Su libro Sumisión es una fábula. Un cuento cruel y mordaz
Houellebecq, escritor

Houellebecq

 

Las críticas que recibe el narrador por parte de sectores de la izquierda y la derecha parten de un mismo error: el de confundirle con sus personajes y transformar en tesis las hipótesis

 

El disparate de izquierdas. Houellebecq es un cerdo. Un facha. Un enemigo del género humano y de sus derechos. Un antimoderno. Un tipo que cree en la extinción de las luces y se regocija en ella. Un islamófobo incurable que, por añadidura, se niega a ver en la islamofobia una forma de racismo. Un Zemmour chic. Un Finkielkraut artista. Odioso hasta en su forma de decir, por ejemplo, “los” musulmanes. Temible, a su vez, el revoltijo que hace entre buenos y malos, entre obscurantistas e ilustrados, entre los que creen en el cielo y los que creen en el infierno, entre los que creen a secas y los que ya no creen. Y criminal, esta intriga en la que vemos a los adoradores de un Corán finalmente “menos tonto” de lo que proclamaba el Houellebecq de hace diez años pateando de impaciencia a las puertas del poder y esperando a la primera crisis política para adelantarse a sus gemelos del Frente Nacional. Por no hablar de las mujeres. O, más bien, de su odio, de su pánico hacia las mujeres, reducidas a proveedoras de placeres breves, furtivos, preferiblemente no compartidos y sórdidos. Su novela no es una novela, es un panfleto. Y este panfleto es un regalo inesperado para los peores identitarios, que ven validados sus temas, sus obsesiones, sus fobias. ¿Suicidio francés? No. Suicidio de un escritor francés, un enfant terrible de las letras, un provocador redomado, pero que ahora, con esta novela hortera que toma a Huysmans como rehén y a Robert Redeker como aval de mala conducta, parece haber cometido el desliz de más. Adiós, Houellebecq.

El disparate de derechas. Houellebecq es un héroe. Un paladín. Llama a las cosas por su nombre y pone en los nombres la carga de odio y justa venganza que les corresponde. Dice en voz alta lo que los buenos franceses piensan para sus adentros pero, hasta ahora, no se atrevían a decir por no ser políticamente correcto. Es un valiente y un profeta. Es el primer novelista que se atreve a hacer literatura de esa “gran sustitución” que algunos anuncian hasta desgañitarse, pero él describe con una precisión quirúrgica y trágica. Es el primero que acepta ver lo que los biempensantes se niegan a ver porque les costaría sus ilusiones progresistas, sus cuentos de hadas antirracistas que, como es sabido, no son sino la otra cara de una barbarie soterrada que ahora, en este ejercicio de simulación, sale a la luz. Describir lo que él describe, a saber, la lucha a muerte entre la República y el islam, entre los franceses de pura cepa y los que lo son sobre y por el papel, ¿no es la sagrada tarea que eluden nuestros viles literatos? Ah, qué placer ver definitivamente ridiculizados a nuestros patéticos y buenrollistas defensores de los derechos humanos. Qué divertido, el retrato del grotesco Bayrou, dispuesto a todas las alianzas y palinodias, e incluso a la conversión, para obtener por fin su sonajero presidencial. Y qué precisión en el trazo cuando prevé los fulgurantes progresos del Picsou Magazine en la Universidad París-Diderot, del centro comercial Super-Passy en la sede de la DRCI, de una “Eurabia” a la que los tontos útiles del islamismo le han abonado el terreno. Soumission es la revancha de Renaud Camus. Es el gran retorno del Céline censurado por los biempensantes. Es la novela que habría podido escribir Philippe Muray si hubiera sabido desprenderse de sus últimos escrúpulos humanistas. ¿Un síntoma? No. Una conclusión. La estrepitosa muerte de ese pensamiento único que viene siendo la mordaza de las élites francesas desde hace cincuenta años. Gracias, Houellebecq.

Conociendo un poco al autor y teniendo sobre los unos y los otros la ligera pero nada despreciable ventaja de haber escrito con él un libro (Enemigos públicos) en el que contrastábamos nuestras respectivas visiones del mundo, no creo equivocarme al afirmar que ambos bandos cometen el mismo error, por otra parte común tratándose de un escritor, y que no es otro que confundirlo con sus personajes, atribuirle los puntos de vista de estos y transformar en tesis las hipótesis, las ficciones, las situaciones que el autor pone en escena. Para decirlo claramente, ¿alguien cree de verdad que esa izquierda espectral que, como sugería recientemente un charlatán disfrazado de socialista, espera salvar el pellejo abandonando a Israel en beneficio de una “comunidad” más rentable en términos electorales es una invención de Michel Houellebecq? ¿Tan impensable es la perspectiva de una UMP que se deja tentar en un 85% por una alianza con el Frente Nacional? ¿Y no les dice nada esa Francia enmohecida, rancia, sin aliento, poblada por zombis políticos que ven en el fascismo, sea cual sea, el fantasmal pero último intento de resucitar a una nación muerta? Una novela es una invención, no una realidad. O, más exactamente, la realidad no es el producto de la novela, sino su premisa, el material que debe tratar y cuyas virtualidades despliega, concentra o acelera. En otras palabras, Soumission es una fábula. Un cuento cruel y mordaz. Una sátira cuya desmesura y mala fe solo se ven igualados por la manera en que se justifica en tal o cual episodio de la más rabiosa actualidad: el Club Med comprado por los chinos, Qatar hasta en la sopa o esas naves fantasmas que se pasean ante nuestras costas y de las que tanto nos gustaría no haber oído hablar nunca. No comprender todo esto es no comprender nada sobre la economía de ese extraño territorio que es la novela y en el que, como decía Milan Kundera, todo juicio moral queda en suspenso. Y si es completamente absurdo identificar a Houellebecq con su Des Esseintes de Chinatown, la mayoría de los que lo hacen, lo quieran o no, son personajes de su novela.

Traducción de José Luis Sánchez-Silva.

 Tomado de la Revista Babelia/ El País

 

 
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