Sal invisible: ¿disparo certero al corazón?

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Hayda Ramos

 

Muchas veces ni siquiera la saboreamos. Pero ahí está. En todo lo que podamos imaginar y, además, en los cereales, en la bollería o en las galletas, por ejemplo. ¿Cómo ponerle freno?

La clave está en aprender a comer bien: no se trata de eliminar la sal, que es necesaria para el correcto funcionamiento del organismo, sino de controlar y reducir su ingesta.

Por definición, la sal no es mala para la salud. De hecho, es necesaria para el correcto funcionamiento de nuestro organismo. El problema surge cuando la consumimos en exceso: se convierte entonces en una de las principales causas de la hipertensión arterial, es decir, la tensión arterial alta. Y lo peor de todo es que es fácil, tremendamente fácil, ingerir más sal de la cuenta. En España, en efecto, nos sobra sal.

La Organización Mundial de la Salud recomienda una ingesta máxima de 5 gramos/día, lo que equivale a una cucharada de café. Una cantidad que en nuestro país prácticamente duplicamos: la media aquí se sitúa en 9,8 gramos/día.

 

Las consecuencias de una enfermedad asintomática

La hipertensión arterial es una enfermedad asintomática, lo que hace que gran parte de la población hipertensa no esté diagnosticada: buena parte de ella no sabe de su problema hasta que sufre un evento cardiovascular. No obstante, daña corazón y arterias y afecta a otros órganos, como los ojos, el cerebro o el riñón. “Eso hace que, incluso antes de tomar la tensión, los médicos podamos detectar daños en lo que llamamos órganos diana”, explica Susana del Prado Díaz, cardióloga del Hospital Universitario La Paz.

Hoy en día, más de 1.000 millones de personas en el mundo tienen la tensión arterial alta, un mal que afecta a entre el 30 y el 45% de la población europea. Y subiendo: se calcula que en 2025 sean 1.500 millones los afectados en nuestro planeta. Revertir la tendencia “es una carrera de fondo, a largo plazo, que requiere cambios en el estilo de vida”. Pero merece la pena: “Hay una relación clara entre el consumo de sal y los eventos cardiovasculares“, afirma la doctora. 

 

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Sal visible y sal invisible… también en lo dulce

 

No se trata solo de mantener lejos el salero: comemos sal visible, y, sobre todo, comemos la que se conoce como sal invisible. La primera es la que añadimos cuando cocinamos y condimentamos los platos: supone, aproximadamente, un 20% de nuestro consumo total de este producto. Esa es la que podemos controlar echando más o menos cantidad.

La invisible, que supone un 80%, incluye la presente de manera natural en los alimentos (8%) y, sobre todo, la añadida durante la transformación de los mismos en procesados (72%). Esta última es la más difícil de controlar. Muchas veces ni siquiera la saboreamos. Pero ahí está. En todo lo que podamos imaginar y, además, en los cereales, en la bollería, en las galletas, en los lácteos, en el pan o en la pasta, por ejemplo.

¿Cómo podemos ponerle freno? “Hay que aprender a comer bien. No se trata de eliminar la sal, que además es imposible, pero también necesaria para el cuerpo, sino de controlar y reducir su ingesta. Por ejemplo, no se puede quitar la sal del queso; lo que tenemos que hacer es comer menos queso o elegir uno bajo en sal”, explica Del Prado, que recientemente ha participado en la conferencia El consumo de sal en los alimentos y los problemas de salud derivados, organizada en el marco de la Semana de la Ciencia de Madrid.

 

El etiquetado, aliado en el súper: dos trucos

 

De lo anterior se deriva que el etiquetado sea nuestro gran aliado en el supermercado. “El contenido de sal varía mucho en función de las marcas, por ejemplo, por lo que hay que pararse a leer la información de los productos para elegir las opciones más saludables”, expone la cardióloga.

Como pauta sepa que se considera que un alimento tiene poca sal cuando presenta 0,25 gramos por cada 100 gramos de producto; y tiene mucha cuando alcanza 1,25 gramos por cada 100 gramos. Para ser considerado reducido en sal, tiene que presentar una reducción del 25% con respecto a otro producto similar.

Y otro truco: “Cuando la etiqueta indica la cantidad de sodio, hay que multiplicar esta por 2,5 para saber el contenido en sal“, cuenta la experta.

 

¿Dónde está la sal?

 

Una vez en casa, es recomendable “añadir poca sal a las comidas y, en su lugar, sustituir por vinagre o zumo de limón; condimentar con plantas olorosas, como tomillo o romero, o aromáticas, como albahaca, laurel, menta o hinojo; dar sabor con cebolla o ajo…”. Y, sobre todo, “huir de las comidas precocinadas o en lata; hay que comprar verduras frescas y prepararlas en casa. Aunque sé que esto muchas veces, con el ritmo que llevamos, es muy complicado”, reconoce la doctora.

Volviendo a los dulces en este reportaje sobre la sal, Del Prado advierte: “A veces, a algunos productos procesados se les echa mucha azúcar para neutralizar la gran cantidad de sal que llevan”. Así que el problema, en esos casos, es doble: por azúcar y por sal. 

Se calcula que el 44% de la sal que consumimos cada día proviene, sobre todo, de pan, embutidos, pizzas, aves de corral, sopas, sándwiches, quesos, pasta y snacks salados. Pero también está presente en el pescado ahumado o salado, conservas, frutos secos, salsas para ensaladas… Y ojo: “Cuidado con los productos bajos en grasa, porque a veces se les añade sal para mejorar el sabor”, explica la cardióloga.

Para concluir, la experta recuerda que “el gusto también se educa, por lo que un exceso de sal en la infancia predispone a un alto consumo en el futuro, lo que podrá derivar en alta tensión arterial. Si, por contra, optamos por dar a los bebés alimentos menos salados, cuando crezcan elegirán comidas con un menor contenido de la misma”.

Y eso será un escudo protector frente a todos los problemas derivados de un consumo excesivo: retención de líquidos, dificultad en la función renal y del aparato respiratorio, disminución de la cantidad de calcio… además de la hipertensión arterial, que favorece, entre otros problemas, los ictus y accidentes cardiovasculares.

Tomado de La Gaceta España

 
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