El empírico

Todos vosotros conocéis este tipo de hombre suficiente, que se basta a sí mismo, que todo lo sabe y cuando no sabe algo lo adivina, todos vosotros conocéis ese tipo demasiado común en nuestra tierra y que ha causado infinitos males a nuestro país, el sabelotodo o con un término más aristocrático, el empírico.

   Al empírico y al empirismo se le deben los más bochornosos fracasos, los perjuicios más graves y las situaciones más ridículas. Se les deben los planes absurdos, las medidas ilógicas, las resoluciones irreflexivas. Gran parte de las desgracias de nuestra vida nacional se deben al empirismo, al desconocimiento de las razones fundamentales que rigen la marcha de las sociedades, de las empresas y de las industrias, en fin, a la ignorancia petulante, vestida de suficiencia.

Si yo fuera a presentaros ejemplos de lo que digo, tendría que recorrer gran parte de nuestra historia nacional. Pero no se trata de eso, quiero alertaros contra la vanidad frecuente que nos lleva a creernos más capaces de lo que somos, a prescindir de enseñanzas ajenas, a fiar el buen éxito de una empresa a nuestro seguro olfato, a la intuición, en fin, a la adivinación. Resulta que no hemos previsto nada, que las cosas no son como las imaginamos y que pagamos con el fracaso. Peor aún, cuando el fracaso no lo pagamos nosotros solos, sino que lo pagan quienes tuvieron confianza en nosotros o aquellos sometidos por fuerza a la impericia de nuestros actos”. (Santiago Key Ayala 1874).

Lo anterior fue escrito hace 140 años y es que en la época de las montoneras, del analfabetismo rampante, de la falta de educación y de guerras fratricidas, era casi lógico que surgiera la figura del empírico. Pero ¿que en el siglo XXI, sea esa la única cualidad necesaria para ostentar un cargo? ¡Será!

 

 
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