y palabras la verdad. Una vez asumida esa verdad, hubiera trazado un rumbo, un camino, un modelo. Ese modelo debía ser austero, ese camino debía ser de esfuerzos, ese rumbo debía ser de crecimiento medido paso a paso. Un líder en la presidencia conduce, asume errores, corrige, rectifica y unifica.

 

Quedó más que claro que en estos dos años no se tomaron las medidas que se requerían a tiempo por dos razones: miedo a tomarlas por sus consecuencias y un fantasioso acto de fe en que el precio del petróleo se mantendría por siempre alto para seguir gastando sin producir nada.

 

Triste mensaje el de Maduro, triste futuro el de nuestra Venezuela, en manos de quienes lucen aún con terror de actuar como deberían hacerlo. “Sangre, sudor y lágrimas” unieron a un pueblo porque detrás estaba la esperanza de pasar ese camino para llegar a la estabilidad y el progreso. Aquí nos vende mentiras y espejismos que ya sólo algunos pocos creen que podrán detener la caída en barrena por donde vamos rodando.

 

 
Gerardo BlydeGerardo Blyde

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