COMO EN TIEMPOS OTOMANOS

Hay gobiernos parecidos a ese viejo Imperio Otomano que de mediados del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial llamaban “el enfermo de Europa” – calificativo que usó Nicolás I de Rusia al sugerir a sus perennes rivales ingleses que entre ambos organizaran el reemplazo – manteniendo el equilibrio político del continente europeo – antes del colapso final de un régimen putrefacto:

 

“Tenemos un enfermo entre manos… sería una desgracia si cualquier día de estos se nos muere sin que se hayan hecho los arreglos necesarios”.

 

Hoy asombra que en cualquier parte del mundo se mantenga en pie un desgobierno torpe, inepto, disfuncional y endémicamente corrupto. Que evoque al viejo imperio turco, pero con factores en equilibrio puramente domésticos. Para la comunidad internacional no sería sino una patética y relativamente inocua curiosidad.

 

Algunos culparán al pueblo de la tragedia, olvidando que lumpen es lumpen donde esté: En calles de Atenas, aceras de Madrid, o los barrios de Buenos Aires. No se pueden pedir peras al olmo: Todo coctel de frustración, desesperación e ignorancia es presa fácil del populismo irresponsable.

 

Otros se distraerán criticando a una oposición civilista e inerme que con escasas opciones se mantenga frente a un puñado de sujetos armados hasta los dientes, crecientemente irresponsables y erráticos, dispuestos a arrasar todo en perenne huída hacia adelante… con una guardia pretoriana -de apariencia servil- que más parezca parte del problema que de la solución.

 

Algunos señalarán que allí el “status quo” se mantiene apenas porque factores internos del régimen no se ponen de acuerdo sobre su reemplazo. Pero el quid del asunto es que ante una indetenible avalancha de catastróficas dimensiones -que apenas comienza- ¿quién realmente querrá asumir la papa caliente?

 

El más frío “realpolitik” dicta que el peso total de un inminente caos se lo deben calar completico, con la totalidad de su costo político, los principales responsables -sobre todo cuando una nulidad perfectamente prescindible pone la cara por toda una caterva.

 

¿Y cómo afrontar el padecimiento general ante una terrible crisis ya ineludible? Cuando la suerte ya está echada solo resta hacer votos por que una inminente y cruel lección sirva de purga y vacuna contra la irresponsabilidad de atarse a todo encantador de serpientes que en el futuro se presente.

 

Ojalá cabezas pensantes, maduras y responsables de todos los sectores de la nación se puedan poner de acuerdo, a tiempo, en un imprescindible plan B con el cual sustituir una repugnante actualidad.

 

 

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