¡Allá va el ladrón!

Ladron enmascarado

Hace cuarenta años nadie hubiera pensado que íbamos a caer tan bajo. Y no me refiero al nivel económico, que malos los hemos tenido, sino al aspecto moral que uno observa todos los días en quienes más bulla hacen desde sus altos cargos burocráticos.

No es que hace cuarenta años no había corrupción, peculado, abuso de poder. Altos personajes, principalmente allegados a las altas esferas del gobierno, utilizaban su influencia en la consecución de contratos y regalías; gente que medraba a la sombra del poder. Pero el venezolano medio repudiaba dichas acciones o, en la mayoría de los casos, las ignoraba. Eran maniobras discretas, solapadas, y los súbitamente enriquecidos no hacían ostentación de sus bienes mal habidos. No tenían un “sencillito” de ciento veinte mil dólares guardados en la caja fuerte de su casa para que se lo robara la amante de turno, conocedora de la combinación, ni habían pasado súbitamente de taxistas a propietarios de caballos pura sangre.

Había más disimulo en la rapiña, o al menos eran cifras que, si bien procuraban el bienestar del ladrón durante el resto de su vida, no afectaban el funcionamiento de la administración pública. Al menos, se veían obras construidas: autopistas, hospitales y escuelas surgían, y de las contrataciones para construirlas salían importantes “comisiones” que se repartían entre los otorgantes de los contratos. Es decir, que si no había construcción no había comisión.

Hoy el sistema funciona distinto. Te consigo el contrato, te doy el anticipo, que nos lo repartimos mitad y mitad, y no construyes nada. Y tampoco ha pasado nada. Así se ha perdido el producto acumulado al vender dos millones y medio de barriles cada día del año, a cien dólares el barril, durante quince años. Saque la cuenta el lector, si su computadora le da ese pocotón de números y lo entiende. Fácil no es.

Y hemos llegado al punto donde unos antiguos guardaespaldas de importantes funcionarios denuncian, ante organismos encargados de la lucha contra las drogas, que sus otrora jefes son máximos “capos” del narcotráfico. Primero fue uno, y al parecer se han sumado otros siete. Ahora no es él solo quien “canta”, sino que con sus compañeros ha formado un coro. Las graves acusaciones, como siempre, han tomado el rumbo más conveniente: por una carretera de tierra que levante bastante polvareda, capaz de ocultar a dónde se fue el ladrón. Quien, por supuesto, no desmiente la denuncia, sino que descalifica al denunciante.

Ya los venezolanos conocemos el viejo truco. Tras un escándalo, crear otro que distraiga a los ingenuos. Y así hasta el infinito, un nuevo escándalo desvía la atención del anterior, hasta que el pueblo se olvida, y deja impunes a los corruptos y usurpadores del poder.

Pero esos corruptos y usurpadores del poder no olvidan jamás: crean “comisiones de la verdad” para investigar torturas entre 1958 y 1998. Para vengar a los caídos en una inútil lucha de grupos irregulares contra gobiernos legítimos, apoyados por el comunismo de los Castro, o bien para tratar de ocultar sus propios procedimientos, violatorios de los Derechos Humanos, en perjuicio de quienes se oponen a su despótico régimen.

Pero las tácticas de distracción no les funcionarán. Serán juzgados por jueces imparciales y no sumisos al régimen de turno, y pagarán los malhechores.

Dios proveerá.

 

 

 

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