Boliburgueses

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Uno siente que quienes más daño han hecho al país no son los dos presidentes, ni la muchedumbre de ministros, directores de empresas del Estado, gobernadores o alcaldes que en estos quince años hemos sufrido los venezolanos.

No. Uno siente que quienes más daño han hecho al país son ese grupo de empresarios, la mayoría relativamente jóvenes, adolescentes o que no llegaban a los 30 años de edad cuando el 4 de febrero de 1992, que han encontrado una jugosa veta de dinero contratando con el gobierno. Se fingen amigos de algún jerarca del régimen, o de algún hijo de éste y contemporáneo suyo, para obtener contratos con abultados sobreprecios que luego se reparten entre ellos, sin licitación ni control alguno. A veces cobran el anticipo y no llegan a iniciar la obra, con las autoridades encargadas de velar por la buena administración pública volteando para otro lado mientras se les coloca en alguna cuenta del exterior el valor de su silencio.

Propietarios de empresas constructoras, concreteras o asfaltadoras, empresarios de compañías fantasmas que importan cualquier clase de alimentos que luego se pudren, o de cualquiera otra cosa que luego no sirve, equipos médicos que nunca se instalan, ven las cifras de sus cuentas bancarias crecer rápida y exorbitantemente. Ganan más dinero del que pueden gastar, así compren mansiones, yates, aviones ejecutivos, o satisfagan cualquier antojo suyo o de quienes les rodean. No logran evitar la ostentación (en muchos casos se complacen en ella) y pronto se dan cuenta de que son secuestrables o de que pueden ser víctimas de cualquier malandro que se antoje de poseer su lujosa camioneta blindada. Como cualquier venezolano limpio, común y corriente, no pueden circular por las calles sintiéndose seguros del hampa, y recurren a lo que los venezolanos limpios, comunes y corrientes, no pueden costear: un grupo de guardaespaldas. Sin ellos se sienten desnudos e inermes, como cualquier venezolano limpio, común y corriente. Mientras tanto, seguirán disfrutando de sus lujosos apartamentos y mansiones de veraneo, yates, aviones. Y caballos pura sangre, mantenidos en las cuadras de los más exclusivos clubes.

Para huir de la zozobra que les producen las amenazas que intuyen, o han recibido directamente gracias a la ostentación y opulencia que su actividad delictiva les ha producido, muchos deciden vivir en el exterior. Pueden hacerlo cómodamente, alimentados por las abultadas cuentas que sus manejos dolosos les han permitido llevar a cifras inimaginables para los venezolanos limpios, comunes y corrientes. Son los boliburgueses, parias por decisión propia, condenados a vivir lejos de su terruño y de sus familiares. Ricos Mc Pato que sucumben asfixiados bajo el montón de billetes en el que se zambullen. Se ahogan en la abundancia.

Sufren su propio castigo, reyes Midas que mueren de inanición al no poder comer tranquilos, no por convertir en oro todo lo que tocan, incluidos los alimentos, sino por el hastío que les produce el haber probado todo en la vida a temprana edad y aborrecer por cansancio todos los placeres que su mal habido dinero les ha permitido gozar.

Sin moral ni escrúpulos, venden su alma a un diablo que mata impunemente, apresa enemigos arbitrariamente, roba el alimento y la salud al pueblo.

El diablo no perdona. Ojalá lo haga Dios.

  

 

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