Gene Hackman, abandonó Hollywood por la puerta de atrás

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CÉSAR CERVERA

Gene Hackman prestó su voz áspera, su capacidad de intimidar incluso con la frase más desarmada, su inapelable físico, 1,88 metros, y su aire de americano corriente a uno de los papeles por los que pasará a la historia del cine: el sheriff de «Sin perdón» (1992), Little Bill Daggett. Frente a la despiadada interpretación de Hackman, el protagonista que encarna Clint Eastwood, el antiguo forajido que asesinó a decenas de niños y mujeres en Misuri, acaba pareciendo un alma cándida. Al menos hasta que el segundo toma su poción en forma de whisky, más bien un líquido parecido al agua empantanada, y se presenta en el salón del viejo oeste dispuesto a matar a Daggett.

Little Bill muere tendido en ese suelo, pero estuvo en pie el tiempo suficiente como para mostrar todas sus virtudes a la Academia, que otorgó al actor californiano su segundo Óscar al Mejor actor de reparto. El broche de oro merecido para una carrera prodigiosa, con otra estatuilla en 1971 como Mejor actor por «The French Connection». Sin embargo, lo que uno merece no tiene nada que ver con eso. La carrera de Hackman avanzó impávida, con papeles de calidad intermitente, hasta 2004. Su último personaje, lejos de la polvareda de los western o las calles mugrientas de Nueva York, es el de un expresidente de EE.UU. que se jubila en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra y termina implicándose en la política local. «Bienvenido a Mooseport» no pasó de ser una comedia del montón, con más defectos que virtudes, y donde desde luego la última frase del gigante de la interpretación queda lejos de la lúcida amenaza de aquel moribundo sin revólver.

En 2008, tras años sin hacer cine y sin que nadie se atreviera a preguntarle si su despedida era definitiva, Gene Hackman concedió una entrevista donde, con cierta indiferencia, confirmó que abandonaba por completo la industria cinematográfica. «Me cansé, y no lo echo de menos», declaró. Con 78 años de edad entonces, el actor no dejaba Hollywood por mala salud o por cansancio sino para centrarse en su carrera literaria. Junto al submarinista Daniel Lenihan, con el que trabó una buena amistad desde que fuera su instructor de natación en la película «La Tapadera» (1993), ambos iniciaron una trilogía sobre la Guerra de Secesión Americana: «Wake of the Perdido Star» (1999), «Justice for None» (2004) y «Escape From Andersonville» (2008). Basta decir que ninguna de sus novelas ha sido nunca publicada en España, ni los elogios literarios han alcanzado a los que acaparaba en su otro oficio.

Por su parte, Hollywood, que tanto debe al californiano (99 participaciones entre cine y tv), tardó mucho en descubrir que se había marchado y cuando lo supo no hizo grandes aspavientos para que filmara su actuación número cien. No hubo homenajes, ni acometidas en serio para hacerle cambiar de opinión. Quizás intimidados por su altura o por la huella de los viles personajes que a veces tuvo que interpretar, nadie salvo Clint Eastwood le planteó la posibilidad real de regresar. El actor, productor y director al enterarse de la decisión de su amigo le trasladó su respeto y prometió que no iba a tratar de disuadirle, aunque lo cierto es que ya lo había hecho en 2006 con un papel en «Banderas de nuestros padres». Se dice que también lo intentó Alexander Payne hace dos años, con la propuesta de encarnar al anciano confundido y agotado de

«Nebraska», nominada a Mejor película en la edición de los Oscar de 2014. Pero Hackman no sé dejó tentar por ninguno de los dos, y se aferró a su nueva vida en Santa Fe, Nuevo México, dedicada a la escritura y a la pintura. La silenciosa partida del californiano c o n trasta con lo que ocurrió un año antes a que él dejara de ponerse frente a las cámaras.

Sean Connery, un actor de su misma generación, había declarado estar cansado de «los idiotas que actualmente producen películas en Hollywood» y anunció su retirada. Lo hizo con ruido y dejando tras de sí un clamor en Hollywood: si él se marcha puede que algo estemos haciendo mal. Sus últimos años de una irregular carrera -la saga de James Bond le hizo célebre y películas como «El hombre que pudo reinar» (1975) o «Los intocables de Eliot Ness» (1987) brindaron dignidad a un culturista reconvertido en barbudo entrañable fueron todo lo que Hackman percibía que se le estaba privando a él. Antes de marcharse, el escocés protagonizó «The League of Extraordinary Gentlemen» (2003) y se permitió el lujo de rechazar una gran nómina en una superproducción sobre Saladino que jamás se rodó y el papel de Gandalf en la trilogía cinematográfica de «El Señor de los Anillos».

 

CONTACTO EN FRANCIAEMPEZÓ TARDE EN EL CINE, Y SE RETIRÓ PRONTO

 

Debe pensar Hackman que estar pendiente del reloj y de los años que marca su carnet es una vulgaridad o al menos no merecen tanta atención. El actor se retiró temprano, muchos con su edad siguen en la interpretación o lo han hecho hasta edades muy altas como Kirk Douglas, y empezó tarde su carrera cinematográfica. Hijo de una irlandesa y de un oriundo de Rusia, Eugene Allen Hackman se alistó con 16 años en la Marina de EE.UU. -mintiendo sobre su edad-, malvivió en Nueva York realizando trabajos de poca importancia y estudió periodismo en Illinois antes de plantearse siquiera dedicarse a la interpretación.

Cuando ya cruzaba los 30 años, decidió ingresar en la escuela de interpretación Pasadena Playhouse en Los Ángeles, donde se hizo amigo de otra promesa de la actuación, Dustin Hoffman, y se inició en el mundo del cine. Tras debutar en televisión con series como «FBI» o «Los invasores», el californiano se estrenó en la gran pantalla con un pequeño papel en el filme de gánsteres «Mad Dog Coll» (1961), en el que ni tan siquiera aparecía su nombre en los títulos de crédito. No fue hasta que, en 1967, un papel secundario en «Bonnie y Clyde», dirigida por Arthur Penn, convenció a la crítica de que Hackman tenía talento y le sirvió su primera candidatura al Óscar como Mejor actor de reparto. A partir de entonces, su carrera no dejó de crecer hasta convertirse en uno de los actores más destacados de su generación.

En 1972 recibió un Óscar como Mejor actor principal por su proverbial actuación en «The French Connection», de William Friedkin, interpretando al mítico «Popeye» Doyle, un detective que sigue los pasos del traficante francés Alain Charnier (encarnado por el español Fernando Rey). Y en los siguientes años brilló en los papeles de reverendo de «La aventura del Poseidón» (1972), de ciego ermitaño en «El jovencito Frankenstein», de Mel Brooks, y de Lex Luthor en «Superman» (1978), de Richard Donner. En la década de los noventa, donde superó con éxito una grave dolencia cardiaca, su trayectoria siguió acumulando momentos brillantes, entre otros, en «Marea roja» (1995), en «La tapadera» (1993) y, por supuesto, en la guinda del pastel: «Sin perdón». Los años perdidos y los personajes a los que jamás dio vida Hackman a causa de una industria que no supo valorar lo que tenía: eso fue lo quitó al cine su despedida sorda.

 

Tomado de ABC.cinema

 
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